Cuentos

 

 

Por Rodrigo Foz

 

Alguien Llama

Alguien llama. Contesto y simplemente cuelga. Luego de nuevo, y de nuevo, y de nuevo. Alguien me despierta en medio de la noche y simplemente cuelga. Me mantiene forzadamente en vigilia, desea mi vigilia, me roba el sueño.

No me queda más que agradecer su dedicación por mí. Su falta premeditada de sueño, su constante preocupación, su oculto amor. Quisiera desenmascararle para poder invitarle a mi lado, para compartir su presencia, para demostrarle que también me preocupa, que después de tantas largas noches de insomnio compartido admiro su constancia y aprecio su esfuerzo. Esa persona quizá no sepa que su existencia me ha salvado del suicidio, justo cuando estaba abatido por la conciencia de que a nadie le importaba, que nadie se percataría de mi muerte.

Y también está el hambre, el hambre que fuerza mi supervivencia, que me exige vivir a cada segundo, en cada paso. De nada me sirve aplacarla porque vuelve tarde o temprano negándome la extinción, obligándome a escoger entre la vida y la muerte.

Yo camino, camino mucho. Camino rápido, para que nadie se percate que camino solo. Todos me miran y creen que tengo prisa, que soy ocupado, que tengo importantes asuntos que atender. Yo sonrío a quienes me sonríen y a quienes me miran indignados cuando los paso a llevar o los obligo a apartarse con mi presencia. Les sonrío para que crean que soy feliz. Y si alguien me devuelve la mirada con un atisbo de comprensión, apuro más el paso para demostrarle que está equivocado. Que sólo tengo prisa. Es mi forma de disfrutar del paisaje, de la gente que atesta las calles, de los atardeceres de la ciudad, de las voces y rostros de mis congéneres.

Y al final del camino siempre está el mar. No el mar infinito y profundo, ni azul, ni agitado ni espumoso. Está el mar negro, encerrado entre los muelles, oscuro por la noche, calmo por el abrigo del puerto. Me apoyo en la baranda, me inclino suavemente y conversamos en murmullos, íntimamente. Y cuando la emoción me invita a tocarlo, a sentir su abrazo acogedor y dormirme con sus susurros, me aparto y despidiéndome con una reverencia, vuelvo a mi casa.

Allí me espera el insomnio, la llamada repetida, la vigilia compartida. El único lazo con la realidad de otro que ríe, llora y sangra como yo, que piensa y siente, para quien no se porqué misteriosa razón yo soy parte importante de su vida.

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El Encuentro

No descubrí nada nuevo hasta que un murmullo falsamente ronco me enseñó su sexo. Luego fueron palabras cortas sobre asuntos sencillos, hasta que finalmente se rasgaron los velos y su voz afloró suave, femenina, en preguntas sutiles y respuestas vagas. Las llamadas se hicieron un rito de días pares y noches impares, siempre en el cenit y el nadir, de perfectas tres horas cada una. Nada se decía con prisa, todas las frases estaban prologadas por un silencio y finalizaban abruptamente, en su clímax. Se hablaba de cosas simples, evitando los sustantivos propios y los tiempos precisos. Era un agazaparse sutilmente, en espera del salto predador, una espera infructuosa ya que nadie daba el primer zarpazo.

De pronto sabía mucho sin haberse dicho nada. Sabía que estábamos en el mismo puerto, que no nos habíamos visto nunca, que nos sentíamos solos, que ablandábamos los días a punta de supervivencia. Unos sonidos ambientales dieron otros datos: una calle populosa, un tren en marcha, unos niños jugando, una música triste y monótona me indicaron que era de los suburbios.
Una referencia a un infierno profundo en una calle me indicó que frecuentaba cierto barrio bohemio. Otra referencia al hábito de música de jazz acompañada con velas me terminó de aclarar un local nocturno. Finalmente el silencio de las noches de los viernes me entregó la fecha.

Así fue que escogí el primer viernes de luna llena para ir en solitario a escuchar Blues al barrio al que nunca se va solo, e ingresar al local intuido. Me acodé en la barra y esperé impaciente, apoyado frente al espejo que espiaba la puerta. Cuando estaba abatido por el alcohol, la espera y los Blues, entró la única solitaria de la noche, se detuvo brevemente en la puerta y se acercó cadenciosamente a la barra, justo a mi lado. Pidió un
Martini y mirándome por el espejo me dijo:

- ¿Por qué tardaste tanto?

La miré atónito y respondí:

- Eres demasiado hermosa....

Ella carcajeó como una niña y acabó el duelo diciendo:

- Guárdate esos comentarios para cuando me desvista.

Cogimos una mesa vacía y nos embriagamos tomados de las manos, hablando como siempre pero esta vez mirándonos a los ojos. El cierre del local coincidió mágicamente con el último estertor de la vela, y pagando nuestras respectivas cuentas nos deslizamos, abrazados y felices hacia un destino transado sin palabras.

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El Encargo

Las rutinas de hotel se repetían los viernes, separadas por días y noches de conversaciones distantes. Un miércoles al mediodía iniciamos una conversación distinta, en tonos menores, cadenciosos e insinuantes. Ella me propuso juntarnos en una vieja estación al crepúsculo. Yo acepté de inmediato.

Al llegar ya me esperaba, alegre pero ajena. Compartimos un café y unos cigarros mientras conversábamos más con nuestros cuerpos que con nuestras bocas. Cuando los altoparlantes anunciaron la partida del último tren ella sacó de su bolso dos boletos y los puso sobre la mesa. Los cogí con un ligero temblor y, abrazados, fuimos a abordar el tren.

En la noche las estaciones pasan todas iguales, las luces de la ciudad adornan la distancia entre los postes, su abrazo tibio calmaba mis escalofríos temblorosos.

- ¿Por qué tiemblas?
- Tengo frío.

Su sonrisa hizo arder mis mejillas. Llegamos a una estación larga y limpia, caminamos abrazados hasta la calle, subimos por un río de cemento y llegamos a su casa.

Adentro compartió conmigo los tesoros de su bar antes de enseñarme los secretos de su alcoba. Una cama enorme, dos veladores marcados, un equipo de música con parlantes envolventes. Escogí el lado de la cama que sabía que no era de ella. Apenas acababa de sacarme los zapatos cuando escuché la música y la vi reptar hacia mí, con una iniciativa y un brillo desconocido en los ojos.

No fue mucho más lo que pude hacer, todo lo hizo ella. Me desnudó suavemente, me mostró su cuerpo con la lentitud y la cadencia de la música, me tendió de espaldas y me montó como a un caballo de juguete. De pronto acercó sus labios a mi cuello y tras besarlo me dijo al oído:

-Relájate y disfrútalo. El no está. Hoy es miércoles.

Mis manos aflojaron los nudillos y se posaron en su cintura. Sentí el suave bombeo de sus besos y su sexo. Exploté mientras me ahogaba con su pelo en mi rostro.

Ella se incorporó mostrándome su cuerpo en los reflejos de plata de la luna tras la ventana. En sus ojos brillaron unas lágrimas de rabia y pena al contemplar un rostro retratado sobre mi velador. No lo entendí en ese instante, pero era el cuerpo de Salomé pidiendo la cabeza de Juan el Bautista.

No hablamos nada esa noche. Repetimos nuestra lucha húmeda muchas más veces de las que creí fuera posible. Con el alba tras los cerros y otro boleto en mi mano dejé su casa en silencio despidiéndonos con una mirada profunda.

Solo, en el tren, terminé de descubrir sus secretos, su fría cárcel, su soledad. Me distrajo un dolor en el cuello que aunque no era nuevo nunca antes había notado. Me acordé que tenía hambre y que llevaba mucho sin comer.

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Casa de Orates

Deslizó la invitación en el bolsillo de mi chaqueta junto al beso de despedida del viernes siguiente. Indicaba un sitio extraño, para una fiesta rara, justo ese sábado. Aunque no entendía su juego mi interés por ella había decaído al saber que no estaba sola y crecía en mí el hambre.

Aún así fui a eso de la medianoche y la busqué por los rincones de una casona enorme con habitaciones en penumbras y grupos de gentes construyendo mundos distintos en cada una. Me distrajo un grupo de mujeres en círculo cantando canciones extrañas, otro conjunto de cuerpos en penumbra dibujando sombras chinas con las manos en una pared, otra habitación totalmente oscura con numerosos murmullos y suspiros, y varios espectáculos que poblaban los espacios sin mezcla ni relación aparente.

Finalmente di con una habitación que daba a un subterráneo oscuro y bullicioso. Penetré por una puerta falsa abierta en el piso y después de dos vueltas di con un salón grande y bajo, donde un conjunto de cuerpos se contorneaba estertóreamente bajo el efecto de una música alienante. Allí había una barra para solitarios, y al acercarme la vi bailando en forma desenfrenada con un grupo de hombres.

Pedí un trago y me dediqué a mirarla, enfadado por la sorpresa. Escuché a mi lado una voz ebria haciéndose cómplice de mis contemplaciones.

- Es hermosa, pero no te ilusiones, ya tiene dueño.
- ¿La conoces?
- Vienen con frecuencia, el la deja ser mientras se esconde en algún rincón.
- ¿Y quién es él?
- Uno de esos que olvidas rápidamente. No se mezcla con nadie, y cuando se embriaga se lamenta de su soledad.
- ¿Y tú cómo lo sabes?
- Una vez me acerqué de curioso. ¡Soledad, oíste! Con ella al lado, ¿Quién se puede sentir solo?

Terminé mi trago mientras terminé de comprender su juego. La simpleza de sus intenciones contrastaba con sus misterios. Decidí aceptar su reto amparado en mis propios secretos. Mal que mal el juego era demasiado hermoso.

Lo ubiqué fácilmente, en una esquina oscura, de acuerdo a las indicaciones. Él la miraba extasiado y en ningún momento dejó de hacerlo. Lo abordé con sutileza, gané su confianza, averigüé su vida y verifiqué las sospechas. Cuando ya todo estaba claro ella nos interrumpió y, sin mirarme, lo tomó de la mano y se lo llevó por otra escalera que daba a un patio. Los seguí un trecho para verificar los detalles. A la salida él la arrojó contra una pared y se abalanzó sobre ella en un beso violento. Ella no opuso mucha resistencia, aunque no se la veía bien. Al sobrepasarlos escuché la confirmación que esperaba.

- Tú sabes que no me gusta esto.
- Tú harás lo que yo digo, puta.

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La Entrega

Lo abordé con simpleza una tarde en un bar del centro. Como era de suponer, estaba sólo, y conversamos amenamente de variados asuntos, hasta dar con su debilidad, los libros de Joyce, presentida al repasar su biblioteca. Pasados varios tragos le deslicé que tenía un ejemplar bilingüe del Ulises, y que mi casa estaba cerca. Ofrecí vendérselo en un precio irrisorio, como suelen hacer los borrachos. No pudo resistir la tentación y me acompañó sin muchos rodeos. En el camino lo distraje para que no sintiera el viaje. Hablamos de escritores malditos, de la generación perdida, de la muerte y el vampirismo. Algo en sus palabras demostraba un temor, pero no relacionado a mí. La presa se entregaba confiada.

En mi casa, después de sentarlo en el sofá alto y servirle su última copa, fui a mi dormitorio por el ejemplar prometido. Lo abrió ceremoniosamente mientras yo me ponía a su espalda para contemplar el párrafo escogido por sublime. Sin más vueltas, abrí mi boca empapada en saliva y le clavé mis colmillos azulosos de veneno. No alcanzó a nada. Se desvaneció instantáneamente.

El hambre arreciaba con dulzura. No era mi costumbre comer hombres, pero el odio y la necesidad me hicieron olvidar totalmente los prejuicios. Lo desnudé sobre la alfombra y comencé a tragarlo lentamente por los pies. Lo trituraba con cuidado, lentamente, como una venganza. Al amanecer acabé con sus manos y me acomodé a digerirlo.

Soñé con la luna y sus cambios cíclicos. Con su luz tenue y su sombra difusa. Con el correr de los sueños tras su eclíptica. Con una ciudad de espíritus en su lado oculto, habitada por patricios y plebeyos que mutan sus roles de acuerdo a si reciben el sol o el firmamento, ajenos e ignorantes a la sombra de nuestro planeta. Un lugar donde nadie muere porque nadie vive, donde no hay sexos sino estados, donde todo movimiento es un péndulo deseando detenerse en ese centro prohibido por su inercia. Donde no hay eclipses que perturben el perfecto paso de las horas. Me dejé acunar por la perfección de carecer de deseos y necesidades y me fui sumergiendo lentamente en la nada.

Al tercer día desperté de noche, fui al jardín y cavé un agujero detrás de los rosales rojos. Saqué de la casa un retoño de rosal blanco, y abonando el agujero con mis heces, lo planté con cuidado. Miré la luna creciente, agradecido y satisfecho. Observé los rosales y lloré desconsoladamente. Ya no tenía hambre, pero la culpa se juntaba a las otras y se fundían en mi alma como las lágrimas. Habría que esperar lentamente a que el hambre creciera con los meses y las culpas decayeran gracias a la necesidad. En la mañana siguiente me deshice de sus pertenencias y al medio día del lunes la llamé para invitarla por primera vez a mi casa.

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La Sopa

Uno de nuestros ritos es interrumpir el fornicio a eso de las tres de la madrugada para bajar a tomar una sopa o crema hirviente, de esas que satisfacen hasta los recuerdos de la infancia. Mientras ella toma una ducha caliente que remueva los sudores y otras viscosidades (ella siempre está lavándose, es una verdadera gata) yo asalto la cocina y preparo un caldillo de mariscos con latas de supermercado y pizcas de alquimia, esperando confiado a que ella ataque el comedor y prepare la mesa con una sutileza y minuciosidad silenciosa que siempre me sorprende. Sus hábitos de "señorita bien" la obligan en los detalles: servicio completo, servilletas, copas finas, una botella de vino tinto a medio llenar, una vela en la mitad exacta de la mesa, sillas ligeramente separadas frente a frente y ese toque siempre distinto y tan similar, ya sea un origami con un "te quiero" en mi puesto, pétalos de rosas esparcidos como "yods" hebreas, un pequeño vaso de licor dulce; en fin, siempre algo que sabe a un "gracias, te quiero, para qué te tomaste la molestia..."

Yo correspondo sirviendo los platos con delicadeza, cuidando de no salpicar con gotas los bordes, preocupándome de que el halo interior sea lo más parecido a un círculo perfecto. Nos sentamos en silencio, contemplándonos con una sonrisa de cómplices, de amigos que no somos, de ese afecto que huele a antiguo aunque recién nos estamos conociendo. Comemos sin más contacto que los ojos que vagan de nuestros cuerpos a los platos como si la degustación de esa sopa tibia fuera la de nosotros mismos. Bebemos simultáneamente de nuestras copas como si ese vino fuera nuestra saliva en un beso. Comemos de la misma hogaza de pan por distintos extremos hasta tocarnos por fin en el medio como si fuera una casualidad, siempre cediendo yo el último trozo y ella rechazándolo con desprecio.

Y hasta allí llega todo. Dejamos la mesa tal como generales dejan el campo de batalla, sin recoger a los muertos, y subimos al dormitorio siempre en silencio, quitándonos la ropa sin mirarnos, de espaldas a cada lado de la cama. Entonces apagamos la luz y nos acostamos rápidamente encontrándonos en el medio, continuando el coito entre gritos y risas ahogadas por las sábanas. Y así continuamos hasta la sorpresa del amanecer, cuando un rayo de sol entra por la ventana mientras ella escapa por la puerta.

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El Pago

Los días transcurrieron lentos y dulces. Suspendimos las llamadas telefónicas y las mutamos por encuentros en los atardeceres de los días impares. Hablábamos menos que antes, suspendimos las preguntas en los diálogos y disfrutábamos del encanto de la compañía. Una tarde fuimos a ver el ocaso mientras el mar se estrellaba contra las rocas. Ante la contemplación del sol sonrosando las nubes del poniente y luego hundiéndose lenta pero fatalmente, me sorprendí nuevamente solo, ignorando su presencia. Tras el crepúsculo creí percibir una neblina levantándose en el horizonte.

- Viene lluvia.
- No. Viene una tormenta.

La contemplé asustado. Sus ojos brillaban amenazantes. Me cogió la mano y me dijo:

- Vamos a la Casa de Orates. Quiero ver unos amigos.

La acompañé sorprendido ya que no esperaba escuchar ese adjetivo en su boca. Nunca me había hablado de nadie que pudiera aproximarse a esa palabra. Al llegar me soltó la mano pero caminó a mi lado como guiándome. De nuevo recorrí, esta vez con ella, las habitaciones en penumbras llenas de gente extraña pero ahora amable. Todos me aceptaban alegres, pero nadie me miraba a los ojos. Noté con asombro que para saludarse se besaban en el cuello susurrando luego palabras al oído.

La fiesta fue larga y variada. Cambiábamos de habitación, actividad y trago sin darme tiempo para acostumbrarme a ningún ambiente. Mientras tanto, entre cada cambio, se nos unía alguien nuevo que circulaba en mi entorno si era mujer o en el de ella si era hombre. De pronto éramos sólo los arrastrados y nosotros en el subterráneo bailando en masa, con ella perdida tras su mar y el mío. La música era fuerte, cadenciosa, extraña a mis oídos. Sentía manos palpando alternadamente mi cuerpo, y yo mecánicamente devolvía los toques primero tímidamente, pero luego con ganas, en cada parte que el destino del baile desordenado ordenara. Toqué senos, caderas, muslos, pelo. Acaricié mejillas, apreté pezones, azoté traseros. Antes del amanecer ellas se despidieron de mí con un beso en el cuello y unas palabras oscuras en mi oído. Ella ya no estaba y salí rápido, sin buscarla, desesperado por aire limpio. Afuera llovía torrencialmente. Al acomodarme la chaqueta me pasé la mano por mi cuello y la retiré con una gota de sangre. El ardor era ahora mucho más profundo.

Llegué a mi casa agotado por algo más que la caminata y húmedo por algo más que la lluvia. Me acosté trabajosamente, y mientras el sopor me arrastraba como bote sin remos, resonaban en mis oídos los susurros por fin comprendidos: "orbis est lupus, hominis et nobis". De pronto desperté brevemente sobresaltado por un hambre inesperada, anticipada unos meses por no se que oscuro motivo.

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El Fin

Ella aceptó mi invitación al sacrificio sin la más mínima duda. No tuve que esperarla mucho hasta verla atravesar mi puerta con su propia llave. Le serví un café la hice escuchar "Carmina Burana" mientras nos sentamos frente a frente a contemplarnos. Luego permanecimos en silencio, esperando reacciones. La miré en su actitud de defensa y entendí que debía hacer el primer ataque.

- ¿Por qué me hiciste eso si sabes que te amo?
- Nada te ha pasado, ¿O sí? ¿De qué te quejas?
- Tu sabes de qué me quejo. Yo jamás te atacaría a ti.
- ¿Atacar como? ¿Como depredaste a tu antecesor?

Tragué saliva. Ahora por fin comprendí el significado de esa palabra.

- ¿Así que no somos más que eso, un antecesor y un predecesor?
- Yo más bien diría que eres un intermedio.
- ¿Y no temes que tú seas un "intermedio" para mí?
- No lo harías. Yo sé que me amas.

Cerró magistralmente la jugada. Ahora le tocó a ella.

- Pero no me dejes, tú puedes depredar para mí.
- ¿Para terminar un día como mi antecesor?
- Él no era bueno. Me hacía sufrir.
- ¿Quién no te haría sufrir viviendo una vida así?

Ahora ella tragó saliva. Respondió el envite con ganas.

- A ti no te vi sufrir mucho...
- ¿Que te hizo buscar un predador como yo para deshacerte de tu basura?
- Aunque no creas, te encontré de milagro...
- ¿No te avergüenza no poder deshacerte tú misma de tus heces?

Me miró desolada. Le avergonzaba más que a mí su condición. La miré con desprecio, había perdido el encanto, había muerto la magia.

Subió mansamente mi escalera. Nos acostamos callados, sin mirarnos siquiera, tocándonos apenas, sin sacarnos la ropa. Dormí a sobresaltos preocupado de que su cabeza no se acercara a mi cuello, mientras ella dormía plácidamente.

Desperté esa mañana sin malestares, mientras ella aún parecía luchar con sus sueños. Me bañé, me vestí con mi mejor ropa, empaque mis cosas y abandoné Valparaíso.

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La Carta

No te escribo por el gusto de hacerlo, sino por la entrañable necesidad de vivir. A través de tantas palabras es que vivo, ya que no me queda nada de la realidad que alguna vez palpé, de esa puta realidad que roncaba a mi lado sin dejarme dormir. ¿Triste, verdad? Terriblemente triste cuando no somos más que aire modelado y escupido. No puedo seguir así mascullándole versos a la muerte a ver si así despierto a la vida.

No y no tantas veces repetido. El mismo juego que acaba en la misma parte, de la misma forma, carnaval con el mismo miércoles de ceniza. No, siempre no, y a pesar de todo insistimos y nos machacamos los nudillos golpeando las mismas puertas u otras similares. Como en el cuento de Kafka nunca destrozamos nada por nuestra educación social, por nuestros modales que evitan problemas, meras mordazas que traban la vida, nos esconden de todo, nos retrotraen al conocimiento aprendido de tantas malas formas.

¿En donde está tu magia? Pues está en que no tienes ninguna, y es muy probable que nunca la hayas tenido y que tu vida no sea más que la sombra del árbol que te cobijó; y que al ver esa sombra deambulando imaginé que era el reflejo de una luz interna, algo constreñido y velado como un gran secreto, ese secreto que busco y necesito para existir. Pero lo cierto que toda esa sombra se fue revelando a través de sus formas y me fue indicando sus focos. Así fue fácil descubrir el engaño, tu afán necrófilo, tu gran recolección de cosas muertas, tu nada tan profundo y tan visible a través de tus eternos silencios.

Y todo esto no sigue siendo más que palabras huecas, destrozos de un campo de batalla, ecos de una guerra. Algunas frases han conseguido algo de lucidez, pero con la vida de los soldados agónicos que más vale rematar para que no sigan sufriendo.

He tragado un poco de la mierda que yo he mismo he producido con el afán de que llene mi estómago y aplaque el hambre, costumbre aprendida a los perros flacos que pueblan las calles de tu puerto. He vencido las fobias, he roto los tabúes, he hecho todo cuanto he querido, he jugado hasta con la muerte. Lo peligroso es que no me ha bastado con simplemente hacerlo, sino que he teorizado sobre ello, sin darme cuenta que a lo único que conduce el justificar lo injustificable es a la locura.

No se puede trasvasijar la oscuridad porque ésta no existe, sólo existe la luz. Por eso es que nunca pude coger tus silencios. Tu mundo está poblado de vampiros de vida que me rechazan por no ser igual a ellos y por no ser un poseedor de sangre. Se relamen con las pocas gotas que logro juntar con mucho esfuerzo, y luego me abandonan seco y sólo hasta la siguiente ocasión, y sólo si de nuevo están faltos de provisiones.

Yo por mi parte soy un predador, no un vampiro. Cazo para comer, y como para vivir. Lo malo de mi estilo es que exige la muerte de las presas. Esto es algo que nadie sabrá nunca, algo que no existe más allá de mí y mis presas, algo que jamás será descubierto porque no existe el cuerpo del delito, porque a las víctimas no las reclama nadie, porque todos esperaban de ellas precisamente eso, la muerte.

No acepto vuestro vampirismo porque no podría arrojar tanta inmundicia a un mundo plagado ya de vampiros diurnos y nocturnos. Ustedes no producen más que basura mientras yo genero limpieza. Lo malo es que tu dulce vida es mejor que la mía porque no sufres la muerte de tus víctimas, porque en rigor no matas.

Valparaíso está muerto. Ya no es una ciudad, sino un gran cementerio donde deambulan cuerpos sin alma, máscaras y no rostros, espectros del pasado disfrazados con ropas modernas. Y es que ya no vivo allí. Y para ser verdadero, no viví nunca. Tuve un gran sueño llamado Valparaíso y desperté de la peor forma, ante la más cruda realidad, con un gran chorro de agua helada sobre mi rostro.

He escapado a tu naufragio, aunque el recuerdo de los días esplendorosos me estaban empujando a morir con él, creyéndome el capitán del barco sin rumbo y adjudicándome la culpa de esa falta de destino cuando nunca tuve el timón. Nunca fui el capitán, sólo un marinero con ínfulas de grandeza.

Pero escapé al naufragio y me afano en nadar para que la ola del hundimiento no me trague como a muchos. Me afano en nadar tanto que me desespero, y mientras tenga el naufragio a mi espalda no me importa qué punto cardinal me precede; total aún cualquiera es bueno. Más tarde, en la calma de la noche, las estrellas me indicarán el camino.