Segunda
parte:
Raúl Ruiz en Valparaíso.
Conferencia dictada por el cineasta el 23 de septiembre
de 2003, invitado por el Instituto de Arte de la
Pontificia Universidad Católica de Valparaíso.
Por Mauricio Carreño A.
Primera
parte
La presencia humana en el cine
El
segundo está mas cerca de la tierra por así
decirlo, y es la manera de tratar a los actores.
Voy a ir muy rápido porque este tema lo llamaremos
el de la presencia humana en el cine.Es evidente
que en las películas siempre hay gente, lo
que es muy normal, porque nosotros somos gente y
nos gusta ver gente. Y que la actividad cinematográfica
es una variante de la pulsión natural que
tenemos de mirarnos al espejo, de saber que estamos
ahí y de ver ecos de uno mismo.
Los
actores como ustedes saben, en la historia del cine
han ido evolucionando de muchas maneras, han ido
pasando de la simple representación, la simple
exageración, de la simple repetición
de la vida cotidiana o de los hechos de la vida,
de los hechos a imaginar, a cosas un poco más
complejas como son transmitir por ese extraordinario
instrumento que tienen que es el rostro humano,
y que la cámara permite proyectarlo en una
enorme pantalla. Lo que nos permite integrar, hacernos
entender lo que puede pasar por la cabeza de alguien.
No porque los gestos sean lenguaje sino sobretodo
porque es una superposición; diría
yo de mapas complejísimos que nos permiten
confrontar el enigma de lo que es un ser humano
con la complejidad de sus expresiones emocionales.
Veamos
un poco; sabemos que un rostro humano tiene, se
dicen, treinta mil músculos. En realidad
son treinta mil maneras de mezclar el sistema muscular
del rostro y sus combinatorias que son por lo tanto
mucho mayores. Admitamos que son muchos millones.
Un actor es capaz de, cuando no hace nada, de mostrar
un tejido complicadísimo de combinaciones
musculares cuyo único objetivo es transmitir
la emoción.
Ahora
vamos a una rápida incursión por la
teoría de las emociones. Vemos el caso de
Spinoza que creo ha hecho la más divertida
de todas, la más rara, que consiste simplemente
en una idea que es que las emociones no son sólo
para expresar nuestros problemas con el prójimo
y con el resto del mundo, sino que son expresión
de lo que él llama el afectus, y son sentimientos
que no son exactamente la expresión inmediata
de una emoción, sino que son una especie
de acumulación.
Es
importante esto porque eso da toda la diferencia
entre un trabajo profundo de actor y un trabajo
de actor, digamos, de un chico salido del actor's
Studio en Holiwood. Que es la misma diferencia que
habría entre un buen cognac, y una chicha
de Curacaví traficada. Porque es eso, cierto.
Nosotros
tenemos desde niño muchas emociones, nos
hemos enojado muchas veces, hay personas que hemos
querido veinte veces, y tratado de matar dieciocho,
y nos han dejado indiferente dos. Todos esos estados
de animo nos han quedado de ahí. Cuando trabajamos
las emociones para expresarlas, para duplicarlas,
porque el trabajo de cine siempre es un espejo,
hacemos una operación mucho más compleja
de la que propone Stanislavski que es alguien muy
respetable, pero que trabaja con esquemas teóricos
simplemente que no son ciertos.
Lo
que yo he estado tratando de hacer ahora, es hablar
de recetas de cocina y no de filosofía, es
dar esquemas simples para un actor para que estructure
su personaje. Voy a dar el esquema de base, no tengo
pizarrón, pero imagínense tres círculos
concéntricos.
El
círculo exterior representa todo lo que queremos
que se vea de nosotros, nosotros queremos parecer
personas serias, bien educadas, porque andamos buscando
un trabajo, por ejemplo. El conjunto de todos esos
gestos que inventamos, que preparamos para comunicar
al que esta al frente; está formado por la
máscara externa. Dentro de eso hay otro círculo
de actitudes, de emociones, que forman una segunda
máscara. Esa mascara es aquello que nosotros
creemos ser, o que queremos ser. En este caso uno
mismo. Por ejemplo estoy en la universidad católica
y no soy católico, quiero hacerme una máscara
de que no soy católico. O al revés.
El
tercero es el ser dinámico que somos, que
es una combinación de tensiones, de pulsiones,
de impresiones que están en constante ebullición.
Ahora imaginemos con este esquema de tres círculos
concéntricos, a un personaje que se encuentra
con otro.
El
presidente Lagos se encuentra con el presidente
Chávez. Son dos presidentes de la república,
y los dos se creen presidentes de la república,
y hacen todos los gestos que corresponden a un presidente
de la república. Si el presidente Lagos da
la imagen que él quiere dar, da la imagen
de un hombre laico, honesto y todo. Y Chávez
quiere ser el salvador de su patria. Si se juntan
esos dos se van a pelear. Sí en la pulsión
interna existiera eso que los franceses llaman un
coup de foudre, es decir un flechazo. Y se juntan
los círculos del centro, Lagos y Chávez
se enamoran.
Pero
hay casos más complejos, imaginemos que uno,
el círculo chico, el círculo de las
pulsiones, esta por un lado, y por el otro lado
está el externo. Ahí hay uno que sigue
representando, sigue formal y el otro le está
declarando su amor. Es el caso de John Lennon, que
está aburrido de firmar autógrafos.
Y hay alguien que lo ama, le pide un autógrafo,
y cuando no se lo da, lo mata.
Podemos
seguir imaginando otras combinatorias. La ventaja
simplemente de este sistema de trabajo es que se
puede aplicar a cualquier obra de teatro. Es que
se está trabajando esencialmente sobre apariencia,
sobre mascaras, y no sobre sinceridades. La sinceridad
está simplemente en el centro, la sinceridad
no sirve mucho en cine. Sobre todo porque sabemos
perfectamente todos y hay un contrato basado en
que sabemos que vamos a ver una película
con Sharon Stone y que ella no puede ser sincera.
En la película, porque sabemos como es. Por
muy buena persona que sea.
A
todo esto lo que hay que tener claro es una manera
de trabajar a los actores que exige un trabajo entre
tres y seis meses, como en general tengo dos semanas,
nunca la he podido aplicar bien. Así que
todo esto sigue todavía en estadio de teoría.
Otro
esquema que quiero proponerles; ustedes conocen
todos Otelo. Bueno, cuando se representa Otelo,
Otelo trabaja sus celos para hacerlos creíbles.
Yago trabaja su envidia para hacer creíbles
sus manipulaciones y Desdémona se hace la
inocente para hacer creíble su inocencia.
Inventemos que Otelo para hacer Otelo y diciendo
las mismas frases que dice en la obra de teatro,
sea Desdémona. Que Desdémona, diciendo,
haciendo las mismas cosas quiera ser Yago. Y que
Yago quiera ser Otelo. El resultado es el siguiente:
Yago quiere ser Otelo, actúa como Otelo.
Es Yago el que está celoso de Desdémona.
Otelo se siente víctima, él al matar
Desdémona se esta matando él mismo.
Está haciendo en el fondo un suicidio. Y
Desdémona que quiere finalmente que la maten,
esta tramando todo esto para hacerse asesinar.
Estamos
superponiendo por la simple permutación una
estructura mucho mas compleja de una obra, que ya
esta en la obra. Pero no en todas las obras se puede
usar eso. En ese texto está eso ya, permanente.
Los textos de Shakespeare todos tienen la razón.
Bueno, este era el segundo punto que quería
tocar rápidamente.
Las
incoherencias narrativas
El
tercer punto lo tengo más verde porque he
empezado a trabajarlo hace poco y yo le llamaría
las incoherencias narrativas. Ya les dije al comienzo
que lo que me interesa es activar todas las funciones
narrativas y para activar todas esas funciones narrativas
se crea, lo que se podría llamar: un demasiado
lleno, demasiado cargado; que exige puntos vacíos.
Estos
puntos vacíos creo que se pueden conseguir
creando cierto tipo de incoherencias narrativas.
Las incoherencias narrativas son de muchos tipos,
no voy a hacer un gran catalogo, sino que voy a
señalar algunas, una que otra.
Por
ejemplo, estaba haciendo una colección de
pactos con el diablo y algún amigo me contó
un pacto con el diablo que es lo siguiente: hay
alguien que quería matar al general Pinochet,
en la época que era dictador. Y encontró
que no había ni una otra posibilidad que
hacer un pacto con el diablo, entonces cuenta la
historia delante de cinco personas.
Dice,
yo voy con la gallina negra, viva y la entierro
hasta el cogote en la puerta del cementerio, hago
un círculo alrededor, invoco al diablo y
espero la medianoche. A medianoche veo venir a un
hombre vestido de negro, que es supuestamente el
diablo, que se acerca y hace un estar muy incomodo,
hace unos gestos, y finalmente se va. Con lo cual
se deduce que el diablo en realidad ya había
hecho un pacto con Pinochet y que no lo podía
matar. Esa es la historia que les quería
contar. Esa historia la contó de tal manera
que todo el mundo estaba en silencio después
del final, y alguien dijo bueno a todo esto y la
gallina negra que hiciste. Porque era un momento
que había pocas gallinas negras y que la
cazuela de gallina negra era deseable. Lo que estamos
viendo allí son desplazamientos del centro
narrativo de la historia, cierto, esto es una incoherencia
narrativa.
El
centro narrativo de la historia en principio es
la historia de Pinochet. Un buen americano elimina
la gallina negra porque ocupa demasiado espacio,
si la gente tiene ganas de comer cazuela de gallina
negra.
Y con la misma gallina negra otra historia que tiene
muy poco que ver, pero donde se integra la incoherencia
narrativa, es la historia contada por Diego Rosales,
el cura Rosales, en que un Jesuita trata de convencer
a un cacique, a un lonco, de que se convierta, que
se haga bautizar porque..., y le da argumentos que
los saca de San Agustín, de medio mundo,
del sentido común; le promete el paraíso,
y no hay caso el lonco no se convierte. Dice que
iba pasando una señora por ahí, y
le dijo: quiere que se lo convierta, entonces déjeme
sola. Después volvió y dijo: ya está,
vaya a bautizarlo. Dije que hizo? Le prometí
una cazuela de gallina negra.
Otra historia que trata de otra incoherencia narrativa.
Tengo un amigo andaluz con el que nos juntamos a
hacer unos torneos de cuentos. Y él me contó
un día este cuento. Dice en mi pueblo que
es Zuleila del campo de cuarenta personas mas o
menos; pueblo chico. Todos los días venía
alguien, vivía con su mujer y con su suegra.
Todos los días llegaba a la misma hora, bajaba
al subterráneo sacaba una botella de vino,
la abría, tomaba el vino, comía y
se iba. Un día bajó, y en vez de salir
con la botella, salió con un hacha y atravesó
a la suegra primero; la partió en dos. Enseguida
le cortó la cabeza a su mujer y se colgó.
Y me dijo, yo era vecino, con una voz que todavía
tengo aquí, escuché el grito que pegó
esa pobre mujer mientras caminaba sin cabeza. Yo
le dije, pero por donde gritó. Me dijo: no
sé.
La
intensidad de la historia ahí salta la coherencia
de los hechos. Eso se puede hacer a nivel de toma,
a nivel de secuencia y a nivel de historia general.
Esa incoherencia que por el momento y provisoriamente
le doy el nombre tomado de un caso de matemáticas,
el método Montecarlo.
Cuenta
Stanislaw Ulam, matemático, que entre bomba
atómica y bomba atómica se entretenían
a hacer filosofía de las matemáticas,
que un día le vino un infarto y le prohibieron
pensar porque se cansaba mucho, entonces haga cosas
simples, quédese en cama, entonces se dedicó
a jugar al solitario y se le ocurrió pensar
que pasaría si hago trampa. Lo que es una
cosa completamente idiota jugar al solitario y hacerse
trampa. Con sorpresa se dio cuenta que haciendo
trampa el solitario se transformaba en un juego
apasionante. Que era mucho más complejo que
si no se hacía trampa. Bueno después
pensó que en matemáticas uno no puede
hacer trampa, porque si dice que todos los números
de uno a diez son divisibles por cuatro, simplemente
no es cierto. Pero que trabajando con números
infinitos, sí las trampas empiezan a funcionar.
Bueno
yo me quedo hasta acá, como no soy matemático
y no sabría explicar lo que es el método
Montecarlo en matemáticas, pero diría
que sí yo lo he usado muchas veces con éxito
para mí por lo menos en cine. Establezco
las reglas narrativas, y una vez que están
claras, empiezo a trampear. Entonces la gente comienza
a enojarse, quiere ir a esto, quiere ir a lo otro.
Una
vez por ejemplo hice una película que estaba
compuesta de dos películas. Las dos que estaban
hechas para la promoción de la vocación
sacerdotal. La película se llama la vocación
suspendida que hice el '76. En esa película,
una película estaba hecha por unos actores,
estaba filmada a la manera de las películas
de los años '40. Y la otra a la manera de
las películas de la nueva ola y era en colores.
Los actores eran completamente distintos. Y había
todo un juego porque se suponía que ahí
donde alguien había montado las dos películas
para mostrar lo que tenían de mas positivo,
para crear un sentimiento de unidad en la iglesia
católica. Y uno veía hasta la mitad
y se está entreteniendo con eso cuando los
actores de una empiezan a aparecer en la otra. Entonces
uno dice, como es la cosa, en que quedamos. En ese
en qué quedamos, esa incoherencia narrativa
creo yo que tiene una función narrativa que
es llamémoslo modestamente, divertida. Y
con esto terminaría esta intervención
que duró un poco mas de lo que pensaba.