Cuentos
Por
Rodrigo Foz
Alguien
Llama
Alguien
llama. Contesto y simplemente cuelga. Luego de nuevo,
y de nuevo, y de nuevo. Alguien me despierta en medio
de la noche y simplemente cuelga. Me mantiene forzadamente
en vigilia, desea mi vigilia, me roba el sueño.
No
me queda más que agradecer su dedicación
por mí. Su falta premeditada de sueño,
su constante preocupación, su oculto amor.
Quisiera desenmascararle para poder invitarle a mi
lado, para compartir su presencia, para demostrarle
que también me preocupa, que después
de tantas largas noches de insomnio compartido admiro
su constancia y aprecio su esfuerzo. Esa persona quizá
no sepa que su existencia me ha salvado del suicidio,
justo cuando estaba abatido por la conciencia de que
a nadie le importaba, que nadie se percataría
de mi muerte.
Y
también está el hambre, el hambre que
fuerza mi supervivencia, que me exige vivir a cada
segundo, en cada paso. De nada me sirve aplacarla
porque vuelve tarde o temprano negándome la
extinción, obligándome a escoger entre
la vida y la muerte.
Yo
camino, camino mucho. Camino rápido, para que
nadie se percate que camino solo. Todos me miran y
creen que tengo prisa, que soy ocupado, que tengo
importantes asuntos que atender. Yo sonrío
a quienes me sonríen y a quienes me miran indignados
cuando los paso a llevar o los obligo a apartarse
con mi presencia. Les sonrío para que crean
que soy feliz. Y si alguien me devuelve la mirada
con un atisbo de comprensión, apuro más
el paso para demostrarle que está equivocado.
Que sólo tengo prisa. Es mi forma de disfrutar
del paisaje, de la gente que atesta las calles, de
los atardeceres de la ciudad, de las voces y rostros
de mis congéneres.
Y
al final del camino siempre está el mar. No
el mar infinito y profundo, ni azul, ni agitado ni
espumoso. Está el mar negro, encerrado entre
los muelles, oscuro por la noche, calmo por el abrigo
del puerto. Me apoyo en la baranda, me inclino suavemente
y conversamos en murmullos, íntimamente. Y
cuando la emoción me invita a tocarlo, a sentir
su abrazo acogedor y dormirme con sus susurros, me
aparto y despidiéndome con una reverencia,
vuelvo a mi casa.
Allí
me espera el insomnio, la llamada repetida, la vigilia
compartida. El único lazo con la realidad de
otro que ríe, llora y sangra como yo, que piensa
y siente, para quien no se porqué misteriosa
razón yo soy parte importante de su vida.
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El
Encuentro
No
descubrí nada nuevo hasta que un murmullo falsamente
ronco me enseñó su sexo. Luego fueron
palabras cortas sobre asuntos sencillos, hasta que
finalmente se rasgaron los velos y su voz afloró
suave, femenina, en preguntas sutiles y respuestas
vagas. Las llamadas se hicieron un rito de días
pares y noches impares, siempre en el cenit y el nadir,
de perfectas tres horas cada una. Nada se decía
con prisa, todas las frases estaban prologadas por
un silencio y finalizaban abruptamente, en su clímax.
Se hablaba de cosas simples, evitando los sustantivos
propios y los tiempos precisos. Era un agazaparse
sutilmente, en espera del salto predador, una espera
infructuosa ya que nadie daba el primer zarpazo.
De
pronto sabía mucho sin haberse dicho nada.
Sabía que estábamos en el mismo puerto,
que no nos habíamos visto nunca, que nos sentíamos
solos, que ablandábamos los días a punta
de supervivencia. Unos sonidos ambientales dieron
otros datos: una calle populosa, un tren en marcha,
unos niños jugando, una música triste
y monótona me indicaron que era de los suburbios.
Una referencia a un infierno profundo en una calle
me indicó que frecuentaba cierto barrio bohemio.
Otra referencia al hábito de música
de jazz acompañada con velas me terminó
de aclarar un local nocturno. Finalmente el silencio
de las noches de los viernes me entregó la
fecha.
Así
fue que escogí el primer viernes de luna llena
para ir en solitario a escuchar Blues al barrio al
que nunca se va solo, e ingresar al local intuido.
Me acodé en la barra y esperé impaciente,
apoyado frente al espejo que espiaba la puerta. Cuando
estaba abatido por el alcohol, la espera y los Blues,
entró la única solitaria de la noche,
se detuvo brevemente en la puerta y se acercó
cadenciosamente a la barra, justo a mi lado. Pidió
un
Martini y mirándome por el espejo me dijo:
-
¿Por qué tardaste tanto?
La
miré atónito y respondí:
-
Eres demasiado hermosa....
Ella
carcajeó como una niña y acabó
el duelo diciendo:
-
Guárdate esos comentarios para cuando me desvista.
Cogimos
una mesa vacía y nos embriagamos tomados de
las manos, hablando como siempre pero esta vez mirándonos
a los ojos. El cierre del local coincidió mágicamente
con el último estertor de la vela, y pagando
nuestras respectivas cuentas nos deslizamos, abrazados
y felices hacia un destino transado sin palabras.
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El
Encargo
Las
rutinas de hotel se repetían los viernes, separadas
por días y noches de conversaciones distantes.
Un miércoles al mediodía iniciamos una
conversación distinta, en tonos menores, cadenciosos
e insinuantes. Ella me propuso juntarnos en una vieja
estación al crepúsculo. Yo acepté
de inmediato.
Al
llegar ya me esperaba, alegre pero ajena. Compartimos
un café y unos cigarros mientras conversábamos
más con nuestros cuerpos que con nuestras bocas.
Cuando los altoparlantes anunciaron la partida del
último tren ella sacó de su bolso dos
boletos y los puso sobre la mesa. Los cogí
con un ligero temblor y, abrazados, fuimos a abordar
el tren.
En
la noche las estaciones pasan todas iguales, las luces
de la ciudad adornan la distancia entre los postes,
su abrazo tibio calmaba mis escalofríos temblorosos.
-
¿Por qué tiemblas?
- Tengo frío.
Su
sonrisa hizo arder mis mejillas. Llegamos a una estación
larga y limpia, caminamos abrazados hasta la calle,
subimos por un río de cemento y llegamos a
su casa.
Adentro
compartió conmigo los tesoros de su bar antes
de enseñarme los secretos de su alcoba. Una
cama enorme, dos veladores marcados, un equipo de
música con parlantes envolventes. Escogí
el lado de la cama que sabía que no era de
ella. Apenas acababa de sacarme los zapatos cuando
escuché la música y la vi reptar hacia
mí, con una iniciativa y un brillo desconocido
en los ojos.
No
fue mucho más lo que pude hacer, todo lo hizo
ella. Me desnudó suavemente, me mostró
su cuerpo con la lentitud y la cadencia de la música,
me tendió de espaldas y me montó como
a un caballo de juguete. De pronto acercó sus
labios a mi cuello y tras besarlo me dijo al oído:
-Relájate
y disfrútalo. El no está. Hoy es miércoles.
Mis
manos aflojaron los nudillos y se posaron en su cintura.
Sentí el suave bombeo de sus besos y su sexo.
Exploté mientras me ahogaba con su pelo en
mi rostro.
Ella
se incorporó mostrándome su cuerpo en
los reflejos de plata de la luna tras la ventana.
En sus ojos brillaron unas lágrimas de rabia
y pena al contemplar un rostro retratado sobre mi
velador. No lo entendí en ese instante, pero
era el cuerpo de Salomé pidiendo la cabeza
de Juan el Bautista.
No
hablamos nada esa noche. Repetimos nuestra lucha húmeda
muchas más veces de las que creí fuera
posible. Con el alba tras los cerros y otro boleto
en mi mano dejé su casa en silencio despidiéndonos
con una mirada profunda.
Solo,
en el tren, terminé de descubrir sus secretos,
su fría cárcel, su soledad. Me distrajo
un dolor en el cuello que aunque no era nuevo nunca
antes había notado. Me acordé que tenía
hambre y que llevaba mucho sin comer.
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Casa
de Orates
Deslizó
la invitación en el bolsillo de mi chaqueta
junto al beso de despedida del viernes siguiente.
Indicaba un sitio extraño, para una fiesta
rara, justo ese sábado. Aunque no entendía
su juego mi interés por ella había decaído
al saber que no estaba sola y crecía en mí
el hambre.
Aún
así fui a eso de la medianoche y la busqué
por los rincones de una casona enorme con habitaciones
en penumbras y grupos de gentes construyendo mundos
distintos en cada una. Me distrajo un grupo de mujeres
en círculo cantando canciones extrañas,
otro conjunto de cuerpos en penumbra dibujando sombras
chinas con las manos en una pared, otra habitación
totalmente oscura con numerosos murmullos y suspiros,
y varios espectáculos que poblaban los espacios
sin mezcla ni relación aparente.
Finalmente
di con una habitación que daba a un subterráneo
oscuro y bullicioso. Penetré por una puerta
falsa abierta en el piso y después de dos vueltas
di con un salón grande y bajo, donde un conjunto
de cuerpos se contorneaba estertóreamente bajo
el efecto de una música alienante. Allí
había una barra para solitarios, y al acercarme
la vi bailando en forma desenfrenada con un grupo
de hombres.
Pedí
un trago y me dediqué a mirarla, enfadado por
la sorpresa. Escuché a mi lado una voz ebria
haciéndose cómplice de mis contemplaciones.
-
Es hermosa, pero no te ilusiones, ya tiene dueño.
- ¿La conoces?
- Vienen con frecuencia, el la deja ser mientras se
esconde en algún rincón.
- ¿Y quién es él?
- Uno de esos que olvidas rápidamente. No se
mezcla con nadie, y cuando se embriaga se lamenta
de su soledad.
- ¿Y tú cómo lo sabes?
- Una vez me acerqué de curioso. ¡Soledad,
oíste! Con ella al lado, ¿Quién
se puede sentir solo?
Terminé
mi trago mientras terminé de comprender su
juego. La simpleza de sus intenciones contrastaba
con sus misterios. Decidí aceptar su reto amparado
en mis propios secretos. Mal que mal el juego era
demasiado hermoso.
Lo
ubiqué fácilmente, en una esquina oscura,
de acuerdo a las indicaciones. Él la miraba
extasiado y en ningún momento dejó de
hacerlo. Lo abordé con sutileza, gané
su confianza, averigüé su vida y verifiqué
las sospechas. Cuando ya todo estaba claro ella nos
interrumpió y, sin mirarme, lo tomó
de la mano y se lo llevó por otra escalera
que daba a un patio. Los seguí un trecho para
verificar los detalles. A la salida él la arrojó
contra una pared y se abalanzó sobre ella en
un beso violento. Ella no opuso mucha resistencia,
aunque no se la veía bien. Al sobrepasarlos
escuché la confirmación que esperaba.
-
Tú sabes que no me gusta esto.
- Tú harás lo que yo digo, puta.
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La
Entrega
Lo
abordé con simpleza una tarde en un bar del
centro. Como era de suponer, estaba sólo, y
conversamos amenamente de variados asuntos, hasta
dar con su debilidad, los libros de Joyce, presentida
al repasar su biblioteca. Pasados varios tragos le
deslicé que tenía un ejemplar bilingüe
del Ulises, y que mi casa estaba cerca. Ofrecí
vendérselo en un precio irrisorio, como suelen
hacer los borrachos. No pudo resistir la tentación
y me acompañó sin muchos rodeos. En
el camino lo distraje para que no sintiera el viaje.
Hablamos de escritores malditos, de la generación
perdida, de la muerte y el vampirismo. Algo en sus
palabras demostraba un temor, pero no relacionado
a mí. La presa se entregaba confiada.
En
mi casa, después de sentarlo en el sofá
alto y servirle su última copa, fui a mi dormitorio
por el ejemplar prometido. Lo abrió ceremoniosamente
mientras yo me ponía a su espalda para contemplar
el párrafo escogido por sublime. Sin más
vueltas, abrí mi boca empapada en saliva y
le clavé mis colmillos azulosos de veneno.
No alcanzó a nada. Se desvaneció instantáneamente.
El
hambre arreciaba con dulzura. No era mi costumbre
comer hombres, pero el odio y la necesidad me hicieron
olvidar totalmente los prejuicios. Lo desnudé
sobre la alfombra y comencé a tragarlo lentamente
por los pies. Lo trituraba con cuidado, lentamente,
como una venganza. Al amanecer acabé con sus
manos y me acomodé a digerirlo.
Soñé
con la luna y sus cambios cíclicos. Con su
luz tenue y su sombra difusa. Con el correr de los
sueños tras su eclíptica. Con una ciudad
de espíritus en su lado oculto, habitada por
patricios y plebeyos que mutan sus roles de acuerdo
a si reciben el sol o el firmamento, ajenos e ignorantes
a la sombra de nuestro planeta. Un lugar donde nadie
muere porque nadie vive, donde no hay sexos sino estados,
donde todo movimiento es un péndulo deseando
detenerse en ese centro prohibido por su inercia.
Donde no hay eclipses que perturben el perfecto paso
de las horas. Me dejé acunar por la perfección
de carecer de deseos y necesidades y me fui sumergiendo
lentamente en la nada.
Al
tercer día desperté de noche, fui al
jardín y cavé un agujero detrás
de los rosales rojos. Saqué de la casa un retoño
de rosal blanco, y abonando el agujero con mis heces,
lo planté con cuidado. Miré la luna
creciente, agradecido y satisfecho. Observé
los rosales y lloré desconsoladamente. Ya no
tenía hambre, pero la culpa se juntaba a las
otras y se fundían en mi alma como las lágrimas.
Habría que esperar lentamente a que el hambre
creciera con los meses y las culpas decayeran gracias
a la necesidad. En la mañana siguiente me deshice
de sus pertenencias y al medio día del lunes
la llamé para invitarla por primera vez a mi
casa.
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La
Sopa
Uno
de nuestros ritos es interrumpir el fornicio a eso
de las tres de la madrugada para bajar a tomar una
sopa o crema hirviente, de esas que satisfacen hasta
los recuerdos de la infancia. Mientras ella toma una
ducha caliente que remueva los sudores y otras viscosidades
(ella siempre está lavándose, es una
verdadera gata) yo asalto la cocina y preparo un caldillo
de mariscos con latas de supermercado y pizcas de
alquimia, esperando confiado a que ella ataque el
comedor y prepare la mesa con una sutileza y minuciosidad
silenciosa que siempre me sorprende. Sus hábitos
de "señorita bien" la obligan en
los detalles: servicio completo, servilletas, copas
finas, una botella de vino tinto a medio llenar, una
vela en la mitad exacta de la mesa, sillas ligeramente
separadas frente a frente y ese toque siempre distinto
y tan similar, ya sea un origami con un "te quiero"
en mi puesto, pétalos de rosas esparcidos como
"yods" hebreas, un pequeño vaso de
licor dulce; en fin, siempre algo que sabe a un "gracias,
te quiero, para qué te tomaste la molestia..."
Yo
correspondo sirviendo los platos con delicadeza, cuidando
de no salpicar con gotas los bordes, preocupándome
de que el halo interior sea lo más parecido
a un círculo perfecto. Nos sentamos en silencio,
contemplándonos con una sonrisa de cómplices,
de amigos que no somos, de ese afecto que huele a
antiguo aunque recién nos estamos conociendo.
Comemos sin más contacto que los ojos que vagan
de nuestros cuerpos a los platos como si la degustación
de esa sopa tibia fuera la de nosotros mismos. Bebemos
simultáneamente de nuestras copas como si ese
vino fuera nuestra saliva en un beso. Comemos de la
misma hogaza de pan por distintos extremos hasta tocarnos
por fin en el medio como si fuera una casualidad,
siempre cediendo yo el último trozo y ella
rechazándolo con desprecio.
Y
hasta allí llega todo. Dejamos la mesa tal
como generales dejan el campo de batalla, sin recoger
a los muertos, y subimos al dormitorio siempre en
silencio, quitándonos la ropa sin mirarnos,
de espaldas a cada lado de la cama. Entonces apagamos
la luz y nos acostamos rápidamente encontrándonos
en el medio, continuando el coito entre gritos y risas
ahogadas por las sábanas. Y así continuamos
hasta la sorpresa del amanecer, cuando un rayo de
sol entra por la ventana mientras ella escapa por
la puerta.
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El
Pago
Los
días transcurrieron lentos y dulces. Suspendimos
las llamadas telefónicas y las mutamos por
encuentros en los atardeceres de los días impares.
Hablábamos menos que antes, suspendimos las
preguntas en los diálogos y disfrutábamos
del encanto de la compañía. Una tarde
fuimos a ver el ocaso mientras el mar se estrellaba
contra las rocas. Ante la contemplación del
sol sonrosando las nubes del poniente y luego hundiéndose
lenta pero fatalmente, me sorprendí nuevamente
solo, ignorando su presencia. Tras el crepúsculo
creí percibir una neblina levantándose
en el horizonte.
-
Viene lluvia.
- No. Viene una tormenta.
La
contemplé asustado. Sus ojos brillaban amenazantes.
Me cogió la mano y me dijo:
-
Vamos a la Casa de Orates. Quiero ver unos amigos.
La
acompañé sorprendido ya que no esperaba
escuchar ese adjetivo en su boca. Nunca me había
hablado de nadie que pudiera aproximarse a esa palabra.
Al llegar me soltó la mano pero caminó
a mi lado como guiándome. De nuevo recorrí,
esta vez con ella, las habitaciones en penumbras llenas
de gente extraña pero ahora amable. Todos me
aceptaban alegres, pero nadie me miraba a los ojos.
Noté con asombro que para saludarse se besaban
en el cuello susurrando luego palabras al oído.
La
fiesta fue larga y variada. Cambiábamos de
habitación, actividad y trago sin darme tiempo
para acostumbrarme a ningún ambiente. Mientras
tanto, entre cada cambio, se nos unía alguien
nuevo que circulaba en mi entorno si era mujer o en
el de ella si era hombre. De pronto éramos
sólo los arrastrados y nosotros en el subterráneo
bailando en masa, con ella perdida tras su mar y el
mío. La música era fuerte, cadenciosa,
extraña a mis oídos. Sentía manos
palpando alternadamente mi cuerpo, y yo mecánicamente
devolvía los toques primero tímidamente,
pero luego con ganas, en cada parte que el destino
del baile desordenado ordenara. Toqué senos,
caderas, muslos, pelo. Acaricié mejillas, apreté
pezones, azoté traseros. Antes del amanecer
ellas se despidieron de mí con un beso en el
cuello y unas palabras oscuras en mi oído.
Ella ya no estaba y salí rápido, sin
buscarla, desesperado por aire limpio. Afuera llovía
torrencialmente. Al acomodarme la chaqueta me pasé
la mano por mi cuello y la retiré con una gota
de sangre. El ardor era ahora mucho más profundo.
Llegué
a mi casa agotado por algo más que la caminata
y húmedo por algo más que la lluvia.
Me acosté trabajosamente, y mientras el sopor
me arrastraba como bote sin remos, resonaban en mis
oídos los susurros por fin comprendidos: "orbis
est lupus, hominis et nobis". De pronto desperté
brevemente sobresaltado por un hambre inesperada,
anticipada unos meses por no se que oscuro motivo.
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El
Fin
Ella
aceptó mi invitación al sacrificio sin
la más mínima duda. No tuve que esperarla
mucho hasta verla atravesar mi puerta con su propia
llave. Le serví un café la hice escuchar
"Carmina Burana" mientras nos sentamos frente
a frente a contemplarnos. Luego permanecimos en silencio,
esperando reacciones. La miré en su actitud
de defensa y entendí que debía hacer
el primer ataque.
-
¿Por qué me hiciste eso si sabes que
te amo?
- Nada te ha pasado, ¿O sí? ¿De
qué te quejas?
- Tu sabes de qué me quejo. Yo jamás
te atacaría a ti.
- ¿Atacar como? ¿Como depredaste a tu
antecesor?
Tragué
saliva. Ahora por fin comprendí el significado
de esa palabra.
-
¿Así que no somos más que eso,
un antecesor y un predecesor?
- Yo más bien diría que eres un intermedio.
- ¿Y no temes que tú seas un "intermedio"
para mí?
- No lo harías. Yo sé que me amas.
Cerró
magistralmente la jugada. Ahora le tocó a ella.
-
Pero no me dejes, tú puedes depredar para mí.
- ¿Para terminar un día como mi antecesor?
- Él no era bueno. Me hacía sufrir.
- ¿Quién no te haría sufrir viviendo
una vida así?
Ahora
ella tragó saliva. Respondió el envite
con ganas.
-
A ti no te vi sufrir mucho...
- ¿Que te hizo buscar un predador como yo para
deshacerte de tu basura?
- Aunque no creas, te encontré de milagro...
- ¿No te avergüenza no poder deshacerte
tú misma de tus heces?
Me
miró desolada. Le avergonzaba más que
a mí su condición. La miré con
desprecio, había perdido el encanto, había
muerto la magia.
Subió
mansamente mi escalera. Nos acostamos callados, sin
mirarnos siquiera, tocándonos apenas, sin sacarnos
la ropa. Dormí a sobresaltos preocupado de
que su cabeza no se acercara a mi cuello, mientras
ella dormía plácidamente.
Desperté
esa mañana sin malestares, mientras ella aún
parecía luchar con sus sueños. Me bañé,
me vestí con mi mejor ropa, empaque mis cosas
y abandoné Valparaíso.
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La
Carta
No
te escribo por el gusto de hacerlo, sino por la entrañable
necesidad de vivir. A través de tantas palabras
es que vivo, ya que no me queda nada de la realidad
que alguna vez palpé, de esa puta realidad
que roncaba a mi lado sin dejarme dormir. ¿Triste,
verdad? Terriblemente triste cuando no somos más
que aire modelado y escupido. No puedo seguir así
mascullándole versos a la muerte a ver si así
despierto a la vida.
No
y no tantas veces repetido. El mismo juego que acaba
en la misma parte, de la misma forma, carnaval con
el mismo miércoles de ceniza. No, siempre no,
y a pesar de todo insistimos y nos machacamos los
nudillos golpeando las mismas puertas u otras similares.
Como en el cuento de Kafka nunca destrozamos nada
por nuestra educación social, por nuestros
modales que evitan problemas, meras mordazas que traban
la vida, nos esconden de todo, nos retrotraen al conocimiento
aprendido de tantas malas formas.
¿En
donde está tu magia? Pues está en que
no tienes ninguna, y es muy probable que nunca la
hayas tenido y que tu vida no sea más que la
sombra del árbol que te cobijó; y que
al ver esa sombra deambulando imaginé que era
el reflejo de una luz interna, algo constreñido
y velado como un gran secreto, ese secreto que busco
y necesito para existir. Pero lo cierto que toda esa
sombra se fue revelando a través de sus formas
y me fue indicando sus focos. Así fue fácil
descubrir el engaño, tu afán necrófilo,
tu gran recolección de cosas muertas, tu nada
tan profundo y tan visible a través de tus
eternos silencios.
Y
todo esto no sigue siendo más que palabras
huecas, destrozos de un campo de batalla, ecos de
una guerra. Algunas frases han conseguido algo de
lucidez, pero con la vida de los soldados agónicos
que más vale rematar para que no sigan sufriendo.
He
tragado un poco de la mierda que yo he mismo he producido
con el afán de que llene mi estómago
y aplaque el hambre, costumbre aprendida a los perros
flacos que pueblan las calles de tu puerto. He vencido
las fobias, he roto los tabúes, he hecho todo
cuanto he querido, he jugado hasta con la muerte.
Lo peligroso es que no me ha bastado con simplemente
hacerlo, sino que he teorizado sobre ello, sin darme
cuenta que a lo único que conduce el justificar
lo injustificable es a la locura.
No
se puede trasvasijar la oscuridad porque ésta
no existe, sólo existe la luz. Por eso es que
nunca pude coger tus silencios. Tu mundo está
poblado de vampiros de vida que me rechazan por no
ser igual a ellos y por no ser un poseedor de sangre.
Se relamen con las pocas gotas que logro juntar con
mucho esfuerzo, y luego me abandonan seco y sólo
hasta la siguiente ocasión, y sólo si
de nuevo están faltos de provisiones.
Yo
por mi parte soy un predador, no un vampiro. Cazo
para comer, y como para vivir. Lo malo de mi estilo
es que exige la muerte de las presas. Esto es algo
que nadie sabrá nunca, algo que no existe más
allá de mí y mis presas, algo que jamás
será descubierto porque no existe el cuerpo
del delito, porque a las víctimas no las reclama
nadie, porque todos esperaban de ellas precisamente
eso, la muerte.
No
acepto vuestro vampirismo porque no podría
arrojar tanta inmundicia a un mundo plagado ya de
vampiros diurnos y nocturnos. Ustedes no producen
más que basura mientras yo genero limpieza.
Lo malo es que tu dulce vida es mejor que la mía
porque no sufres la muerte de tus víctimas,
porque en rigor no matas.
Valparaíso
está muerto. Ya no es una ciudad, sino un gran
cementerio donde deambulan cuerpos sin alma, máscaras
y no rostros, espectros del pasado disfrazados con
ropas modernas. Y es que ya no vivo allí. Y
para ser verdadero, no viví nunca. Tuve un
gran sueño llamado Valparaíso y desperté
de la peor forma, ante la más cruda realidad,
con un gran chorro de agua helada sobre mi rostro.
He
escapado a tu naufragio, aunque el recuerdo de los
días esplendorosos me estaban empujando a morir
con él, creyéndome el capitán
del barco sin rumbo y adjudicándome la culpa
de esa falta de destino cuando nunca tuve el timón.
Nunca fui el capitán, sólo un marinero
con ínfulas de grandeza.
Pero
escapé al naufragio y me afano en nadar para
que la ola del hundimiento no me trague como a muchos.
Me afano en nadar tanto que me desespero, y mientras
tenga el naufragio a mi espalda no me importa qué
punto cardinal me precede; total aún cualquiera
es bueno. Más tarde, en la calma de la noche,
las estrellas me indicarán el camino.