José
Luis Carrasco:
Valparaíso y el mar
Por
Mauricio Carreño A.
José
Luis Carrasco Balmaceda, comenzó en esto de
la escritura, allá por 1978, y hasta la fecha
– en 25 años – es acreedor de una
gran cantidad de premios tanto en Chile como en el
extranjero, sobre todo en la categoría de cuento
infantil. Entre estos galardones tenemos: Municipalidad
de Cochrane, Jorge Luis Borges (Argentina), La Felguera
(España), Radio Netherland (Holanda, cuento
infantil), Festival del escritor latinoamericano (Argentina),
Internacional de literatura infantil de Viña
del Mar, Editorial Andrés Bello, Pedro de Oña
(cuento infantil) y premio Gabriela Mistral en Novela.
El libro
“Valparaíso
y el mar”, habla de la relación, de este
matrimonio indisoluble entre la ciudad y el mar. Una
relación de amor y odio. Gracias al mar la
ciudad ha prosperado y también gracias a él
ha sido destruida para volver a levantarse y proseguir
la convivencia.
El
autor, en su prólogo, se remonta en la historia
a los primeros navegantes en la conquista del océano;
los fenicios, los egipcios y los cartagineses, para
ir encausando el tema y presentarnos la bahía
de Valparaíso habitada por los indios Changos
- a su vez incipientes navegantes en balsas de cuero
de lobo marino - y su descubrimiento por la nave “Santiaguillo”,
los primeros días de septiembre de 1536. Y
el bautizo del lugar como “Valparaíso”
por Juan de Saavedra, recordándole su ciudad
natal del mismo nombre en las inmediaciones de Cuenca
en España.
Seguimos
en la develación de la historia y pasamos a
1544 cuando Juan Bautista Pastene es nombrado lugarteniente
de mar por Valdivia, hecho que data de manera oficial
la existencia legal de Valparaíso. Luego la
fundación de la primera capilla en 1559, en
el mismo lugar donde está hoy en día
la iglesia de La Matriz.
Hay
un capitulo importante en el libro y trata sobre los
bucaneros que pasaron por Valparaíso el siglo
XVI. Asistimos desde el saqueo de la ciudad por Francis
Drake, el paso de Thomas Cavendish, y el arribo de
Richard Hawkins, piratas ingleses, para luego dar
paso a sus colegas holandeses: Dirick Gerritz, Oliver
de Noort y Jorge Spilbergen. “A estas alturas
se llega al siglo de vida de Valparaíso. Varios
hechos navales habían quedado grabados al calor
de su historia. Saqueada una vez su naciente aldea,
quemadas en varias ocasiones las naves ancladas en
su bahía, pasadas las tripulaciones a cuchillo
y bombardeadas con metralla sus alturas, conoció
el rigor de los más famosos bucaneros que asolaban
los mares del sur provenientes de Europa.” (p.
44)
Como consecuencia de estos hechos, especialmente el
paso de Drake, es que Valparaíso se hace conocido
en el mundo, comenzando a figurar en los mapas.
Luego
las inclemencias de la naturaleza toman la atención
del autor, y a pesar de la poca información
al respecto nos informamos del maremoto de 1730, donde
“la inundación invadió la planicie
y el declive de los cerros”, haciendo que posteriormente
la población se estrechase en los farellones
de los cerros en vez de dilatarse sobre el Almendral
y sus vergeles.
Así,
con bosquejos claros de un sinnúmero de hechos
que van perfilando a este puerto y una capacidad de
síntesis envidiable del autor sumado a su didáctica
va conformándose la visión de Valparaíso
a través de su accidentada historia, parangón
de su geografía.
Sigamos,
entonces, con otros hechos para que obtengamos un
bosquejo más completo del texto. Hagamos un
salto y hallémonos luego de la independencia
de Chile, específicamente en 1811, cuando se
decreta la libertad de comercio con todas las naciones
del mundo. Esto posibilita que llegue a Valparaíso
la fragata “Galloway”, proveniente de
Nueva York, trayendo entre sus variadas mercaderías
una imprenta. La misma que posteriormente utilizaría
Camilo Henríquez para publicar, en febrero
de 1812, el primer ejemplar de “La Aurora de
Chile”.
De
aquí en adelante y con el incremento comercial
que trajo el fulgor del oro en California, Valparaíso
se transforma en un importantísimo puerto,
ya que todos los barcos provenientes de Europa y con
destino a los Estados Unidos debían necesariamente
detenerse aquí. “En un día cualquiera
del año 1849 se contabilizaron en el puerto
más de 170 buques, 37 de los cuales eran chilenos”.
A la par se desarrollaba la marina mercante nacional
que en 1864 contaba con alrededor de 270 barcos, llegando
a lugares tan remotos como Australia, China y la India.
Se consigna también un capítulo a los
primeros submarinos construidos en el país.
El primero de ellos fue desarrollado por un ingeniero
alemán de nombre Guillermo Flach, quien tenía
a cargo la fundación “Caledonia”.
La idea surgió luego de la guerra con España
en 1865, y después de arduas labores en mayo
de 1866 se lanza al mar el invento de acero de forma
cilíndrica imitando a un pez con la cola cortada.
“A las nueve de la mañana en punto subieron
a bordo de la innovadora embarcación Flach,
su hijo, cuatro alemanes, dos franceses y dos chilenos
y se cerraron las escotillas. El submarino ejecutó
diversas maniobras, primero en la superficie y luego
hundiéndose y emergiendo en forma sucesiva.
Por desgracia, en una de estas inmersiones la nave
no volvió a salir, en medio del horror y la
consternación de numerosos espectadores que
se habían reunido para admirar tan espectacular
invento.” (p. 81)
Posteriormente
surgió un nuevo inventor: Gustavo Hayermann,
alemán y especialista en la construcción
de barcos, quién conocía algunos planos
de submarinos construidos en Europa y probados con
éxito en el mar Báltico. Así,
en poco tiempo desarrolló un submarino que
bautizo como “Invencible”. Al igual que
el anterior modelo este tampoco tuvo suerte, por lo
que terminó en el fondo del mar, claro que
esta vez con una gran diferencia: sin ocupantes.
De
esta forma con el norte en el mar, viajamos por hitos
importantes que van perfilando la ciudad que habitamos;
su descubrimiento, la primera población, el
desarrollo mercantil, el primer cabildo, los temporales
y naufragios, junto con la intercalación de
personajes importantes que escribieron su vida en
relación al puerto y a su mar, tales como:
Juan de Saavedra, Juan Bautista Pastene, Francis Drake,
Lord Cochrane y Manuel Blanco Encalada entre otros.
Los
hechos están ordenados en el desarrollo del
libro de manera cronológica por capítulos
diferenciados y titulados, que conforman pequeñas
unidades temáticas. Al interior de estas células
aparecen a su vez otros hechos o personajes que merecen
la atención, y estos son tratados en un capítulo
siguiente. Por ejemplo en el capítulo de los
bucaneros aparece la figura de vital importancia de
Francis Drake en relación a Valparaíso.
Bueno, esta figura tiene a continuación un
capitulo propio donde se retrocede en el tiempo a
sus orígenes, su aparición en estas
costas y su posterior vida. De aquí que el
eje temporal se fractura en variadas ocasiones, pero
no perdiéndose la línea principal a
la que apunta el libro: la relación Valparaíso
y el mar.
El resultado es de un cúmulo de hitos y hechos
importantes que este autor nos trae a colación,
valiéndose de la historia y la memoria articulada
por un modo discursivo claro, pedagógico y
sucinto lo que nos permite una pincelada, tal vez
desprovista de reflexión o profundidad, pero
didáctica y pedagógica, que operaría
como un punto de partida, o un acicate para querer
saber más de esta ciudad con visos eminentemente
poéticos.
Bibliografía:
Entre
otros libros José Luis Carrasco Balmaceda ha
publicado:
“Cosas
del mar y otros relatos”, Editorial Municipalidad
de El Bosque (1993)
“Nido”, Ediciones Trea, Gijón,
España (1994)
“La última bruja”, Editorial Andrés
Bello (1998)
“Un cuento para Mariela”, Gobierno regional
de Valparaíso (1999)
“La rifa”, Editorial Don Bosco (1999)
“Don Evaristo el cartero”, Editorial Andrés
Bello (2000)
“Valparaíso y el Mar”, Gobierno
regional de Valparaíso (2002)