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Allan
Browne Escobar y un Valparaíso numinoso
Diseñador y escritor, quién en sus crónicas
“Valparaíso a la vista” da cuenta de una
visión porteñista de Valparaíso, validada
por su amor a ésta ciudad y que define como un estado
de alma.

Por Mauricio
Carreño Araya
Usted junto a Ennio Moltedo formó el grupo
porteñistas. ¿Cuál es su historia y en
qué concepto se basa?
La historia de este grupo tiene al menos veinte años
y se fundó en forma muy espontánea, originada
por nuestra forma de ser, de reunirnos en los cafés
y de conversar sobre las cosas que estábamos haciendo.
La idea nuestra es juntarnos y trabajar por la ciudad en beneficio
del desarrollo cultural; esto mucho antes del patrimonio.
Hay que hacerse la idea de que es un grupo de amigos, como
un club, sin estatutos, sin cuotas, sin nóminas, que
tiene una base fundamental, que la gente que pertenece a los
porteñistas le tiene un gran amor a Valparaíso.
Nosotros decíamos que era como un estado de ánimo,
una cosa tan vaga como esa, pero al mismo tiempo tan profunda.
Y yo explico que el sentido que puede tener esto es crear
un espíritu, un estado de ánimo, que supere
la depresión que ha vivido Valparaíso durante
mucho tiempo, tanto del punto de vista financiero, como de
la depresión psíquica que hemos estado viviendo.
De ahí que este grupo insista en lo positivo, en la
cosa optimista y siempre en una proyección. Son conversaciones,
pero no conversaciones que se quedan en nada, sino que se
traducen en edición de libros, en exposiciones de pintura;
en cosas concretas.
En el
prólogo a Azul de Rubén Darío (1888),
escrito por Eduardo de la Barra, aparece el concepto de numen
y que usted menciona en sus crónicas asociado a Valparaíso
Don Eduardo, que era un hombre muy penetrante, muy
agudo, ya había visto esto de numen, que es la inspiración
intuitiva. Lumen es la luz que da la razón, la lógica,
la que ilumina, una articulación lógica que
aclara algo, pero numen es algo más intuitivo; del
alma, más espiritual. Y pienso que Valparaíso
-esto lo digo por intuición, me cuesta un poco racionalizar-
es una ciudad que motiva, que inspira, no en el viejo sentido
romántico sino que en el sentido de inspiración,
de tomar oxigeno, de alimentar el alma en todos los campos
del arte como la pintura, la poesía, el diseño.
Para mí, Valparaíso ha sido muy inspirador de
mi obra gráfica. En el caso de Ennio también
en la poesía. Es muy inspirador para el cine, con escenarios
naturales especiales para ser filmados. Un pintor no se puede
sentir tranquilo en Valparaíso, es llamado por la ciudad
a pintarla. Siempre hay un motivo que esta llamando: el mar,
toda su historia, sus mitos, sus leyendas, su estructura física,
geográfica. Todo esto forma un complejo o cosa mágica
que produce motivación para hacer cosas en el campo
del arte y la cultura, y también creo en el ámbito
de la vida, que es lo más importante tal vez, una ciudad
inspiradora de vida, de vivir con inspiración, a pesar
de todos los problemas que tiene Valparaíso y que no
los quiero negar.
Usted
habla de varios factores que hechizarían o encantarían
a Valparaíso. Lukas decía que Valparaíso
era como un caleidoscopio y usted se refiere a la ciudad como
de urbanismo espejista. ¿Qué significa este
concepto?
Es una ciudad que por su configuración topográfica
se está siempre mirando a sí misma. En Valparaíso
hay situaciones múltiples, por ejemplo: en el plan
estás viendo el mar y también ves el cerro y
desde el cerro estás viendo el plan y el mar, desde
una punta de la bahía estás viendo la otra punta,
y viceversa, de una ladera de quebrada estás viendo
la otra ladera y viceversa. La ciudad es un dédalo
y si uno se pierde, rápidamente se ubica con el horizonte,
con el mar, con la vista, entonces siempre se está
viendo Valparaíso desde un punto de vista extraño.
Por ejemplo, la Iglesia de La Matriz, que uno la ha visto
mil veces y de repente desde una calle te la muestra en un
aspecto nuevo.
Y así miles de cosas que te producen una multivisión,
una exacerbación visual, entonces eso es muy rico y
es lo que debería llamarse espejista en el sentido
de que es un espejo de sí mismo: Valparaíso
se está reflejando a sí mismo siempre. Esa condición
debiera ser una ley de oro para el urbanismo, porque no vaya
a ser que los grandes edificios empiecen a romper con esta
transparencia. Porque el desarrollo muchas veces rompe con
los valores, que en este caso son patrimoniales, son de la
naturaleza y de la arquitectura tradicional de Valparaíso.
Para eso están los arquitectos y los urbanistas, para
inventar una forma de desarrollo que no vaya en contra de
la estructura espacial de la ciudad. Habría que mirar
esto y hacer un planteamiento general, un plan regulador para
respetar el anfiteatro, porque si desaparece el anfiteatro
van a matar Valparaíso.
Usted habla del mito matriz de Valparaíso,
ligado al Cabo de Hornos ¿En qué consiste?
El mito del concepto de puerto como lugar de destino
y salvación. La historia crea la situación mucho
más intensa, más dramática, con el asunto
del Cabo de Hornos, en esa época de los veleros, porque
la obligación de pasar por este lugar en buque era
una verdadera proeza, era el mar más peligroso del
mundo, de donde se dice que está el mayor cementerio
de buques del mundo. Todavía es peligroso habiendo
motor, radar y tecnología. En ese entonces se pasaba
el Cabo de Hornos y después la mayoría de las
veces, se hacía el viaje directamente a Valparaíso.
Y entonces se pasaba del infierno del Cabo de Hornos al paraíso
de Valparaíso. Ahí nace un aura que va adquiriendo
el puerto de lugar maravilloso, que acoge. Después
empieza a transformarse en una ciudad europea en miniatura,
o sea que para los europeos que hacían el viaje era
pasar del infierno del hielo a una Liverpool o un Hamburgo
en miniatura. Aquí encontraban otra gente que hablaba
su lengua, tenían algo de sanguinidad; en ese sentido
quedaban encantados con esta ciudad mágica. Ahora eso
se derrumba un poco con las sucesivas cosas nefastas que le
han pasado a Valparaíso, como el canal de Panamá
o el terremoto de 1906, pero yo creo que una de las cosas
que tenemos que hacer nosotros es recuperar esa aura de salvación,
de puerto hospitalario, tolerante, que acoge a gentes con
diferentes religiones, diferentes idiomas, diferentes razas
y que más aún hacen de su misma población
una raza nueva, compuestas de muchas razas, porque muchas
veces los marinos se quedaron y se mezclaron con la gente
que había aquí y se produce una palingenesia,
como decía Joaquín Edwards Bello, un crisol
de razas, que es una cosa típica de Valparaíso
y que es lo que le permite ser tan tolerante y tan abierto
al mundo. La diversidad enriquece, lo que mata es la unidad;
la homogeneidad eterna, mientras que aquí se da lo
contrario y se va perfeccionando en el futuro. Yo creo en
el mestizaje como algo positivo, y creo que Valparaíso
en Chile es la ciudad que más mezclas raciales ha tenido.
Hay que ver la cantidad de apellidos extranjeros que hay en
esta ciudad, es increíble, mezclados unos con otros.
Neruda se refiere a Valparaíso como un rincón
de la patria de los sueños
Neruda, en su época de estudiante pobre, dice
que cuando Santiago era un plato demasiado suculento, un trago
muy amargo, ellos tomaban el tren y se venían a Valparaíso
cantando y tomando vino. O sea, Valparaíso era para
ellos un puerto -a pesar de que venían por tren- que
los acogía de forma hospitalaria, sin las exigencias
que le planteaba Santiago. Valparaíso los recibía,
no veía sus diferencias como algo negativo, como que
eran bohemios, desordenados. Tenían amigos y la ciudad
se comportaba como una mujer acogedora, eran famosas las fiestas
que había en Valparaíso, los bares, los restoranes.
Además, para un poeta como Neruda, con vocación
por la cosa náutica, marinero de papel, significaba
mucho un puerto conectado con todo el mundo y con toda una
historia de la navegación. La protectora de Valparaíso
es nuestra señora de las mercedes de Puerto Claro,
que tiene que ver con esto también. Las mercedes son
favores, o sea, presta favores en un puerto sin tempestad
ni nubarrones; un puerto seguro. Hay una relación entre
lo religioso y lo que estamos hablando. No es coincidencia,
las mercedes son los favores que te brinda una ciudad, y eso
para el futuro. Hay que hacer de Valparaíso esto y
no lo contrario: lo nefasto, lo sucio, que te asaltan en la
calle, la pobreza. Planteemos Valparaíso recuperando
el mito ancestral, que está guardado en el disco duro
de las personas aquí y en el mundo también y
que ha sido plasmado en muchas novelas, poesías y canciones.
Hemos
hablado de cosas que estarían en una edad de oro, en
un pasado esplendor ¿Qué quisiera para el futuro?
Esta edad de oro, tenía su aspecto de plomo
también. Había un mundo exageradamente mercantilista,
dedicado a producir dinero casi como el mundo actual, pero
hace cien años. El terremoto de 1906, dejó tanto
desastre por ese espíritu de apariencia, de especulación
social y de ganar plata rápidamente que había
en Valparaíso, porque muchas de esas casas que se cayeron,
no debieran de haberse caído. Eran casas de apariencia,
con problemas de amarras estructurales y con mucha ornamentación:
cornisas, guirnaldas; todos pesos muertos. Esta pequeña
ciudad europea en miniatura sufrió mucho por esto,
por la apariencia. Además que todas las fortunas se
hicieron, como es costumbre, a costa del sacrificio de la
gente más pobre. Todo el movimiento de mercaderías
en el puerto se hacía a pulso, algo de eso cuenta Darío
en su cuento “El Fardo”. Los cargadores tenían
que llevar los fardos desde la playa a los botes y desde los
botes a los barcos. Para esto tenían que mojarse hasta
el pecho, más de ocho horas diarias y durante toda
la vida. Muchos terminaron muertos por problemas del riñón;
enfriamiento. O sea que hay un pago muy grande en lo humano
para conquistar este siglo de oro. No es tan bonito el cielo
en que estamos pensando. Si tuviéramos que repetir
esto, creo que no lo haríamos igual.
Por otro lado,
si bien había movimientos culturales y artísticos,
eran pocos y muy sufridos. Capitanías heroicas, como
dicen algunos. Con un amigo, Patricio González, le
habíamos puesto la Fenicia Victoriana a esa época
y la que nosotros queremos es la Atenas mestiza. Cambiar desde
la Fenicia a la Atenas, cambiar el modelo, queremos una ciudad
de cultura, de arte. Edwards Bello dice que en las ciudades
donde no hay obras de arte, no arraigan a la gente; esto es
un ejemplo de Valparaíso. Porque con esas platas se
pudieron haber hecho tantas cosas, no importa el objeto material,
importa formar escuelas, escuelas de actividades artísticas,
porque al mismo tiempo que se produce la obra de arte materialmente,
produce al creador que es lo más importante. Aquí
los artistas se hicieron a punta de heroísmo, como
José Francisco González, el mismo Eduardo de
la Barra, siempre luchando por la cultura. Todos los pintores
eran pobres, los poetas también, yo alcancé
a conocer a algunos, muy buenos poetas. Ahora, ese pasado
tiene una parte muy poética también y que es
la parte de la navegación y la llegada de gente de
todas partes del mundo en esta isla al sur del mundo llamada
Valparaíso. Una isla europea metida al lado de la Antártica,
una cosa muy rara, surrealista. La novela de Edwards Bello,
En El Viejo Almendral capta bastante bien este mundo. También
en Manuel Rojas, Salvador Reyes y otros. Si bien el pasado
es una cosa gloriosa, no toda esa gloria es la que queremos.
Sí prosperidad, trabajo, que el puerto se abra a la
cuenca del Pacífico y que volvamos a tener muchos barcos
en la bahía. 
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