Algunos
poemas de Rolando Cárdenas
- Búsqueda.
- Elegía
del futuro suicida.
- Los
Fantasmas.
- Regreso.
- Las
Noches Blancas.
- Qué,
Tras esos Muros.
- Signos
Visibles.

Búsqueda
A
veces es bueno abandonarse al propio olvido
como si el saber sonreír
fuera más fácil que morder una fruta.
Ir por las calles perfectamente solo,
sin más compañía que nuestra
cotidiana tristeza y nuestros pasos,
amando una vez más la sencillez del aire
de la manera como se recuerda la infancia,
o ese otro tiempo pulverizado
cuando se buscaban las primeras estrellas en las charcas.
Es
bueno sentarse entre amigos y vasos
a observar como todos abandonan algo suyo
en la música que los impulsa y transforma en
seres sin huesos,
mientras la noche trepa por los muros
buscando también dónde esconder su espera,
y después salir hacia el alba
con un poco más para alimentar futuras soledades.
Es
bueno comprender que estamos hechos de recuerdos,
un poco de tiempo que crece sin escucharnos
y de muchas cosas que no comprendemos.
A
veces es bueno detenerse a contemplar la hoja que
cae
cuando la palabra primavera
no es lo que nosotros quisiéramos que sea.
Elegía del Futuro Suicida
Yo
hablo de la integridad
como si la palabra misma fuera indivisible,
o como si todo alguna vez no retornara a nada.
Pero
esto no es así.
Llega
un momento en que se acaba el sueño,
La mano ya no quiere aprisionar.
La flor se desploma sobre el musgo.
Los ojos quedan secos.
La caricia no existe.
Ni la palabra amada.
Ni el rumor que se levanta del saucedal frondoso.
Nada
importa que el viento golpee en cada puerta.
Ni que la lluvia humedezca nuestro calzado y nuestra
alma.
Ni que la abulia sea un buitre que devora a pedazos
la esperanza.
Se
quiere aprisionar la risa en el puño
como una mariposa,
pero ella se aleja hacia otros privilegios.
No quiere compartir el beso que la boca entrega en
la ausencia,
ni el cuerpo que se da en la hora furtiva,
ni la palabra que impulsaría a conquistar el
aire.
La
soledad alzándose, infatigable planta,
va construyendo un clima de sonrisas enlutadas.
La memoria yace derribada por la astenia
en actitud de delirio.
Ni siquiera es capaz de crear el grito salvaje de
la angustia.
La
indiferencia penetra por la piel royéndola
de a poco.
El asombro por lo que no creímos
se va quedando sólo en pesadumbre
que nos va señalando nuestra propia miseria
resignada.
La alegría misma ha quedado derribada en algún
rincón de nuestro propio
olvido.
La
lengua no blasfema.
Está extática y sola.
A su lado está también la canción
trunca
que en un principio pregonaba la fuerza.
El
corazón se va quedando solo.
Solo en el día.
Solo en la noche,
como un grito abandonado y yerto.
Ya
nada es demasiado indispensable,
sólo el aire.
Lentamente el cansancio va forjando su lágrima.
Todo es latir apresurado hacia el final,
porque en la hora dura no queda nada:
la pureza,
el tiempo del amor iluminado,
el beso antiguo
son casi dolorosa inexistencia.
Pero
se llega al día límite
que nos espera como un muro infranqueable
despojado de todo,
que es una manera de mostrar la certeza.
También
se puede sonreír al borde de la vida.
(de
"Transito breve")
Los
Fantasmas
A
Jorge Teillier.
Han
de venir de pronto
por una tarde llena de lluvia,
a esa hora en que el panteonero se levanta desde el
N.O.,
en el antiguo cementerio,
para soplar por la bahía
y calles inclinadas donde no reinan las hojas.
Las tinieblas caerán con frío
hasta hacer desaparecer las siluetas
de viejos pontones carboneros.
Y
será de nuevo la infancia desvelada
en una pieza obscura, sin respirar casi.
Y toda la casa estará llena de ellos
y todos ellos alrededor de la lluvia
y del viento que silba en los alambres.
Así
transcurrían esos días
en una casa brumosa y encantada,
junto a una abuela tierna
como si fuera a nombrarla.
Cuando
era fácil asombrarse
ante palabras llenas de innumerables secretos
de los que alguna vez pasaron
por aquellos pueblos fantasmas
donde la muerte alejaba a los pájaros.
Sus
voces los hacían respirar y moverse en las
sombras
alguna de esas noches
en que la luna y el mar se detenían
para resucitar antiguas leyendas chilotas
de barcos iluminados con extraños tripulantes
deformes.
Así
sucederá.
Porque me basta saber que el panteonero
se levanta de nuevo desde el N.O.
con aquellos que han perdido la memoria bajo la tierra
y me toca con una mano helada.
Regreso
Un
día regresaremos a la ciudad perdida
como las estaciones todos los años,
como una sombra más en las tardes,
preguntando por antepasados
o por el río en cuyas aguas se quebraba el
cielo.
Será
en invierno
para revivir mejor los grandes fríos,
para ver de nuevo
el humo negro de los barcos cortando el aire,
para escuchar en las noches
los pequeños ruidos de la nieve.
Nos
sentaremos a la mesa como si tal cosa
a probar el pan de otros días.
Un pájaro que cruce por la ventana
nos hará pensar en el bosque de pinos
donde el viento se revolvía furioso.
También
preguntaremos por antiguos amigos
pensando quizás en el rostro de alguna muchacha.
Aún existirá el boliche
donde se reunían viejos campesinos.
Nos invitarán a beber y a conversar
asuntos que nadie olvida.
El tiempo no es más que regreso a otro tiempo.
"Todos nos reuniremos alguna vez bajo tierra".
Alguien
nos reconocerá a la vuelta de la esquina.
Será como venir a saludar desde otra época.
(de
"En el invierno de la provincia")
Las
Noches Blancas
Y
era una luz que parecía estar a toda hora,
cuando los días comenzaban a crecer
curvándose hacia lentos países nevados.
Se
transmitía sin límites
en un quehacer casi silencioso
desde los cielos rojos y llenos de colinas
donde hasta tarde navegaban los pájaros.
También parecía venir por el mar
con un rumor misterioso y de color ceniza.
Antigua
claridad de los hielos que se quedó allí
desde la primera noche polar,
verificando un remoto rito que detenía las
sombras,
pero que al mismo tiempo transcurría.
Se
estaba con nosotros largas horas
como si nos quitara el sueño o el cansancio,
envejeciendo con los pastos y el viento.
Como
un recuerdo que lo inunda todo
emergen esos días meridionales
desde el tiempo del hombre que perdió su sombra,
porque esas noches lejanamente iluminadas
venidas por el hielo, el mar y el cielo rojo,
no parecían extrañas en la tierra dispersa,
rodeando esa casa
perdida en un gran soplo blanco.
(de
"Poemas migratorios")
Qué,
Tras esos Muros
Desde
afuera, qué intriga.
Quiénes habitan esa débil luz, indeterminada
lámpara.
Quiénes son los comensales, quién el
que no está.
Quiénes son los moradores, allá de sus
visillos
prolongando sueños con silencios de abeja
escanciando en un gran rito rojo.
Qué
tras esos muros que detienen nuestros pasos.
Cualquiera habitación es extraña, nos
fecunda
con su misterio y debe transcurrir algo más
que
la simple complicidad de la noche.
Cuerpos, rostros y manos colmando un hondo hallazgo,
muros que los protege, mesa que los perfuma.
Feroz
en el ausente tras esos muros.
Bienvenido el que llega a reencontrar su lecho.
Todas las estaciones semejan casas incógnitas.
La abstraída presencia de llaves, de ventanas,
de puertas,
son muros infranqueables para no profanar todas las
vidas.
Qué,
tras esos muros,
espesos de guardar una obstinada intimidad tan invencible.
(de
"Qué tras esos muros")
Signos
Visibles
Desde
adentro de la distancia
regresaremos hacia los frutos
guardados en el rincón propicio.
Nada cambia en la casa.
El sol arroja su luz todos los días,
siempre una nueva piel al tacto.
Mensajero de buenas venturas, va y viene
y se queda dormido en su ritmo,
en sus pliegues más hondos
para proteger intocados el sueño de sus seres.
Moradores
somos de su presencia,
un recuerdo de tierra o madera mojada
poblados de su fecundidad
vigilia para comarcas y rumores de árboles
nocturnos.
Pero
un signo visible es la ausencia.
En tu nueva habitación,
es el alimento.
(de
"Vastos Imperios")