Carlos
Pezoa Véliz
El
sino fatal de un poeta
Carlos
Pezoa Véliz es considerado uno de los primeros
poetas chilenos en desarrollar una voz singular y
propia, lo cual llevará a su poesía
a estar presente en cualquier exigente antología
y a ser considerado el primer poeta social del país,
quien va a representar el "alma chilena",
llegando a dar cuenta del tono colectivo de un pueblo.
La mayoría de sus creaciones poéticas
que lo hicieron famoso las realizó en los alrededores
de Valparaíso, donde vivió gran parte
de su corta existencia.

Por
Mauricio Carreño Araya
Carlos Pezoa Véliz, nace un 21 de julio de
1879, -a principios de la Guerra del Pacífico-
en un popular barrio capitalino, alrededor de la bulliciosa
calle San Diego, específicamente en la calle
Mencia de los Nidos, a un costado de la Plaza Almagro.
Fue hijo natural de Elvira Jaña y de un español
apellidado Moyano. Su madre se desempeñaba
domésticamente en el hogar del matrimonio conformado
por José María Pezoa y Emerenciana Véliz,
quienes definitivamente le criaron y otorgaron sus
apellidos.
"Niño
pálido, muy rubio, de cabello ensortijado,
cuyos ojos claros aumentaban la transparencia del
rostro" (Silva Castro). En los alrededores del
antiguo mercado de San Diego, donde su padre adoptivo
tenía un negocio de carbón y vituallas,
Carlos Pezoa Véliz empieza a descubrir un mundo
que temáticamente aparecerá posteriormente
en su poesía; un barrio bravo donde deambulan
tipos populares, donde lo rural se vierte en la ciudad
y donde transitan personas al margen de la ley. Aquí
realiza sus estudios primarios en la escuela pública
Nº 3, para luego ingresar al Colegio de San Agustín,
donde se destaca como un buen alumno. En esta época
comienzan sus escapadas del hogar familiar, en algo
que se transformará con el tiempo en una característica
de su vida, con sus altibajos y las carencias económicas.
Pasa
una corta estadía por la guardia nacional,
obteniendo un grado superior a soldado, lo cual le
inspirará el poema "La Pena de azotes".
"Formado el batallón, rígido humilla
/ al pobre desertor aprehendido / que sobre el patio
del cuartel tendido / siente el roce brutal de la
varilla."
Luego
se dedica esporádicamente y con frenesí
a varias ocupaciones: como aprendiz de zapatero, ayudante
de una escuela de la calle San Diego e incluso llegó
a ser calador de Sandías en el Mercado Central,
donde se vendía "La Lira Popular",
un folletín en el que, bajo el seudónimo
de Juan Mauro Bío Bío, publica sus primeros
versos, que aludían a la crónica roja,
por ejemplo el titulado "Crimen en la calle del
Puente".
Inconformista,
de formación autodidacta, mantuvo una estrecha
relación con los Ateneos, donde se divulgaban
conocimientos de la ciencia y se trataban las problemáticas
sociales. Empapado de conciencia social, frecuentó
círculos anarquistas como el Ateneo Obrero
de Santiago o más tarde la Sociedad en Resistencia
de Carpinteros de Valparaíso. Cuenta el poeta
Oscar Hahn, que Pezoa Véliz fustigó
duramente a los anarquistas a través de la
prensa responsabilizándolos de la disolución
del Ateneo Obrero de Santiago y acusándolos
de "llevar en sus trajes no las honrosas manchas
que se reciben con el trabajo diario, sino las huellas
recientes de borracheras al aire libre".
El
espíritu inquieto de Pezoa Véliz lo
lleva a viajar por primera vez a Valparaíso
alrededor de 1900, pasando toda clase de pellejerías.
Dedicado a la bohemia, duerme en los carros eléctricos
del recorrido Viña del Mar - Valparaíso
y participa en desafíos a contrapunto con "puetas"
en fondas y tabernas de este puerto. Hace amistades,
entre la que destaca el poeta Víctor Domingo
Silva, quien se desempeña como bibliotecario
de la Armada y permite que nuestro poeta duerma en
la biblioteca rodeado de libros y sueños.
En 1902 decide radicarse en el puerto y ese mismo
año se realiza una velada en el Ateneo de la
Juventud de Valparaíso, donde lee sus poemas
y se confirma como poeta.
Alrededor
de 1903 lo vemos vivir en Playa Ancha, específicamente
en la calle Taqueadero Nº 55, casa que era propiedad
de la familia Silva Endeiza, de los poetas Víctor
Domingo y Gustavo, que inmortalizara en el poema "Al
amor de la lumbre". "Junto a la gruta de
las quebradas,/ donde las aguas alborotadas/ charlan
de asuntos sin ton ni son,/ hay una casa de corredores,/
donde hay palomas, tiestos con flores/ y enredaderas
en el balcón."
En 1904, mientras ejerce como profesor en Viña
del Mar, se relaciona con varios escritores, entre
los que destacan Augusto D'Halmar, Manuel Magallanes
Moure, Samuel A. Lillo y Ernesto Montenegro. Ejerce
como periodista y publica en varias revistas y diarios
como "Pluma y Lápiz", "Instantáneas
de luz y sombra" y "Sucesos".
En
1905, trabajando como redactor de "La Voz del
Pueblo", es enviado al norte del país,
para dar cuenta de la vida de los trabajadores y obtener
suscripciones para el periódico. Pretende escribir
una obra, a la que incluso titula "Tierra Bravía",
pero no alcanza a concretar su proyecto. Producto
de este viaje es el poema "De vuelta en la pampa"
y el genuino retrato de "El taita de la oficina".
"Es decir el más viejo de los trabajadores,
el más corrido, el más espoliado, el
más vicioso, el más pobre. El que reunía
en sí aquellos atributos lamentables del pampino
andariego, sin olvidar siquiera los más odiosos
o los más conmovedores"
De
vuelta de este viaje, al obtener Pedro Montt la presidencia
de la República, Carlos Pezoa Véliz
es nombrado secretario de la alcaldía en la
Municipalidad de Viña del Mar. Atrás
quedaban las zozobras económicas y lo vemos
aparecer impecablemente vestido, cual dandy, en uno
de los pocos retratos que se conservan.
Pero las ilusiones pronto se desvanecen y el destino
no tardará en ensañarse con el poeta.
Acaece el terremoto de 1906 que deja por los suelos
a gran parte de Valparaíso y Viña del
Mar, y es precisamente en esta ciudad donde una muralla
de adobes aplasta al poeta, dejándolo gravemente
herido, debiendo ser trasladado al hospital Alemán
de Valparaíso, donde se constata la fractura
de ambas piernas.
Es aquí, en la sala común, donde compone
una de sus poesías más logradas y famosas:
"Tarde en el Hospital". "Sobre el campo
el agua mustia/ cae fina, grácil, leve; / sobre
el agua cae angustia;/ llueve...
Y pues solo en amplia pieza/ yazgo en cama, yazgo
enfermo, / para espantar la tristeza, / duermo.
Pero el agua ha lloriqueado/ junto a mí, cansada,
leve; / despierto sobresaltado;/ llueve...
Entonces, muerto de angustia/ ante el panorama inmenso,
/ mientras cae el agua mustia,/ pienso."
Alcanzó
a recuperarse de las heridas para volver nuevamente
a este hospital, donde es operado de apendicitis.
La dolencia continúa y decide trasladarse al
hospital San Vicente de Paul en la capital, (hoy José
Joaquín Aguirre) donde se confirma la enfermedad
que había temido y prefigurado es sus escritos:
Tuberculosis, en su caso al peritoneo, lo cual le
causa profundos sufrimientos por heridas que no cicatrizan
y sus correspondientes curaciones. Frente a este infierno
se le ve blasfemar ante la adversidad, como una forma
de calmar la desesperación y los dolores. En
ese estado es visitado por algunos amigos destacados
como Fernando Santiván, Augusto D´Halmar,
Guillermo Labarca o Emilio Vaisse. Lo inevitable cae
sobre él como un destino trágico y deja
de existir tras una larga agonía, el 21 de
Abril de 1908.
Carlos
Pezoa Véliz fue un innovador, cuando la poesía
nacional estaba entrampada con el modernismo de Ruben
Darío y con los lugares exóticos, cisnes
y princesas. Supo poner la vista en otros lugares:
"Si el poeta habla del agua con la voz misma
del agua, hable también de los sedientos...
si quiere contar sus cuitas al paisaje, hable desde
la tosca puerta del rancho carcomido, donde hay tapias,
rosales, organismos y esperanzas ruinosas..."
(Antonio de Undurraga en "Pezoa Véliz")
En
su poesía encontramos al hombre en su relación
primordial con la tierra y con destinos adversos o
tristes, al hombre anónimo cargado de amargura,
a los humildes, a los tristes de corazón, en
construcciones argumentales donde la voz del poeta
consigue transformarse en voz colectiva.
Hay en sus versos un deseo de redimir a los desamparados,
de ayudarlos en sus infortunios cuando les llega a
decir: "No hay más que una vida de eterno
desamparo, donde para alcanzar la migaja de placer
que os corresponde como hombres, es fuerza que la
arrebatéis a bayonetazos, colocando brutalmente
en la balanza donde se os roba el pan, toda la brutalidad
musculosa de vuestros puños"
Por
sus cantos desfilan personajes profundamente reales
y populares como Teodorinda, la hija del capataz,
"Esa muchacha llena de risa es un bocado que
el tiempo guisa para las hambres de su señor"
o Pancho y Tomás, los hermanos de infortunio,
o los anónimos personajes en Nada- También
no faltan los perros abandonados como en "El
perro Vagabundo". "Allá va. Lleva
encima algo de abyecto./ Lo persigue de insectos un
enjambre,/ y va su pobre y repugnante aspecto/ cantando
triste la canción del hambre." Estos y
otros personajes configuran un mundo marginal hábilmente
retratado donde el verso de cuidadosa factura logra
hacernos parte, hacernos carne, en una gran lección
de humildad.
Carlos
Pezoa Véliz no alcanzó a cumplir los
treinta años ni a ver, como le gustaría
a todo escritor, impreso su nombre en letras de molde.
En su corta vida, desde un origen incierto y modesto,
logró luchar contra un destino adverso, sobreponiéndose
a toda clase de penurias, para con tesón y
esfuerzo lograr una voz propia, con la cual llegó
a representar los destinos de muchos hombres anónimos,
con sus sufrimientos y pesares, entonando la canción
colectiva de un pueblo.
Póstumamente sus amigos concretarán
su deseo inconcluso de publicación de un libro.
Su poesía, entonces, siguió su propio
camino, trascendiendo fronteras, conservándose
y recordándose a través del tiempo,
algo que se contrapone con su efímera existencia.
Su lírica, junto a su prosa de gran factura,
fue un gran aporte a la
literatura chilena, con sus contenidos sociales y
populares, donde se expresan conmovedoramente las
existencias silenciadas.
Los libros que se publicaron a continuación
de la muerte del poeta son: "Alma Chilena",
editado y recopilado por Ernesto Montenegro en 1912.
Luego aparece en París, editada por Leonardo
Pena, una selección de sus poesías con
el título: "Campanas de Oro". En
1927 Armando Donoso publica una obra acuciosa a la
que titula "Poesías y prosas completas".
Posteriormente en 1951, aparecerá un completo
estudio biográfico titulado "Pezoa Véliz,
biografía crítica y antología",
de Antonio de Undurraga en Editorial Nacimiento. Más
cercano a nuestros días es la "Antología
de Carlos Pezoa Véliz", de poesía
y prosa, con selección y prólogo de
Nicomedes Guzmán, de Editorial Zig Zag, 1957.