Moro: retrato de vida poética
En las cercanías de cumplir medio siglo de vida y con treinta dedicados a mantener a un personaje, que señala, le quitó su identidad, nos encontramos con el poeta porteño Enrique Moro. La publicación de su antología Hay un Moro en la Costa, fue el pretexto para poder conocer un poco más de este escritor al que un golpe histórico le cambió la vida para siempre.

 

por Carlos Morales Osorio

En las dependencias de la hoy atribulada Municipalidad de Valparaíso lo encontramos, participando de su trabajo “oficial” ya que como el mismo señala: “Con esto como, con lo otro vivo”. Moro es de esos escritores que te puedes encontrar en cualquier bar del puerto siempre dispuesto a entablar una conversación y regalar la lectura de sus poemas, situación en la que señala se establece el aporte que cada persona hace a la construcción de esta ciudad

¿Cómo definirías tu poesía?
Como una poesía urbana, que tiene muchos elementos de lo que es el pop. Una poesía popular si se quiere. Nunca he pretendido ser un poeta culto, me interesa mucho lo popular, la masa.

¿Crees que cada uno de tus libros representa un periodo histórico de tu vida?
De todas maneras. No soy el mismo que escribió a los 20 años, que el que escribió hoy día cerca de los 50. No es lo mismo porque el contexto ha cambiado, uno mismo ha cambiado. Creo que uno hace sólo un poema y lo cambia muchas veces. En si, la escritura de ese mismo poema se ha hecho diferente, uno tiene miradas distintas y la realidad también es distinta. Tenemos un 2004 con todo lo que significan las guerras, el renacimiento del imperio. Pensamos que nunca más íbamos a hablar del imperio o del imperialismo. Creíamos que eran palabras añejas y hoy son tan naturales.


La antología Hay un Moro en la Costa se relaciona con el contexto histórico, político y social de la ciudad donde tú habitas. ¿Cómo vas plasmando eso en tu poesía?
Mi poesía es una poesía que tiene un contexto social muy fuerte y por ende una visión política. Soy un hombre de izquierda. Creo en una poesía militante, en una poesía comprometida que tiene una fuerte relación con la humanidad, con el hombre, sus sueños y esperanzas, con los grados de solidaridad que hay en él. Para mi la poesía es una herramienta con la cuál se transmite la necesidad de que el hombre crezca en su conocimiento y en su dignidad.

Valparaíso muchas veces ha sido señalada como una ciudad de poetas, pero a tu juicio es el poeta el que recrea a la ciudad o la ciudad la que fecunda al poeta
Yo decía en el libro vivo la ciudad que habito y me habita. En alguna medida es eso.

Cómo ves hoy día a Valparaíso. O cómo lo plantearías en tu poesía hacia el futuro.
Yo creo que Valparaíso está viviendo una suerte de refundación que es muy especial. Es como alguien que deja la piel para salir con otra. Un proceso muy desgarrador, muy fuerte en que se producen cambios profundos, si se quiere trágicos, pero necesarios. Estamos viviendo esos procesos, hay una cantidad enorme de expectativas para este nuevo Valparaíso que está viviendo cambios estructurales en términos de su viabilidad futura, en términos de ser capital cultural y patrimonio de la humanidad. Son oportunidades que constituyen un norte o una dirección totalmente distinta a las que tenías del punto de vista laboral, espacial, arquitectónico, de lo que sucede al interior de la ciudad, de la reflexión intelectual, de las universidades y su replanteamiento.

Además de tu expresión poética se ha señalado una suerte de “hecho de arte” con la producción de La Bolsa –poemas editados en serigrafías que se incluían en una especia de bolsa de supermercado-

Ahora a la distancia, eso se está tomado casi como un libro de experimentación. Se habla harto de La Bolsa en relación a que se anticipaba a otras cosas que se hicieron después, pero la verdad es que solamente fue hecho porque no teníamos otra alternativa. Se trabajó un proyecto en que mi poesía es sólo una parte, porque Aravena Echaurren es el que hace la gráfica, el concepto de la bolsa. Trabajamos la idea de hacer algo que fuera distinto, con lo que pudiéramos acercarnos a la gente en un soporte distinto porque el soporte poético que era el libro estaba cuestionado en tiempos de la dictadura, sobre todo en los primeros años, incluso tú tenías que pedir el permiso para comprar el papel. Tenías que enviar a DINACO los contenidos de cualquier libro que fueras a publicar, entonces la forma de esquivar esa limitación era transformar el formato, y en alguna medida el libro es un rompimiento con eso.

¿Consideras que en tu desarrollo poético es importante el concepto de la subversión a través del arte?
De todas maneras, yo creo que así como había compañeros que tomaron decisiones distintas a las mías en términos de salir a la calle, de organizarse u optar por posiciones de otro tipo, lo mío fue optar por una posición poética. Me parecía que era tan subversiva y necesaria como cualquier otra acción que se asumiera en contra de la dictadura. Fui uno de los que estuve de acuerdo que cualquier tipo de lucha era necesaria.

La historia del Moro

¿Quién es el Moro?
En el tiempo de la dictadura ese era mi nombre de clandestino. Yo me llamo Arturo Vega y nadie me dice así. Ese nombre me lo puso Elena Martín, una mujer extraordinaria a la que tuve la oportunidad de conocer el 74-75. Ella me bautizó como Moro y eso quedo hasta el día de hoy. Enrique es por mi padre. Tiene una concepción también política, yo así ejercía una labor política. Al final, lo ridículo, lo chistoso, es que no servía para nada la chapa, era más conocido el Moro.

Enrique Moro se comió a Arturo Vega
Es más se lo trago. No existe ya, incluso tengo que hacerlo en términos legales porque tengo problemas con eso. Tengo que decir en muchas partes, por ejemplo al cartero que soy el escritor que se llama así.

¿Crees que un proceso tan castrador como fue la dictadura pudo fecundar propuestas e ideas que dieron un sentido a tu generación?
Sí, porque fue oponer el bien contra el mal. Esa era mi posibilidad, mi forma de combatir y me dediqué enteramente a eso. Creo que soy producto de una situación histórica.

En tus poemas se refleja la vida de muchos jóvenes en ese periodo, un lugar común que es muy fácil de reconocer.
Claro, porque es un gran lugar común al que estábamos sometidos y esa poesía obedecía a eso. Yo creo que nunca hice panfletos, pero claro, encuentro totalmente lógico que se hicieran. Creo que era lo lógico porque no había mucha metáfora. La metáfora no servía, ahora si podemos dedicarnos un poco más a la valoración, a lo arabesco.

¿Cuándo fue más difícil ser poeta en la dictadura o ahora?
Ahora, de todas maneras.

¿Por qué?
Porque las problemáticas son mucho más amplias, es mucho más complejo. Antes para mi era un solo tema, la dictadura.

Y hoy ¿sabes cuál es tu enemigo?
Puede estar al lado, delante, atrás, es terrible. Me he encontrado con amigos míos como Enrique Correa y hoy lo veo vendiendo cualquier cosa. No es el único. Tengo muchos amigos de esa generación como Carlos Ominami, al que conocí en otras cosas, en el MIR, y ahora lo ves y te cuestionas.

¿Cómo le gustaría al Moro que lo vieran las generaciones venideras?
Yo siempre he dicho que si alguna vez un poema mío es leído por los estudiantes me parecería extraordinario. A mi me interesa estar vivo y seguir conversando con la gente y conociendo lo que sucede… Creo que algo de eso se ha conseguido, que te reconozcan como parte de la ciudad.