La Planta

 

Por Manuel Cancino


Era la madrugada de San Juan y la lluvia había azotado toda la noche la inmensa estructura, casi lavándola. Al cobijo del galpón, el turno de la noche se movía como laboriosas hormigas entre laberintos de tubos y cañerías, una gotera o un resuello de vapor flojo adornaban la noche. Jaime tiraba un carrito pequeño donde llevaba herramientas, algo de huaipe y botellas con combustible que le servían para limpieza, era el más joven del grupo que cubría ese turno, por años lo habían hecho y esto era pan comido, cuanto antes terminaran, mejor - así podían pegar un tutito – sonrió con los labios chuecos para no dejar caer el cigarro.

El pasillo A1 lo cubría Mermedo y ya casi concluía la faena con su sello de perfección y puntualidad; el B1 estaba a cargo del Patas de lana; sus alegres silbidos reverberaban en todos los rincones de la estructura. El mono Moisés pasaba rabia con unas mangueras en el C1, porque después de lanzar un rosario de garabatos se dirigió donde Mermedo, que era jefe de división y lo sabía todo. Jaime recorría su zona de trabajo dando los últimos retoques, reemplazando empaquetaduras, revisando empalmes y removiendo residuos de las boquillas; en la primera etapa se revisaron llaves de paso, válvulas generales y sus respectivos relojes de presión. Las horas parecían enredarse entre los húmedos guantes, a los oídos de Jaime vino esa canción que hablaba del agua escapando entre los dedos y recordó el asado que harían en la noche con sus amigos. Alejó el sueño y el frío pensando en los beneficios del turno de mantención nocturno: lo pagaban doble, venía con bonificación para fin de mes y el siguiente día era libre. El cabezón Marco, en el pasillo contiguo, al parecer pensaba en lo mismo y canturreaba feliz la cumbia que sonaba en su radio portátil.

El viento aullaba entre las planchas de zinc del gran galpón, bajo este, los hombres ya concluían las actividades y salían desde los pasillos, que desembocaban en el patio central, tapizado aquí y allá de pequeños charcos da agua que reflejaban las bandejas luminarias. Unos a otros se llamaban por sus sobrenombres, bromeando por la demora de los que aún no terminaban.

- ¡Y pues Jaimito, apure la causa!, ¿o se le fue en collera compadrito?– grito Moisés.
- A mi no me queda poncho ná, monito.
- ¡Apaga ese cigarro mierda!, ¿o querí que salgamos todos volando por el aire?.
- ¡No pasa ná oh!. Apuesto a que querí puro pedirme uno.
- Allá en la garita me dai uno. El viejo Vilches nos debe estar esperando con el tonto cafecito, ¡apúrese compadre!.

Se dirigió al otro extremo del galpón; junto a la entrada, había una pequeña oficina, en ella se encontraba la consola de controles de esta ala de la planta. Por años había sido la morada del Viejo Vilches; con el tiempo el frío se le había ido metiendo en los huesos, como él decía, y de cuando en vez le dolía el espinazo. Esto explicaba que el cuarto estuviese alhajado a su añosa manera. Improvisada en un rincón, la salamandra hacía hervir lentamente la tiznada tetera, bancas de madera con tapiz de cartón completaban el conjunto, que a esas horas significaban una grata tentación. El irregular titilar de lucecillas rojas y verdes de los controles, y los destellos que escapaban entre la desvencijada armadura de la estufa, eran los únicos y someros focos con que se valía Vilches para iluminar su segunda casa; evitando encender luces y procurar así un entorno acogedor a la cuadrilla de obreros. Sabía que después de una ardua jornada bajo el duro haz de los halógenos, la cálida opacidad se sentía como un paño húmedo sobre los párpados. Mermedo sentado, reposaba con la cabeza echada para atrás, a sus pies el casco con los guantes en su interior. Vaporosos jarros esperaban que el grupo terminara sus faenas, Moisés se sentó intercambiando comentarios con Mermedo, se escuchaba el silbido del patas de lana acercándose. La cabeza de Jaime asomo por una pequeña ventana.

- ¿Y el cabezón?.
- Me pidió unas herramientas, seguramente le faltó asegurar las boquillas de empalme – respondió Mermedo desde la penumbra -.

Jaime pensó en echarle una mano a su amigo, con la idea de terminar antes del alba. Entregar el turno sin novedad y todos los objetivos logrados era la forma en que ellos trabajaban, no le gustaban los comentarios a sus espaldas. Recorrió el patio mirando cómo las mecánicas arterias se tejían hasta el final, allá veía al cabezón afanando en el extremo abierto de un gran cañón, a sus pies pequeñas piezas metálicas esperaban ser ensambladas como pequeños escarabajos esperando copular. La imagen de fierros engrasados y tiznados le recordó la parrilla del asado, apuró el paso.

- ¡Ya po caezón, que le poní color pá apretar dos tornillos! – Marco lo miró con el rostro tenso entre los mecanismos -.
- Por qué no se queda calladito el hueoncito y me pasa la inglesa con un poco de huaipe.
- ¿Qué pasa compadre, la pieza está dura?.
- Siempre me toca esta cagá de llave y de aquí no veo bien el hilo, prefiero demorarme un poco y no echarme la pieza – Marco manipulaba una gran pieza, intentando colocarla en su lugar. El peso y su incómoda posición dificultaban la tarea -.
- Tú sujétala y yo la atornillo por acá – Jaime rodeó la maraña de tubos y buscó una zona despejada por donde introducir los brazos, sincronizaron los esfuerzos, un, dos, tres... nada -.
- Siempre tengo atao con esta pieza ´e mierda, pa´ mi que anda el coluo por aquí – Marco tiró su casco -.
- Ni el coluo, ni nadie van hacer atrasarme – Jaime pateó levemente la pieza -.
- Pa´ mi que tiene exceso de lubricante, quizás le eché mucho, voy a limpiarla y la ponemos – retiró trabajosamente la pieza, la apoyó sobre sus muslos y la restregó vigorosamente con un paño y líquido abrasivo.
- Ya po caezón, pónele güeno pa´ que nos vamos a pegar un tuto y estar como lechuga pa´ la noche, ¿ vai a ir supongo? – Los hombros de su compañero se movían enérgicos, concentrando en su labor. Al no obtener respuesta sacó su cajetilla y comenzó a dar vueltas por el lugar -.
- Apaga eso mierda, ¿o querí entregarle el turno a San Pedro?.
- ¡Que soy coloriento caezón!, ¡puedo apagar el cigarro en estos líquidos y vó bien sabí que no va a pasar ná!.
- Uno nunca sabe, las armas las carga el diablo y la disparan los hueones... acuérdate que el viejo Vilches dice que en estas noches de lluvia se pasea el coluo, y uno nunca sabe donde mete la cola.
- No estoy ni ahí con ese gil, ¡ya, apuremos la cosa compadrito! – guardó la cajetilla de malas ganas y se acercó a Marco -.
- Ahora le va a entrar hasta atrás Nicolás – la transpiración mojaba su labio superior mientras forcejeaba con la pieza, acomodándola para el ensamble final -.
- ¡Cresta!... ¡ahí sí! – Jaime se desplomó resoplando -.
- ¡Ahí siiiii po Jaimito!, ya compadre, juntemos las herramientas y nos vamos.

Se cercioraron que el equipo estuviese completo, lo cargaron en un carro y empujaron hasta el otro lado, donde estaba el resto.

Sus manos rodeaban los humeantes jarros intentando atrapar el calor que emanaban; calentaban pan y animaban la conversación con los pormenores de la jornada, algunos habían depositado sus guantes en una orilla de la estufa para secarlos, el vapor formaba un suave velo.

- Tanto que te demoraste Marco, ¿qué te había pasado?.
- Sabi Mermedo, siempre me ha costado instalar esa pieza.
- Parece que el cola de flecha te tenía urgío.
- A lo único que le tengo miedo Jaime, es no tener pá darle de comer a mis hijos.
- Parece que no tenemos novedad - Mermedo repasó lentamente los silenciosos rostros - entonces estamos listos, ¿Vilches, porque no te pegai una revisadita?.

Vilches dejó de lado la conversación para revisar los controles. Como un curtido doctor que reconoce las dolencias de sus pacientes a través de la mirada, exploró cada uno de los luminosos ojillos que devolvían un destello.
Bromeaban intercambiándose consejos, preguntaban por el pago, Mermedo respondía la mayoría de las preguntas. Repetidas veces Jaime se refirió con desdén acerca de los comentarios de Marco sobre la creencia que ese día era normal que el mismísimo Satanás rondara las instalaciones, aguijoneando las faenas con su cola. Vilches lo escuchaba desde su asiento.

- No es güeno agarrar pa´ la chacota al coluo, Jaimito.
- Si no es que lo agarre pa la chacota, don Orlando, me causa un poco de risa pensar que la gente crea en eso.
- Pa´ mi la cosa es bien simple, todas las noches converso con la Virgencita... ella me da pega, me cuida y me acompaña – El Patas de lana extrajo una ajada imagen de la Virgen, la besó y volvió a guardar -.
- ¿Y que hací vó pá que la Virgen te trate tan bien? – Marco asomó la cabeza desde el otro lado -.
- Aunque no me creai caezón, trato de caminar por esta vida con mi frente bien en alto compadre, ser bueno en el trabajo y con mis compañeros.
- ¡Puta que hablai bonito patas de lana, si tuviera un combinao me lo tomaría al seco! – Moisés levantó su taza y dió un gran sorbo -.
- Cálmate mono, deja las ganas pal asao.
- ¿Donde va a ser la cosa Jaime? – Mermedo pareció interesarse -.
- En la casa de mi polola, jefe, ¿por qué no se da una vueltecita?.
- Tengo a la vieja medio enferma, dependiendo cómo se sienta nos aparecemos por allá.
- Parece que va a estar bueno el malón.
- ¡Claro que va a estar bueno, si lo organiza este pechito!, ¿por qué no va don Orlando? – Jaime se golpeó el pecho -.
- Ya po viejo ´e mierda, anímate, si vai tú, yo voy con la Adela – Mermedo sabía que era inútil insistir, sólo quería ver reír al viejo -.
- Ja, ja, ja, guena cosa, me tendrían que venir a dejar en ambulancia, ya no estoy pa´ esos trotes.
- ¡Sh!, ¿no querí una enfermera privada mejor? – El patas de lana le cerró el ojo y todos rieron -.
- ¿Que le va a pasar a usted ñor?, ¡si tiene cuerda pa´ rato todavía! - Moisés hizo exagerados movimientos-.
- Pa´ mi que tanto que habla del coluo, de allá abajo lo cuidan – Jaime simuló una cornamenta con los dedos índices sobre su cabeza -.
- Este viejo es más diablo que´l diablo – la frase de Mermedo aumentó y remató el festejo, las risas llenaron el lugar. Vilches los miraba sonriendo, sabía que lo querían hacer sentir bien, a estas horas no venía mal un poco de humor antes de pegar los párpados -.
- Yo ya tuve lo mío, esas si que eran fiestocas. Hasta mi agüelo me contaba los malones que se armaban en Caleta Galápago – pueblo costero a un kilómetro hacia el sur, ahora Punta Galápagos -, por esos tiempos eran unas pocas casas cercanas a la caleta no más, toda la gente se organizaba pa´ esperar San Juan. El día anterior era de descanso, los hombres se echaban a la mar no muy temprano, las mujeres los esperaban en la playa y hacían un tremendo almuerzo con lo que traían. Estaban todo el día poniéndole entre pera y bigote hasta las once, de ahí partían todos pá la capilla y le hacían una misa al santito esperando las doce. Después, en una procesión que encabezaba el cura, iban todos a la playa a despedir un bote lleno de regalos y ofrendas, le prendían fuego pa´ alejar los espíritus de mal agüero y lo echaban mar adentro en gratitud a San Juan. Y de ahí, ¡pa´ qué les cuento!, a chupar, comer y bailar el resto de la madrugada... ¡puta que lindo! - Orlando Vilches miraba al pasado con la cara iluminada por las luces de los controles, respiro flojo y profundo, se escuchaba el crepitar de la madera en la estufa -.
- Tienen que haberla pasado rebién – Moisés articuló la oración con respeto -.
- Yo era chico, y con mis hermanos nos echaban tempranito a la cama.
- Me imagino el carrete que se armaba en la madrugada, qué lindas eran esas costumbres – los ojos de Jaime destellaban -.
- ¡Pero los hombres somos muy re lesos po cabro, y todo lo echamos a perder!. El agüelo decía que con el tiempo la gente se olvida de la ayudita de arriba y se pone tontona. El pueblo siguió celebrando la víspera de San Juan, pero estaban más preocupados del vinacho que de la misma ceremonia, la gente se olvidó de tirar las papas debajo de la cama, de llenar el bote con buenas ofrendas, cada vez eran más mezquinas la cargas de la embarcación. Dicen que un buen día de San Juan, se curó hasta el curita y las ofrendas del bote fueron más pobres que nunca, ni fuego le prendieron. La leyenda cuenta que el diablo rondaba el lugar con ganas de participar, a ver si se llevaba a alguno de las mechas, como iba camino a la Caleta, vio el bote en el agua con algo adentro, con la misma cola hizo un lazo y lo enganchó de la punta, como la mar estaba un poco brava, tuvo que apoyar la pata en una roca pá atracarlo a la orilla, como ese es cahuinero y pedigüeño, quedó de lo más contento con las pocas cosas que se encontró. A San Juan no le pareció naita e bien esto y se olvido de la gente de la Caleta pa´ siempre. La leyenda cuenta que dejó la pata marcá en la roca que se apoyó pa acordarse del lugar y por eso este armatoste de fierros se llama así, La Planta. Al mandinga le quedo gustando el regalito y desde ese día viene todas las madrugadas de San Juan a darse una vuelta pa ver si hay algo. - el cansancio en la cara de sus compañeros apenas escondía la mezcla de admiración y duda, Vilches miraba las lucecillas imaginando el pueblo de noche a la distancia, de pronto una de ellas comenzó a chispear en rojo -.

- Ya muñecos, no los aburro más con cuentos de vieja, porque parece que algo quedó mal en las tuberías exteriores del E1, hay que ir a ver que pasa -.
- Yo voy – Jaime se levanto de un golpe como para espantar la modorra -.
- Jaimico, te acompaño – Moisés tomo su casco -.

Abandonaron el acogedor refugio y se dirigieron hacia el final del recinto, a mitad de camino vieron otro obrero cerca de un gabinete de controles, era alto y su casco le hacía sombra por lo que no pudieron distinguir su cara, en el brazo de su chaqueta lucía letras que no les resultaron familiares. Jaime le pregunto a su compañero quien era ese, Moisés se encogió de hombros con una mueca en los labios. Pasaron junto a él y a sus espaldas le pidió la cola del cigarro a Jaime, éste giro para mirarlo y chistó diciéndole que las colas eran malas, siguió su camino sin reparo. Llegaron junto a la estructura que arrojaba error, revisaron por aquí y por allá... nada. Moisés le recordó que Vilches se había referido a las instalaciones exteriores, después de cerciorarse que todo andaba aparentemente bien, siguieron con la vista el dudoso tubo que salía al exterior a través de un preciso orificio en la estructura metálica, salieron por una pequeña puerta de emergencia del mismo material y comenzaron a manipular llaves y válvulas.

Desde el lado opuesto del galpón, sus compañeros alcanzaban a ver por la puerta que dejaran abierta, cómo la lluvia arreciaba en forme de irregulares cortinas. Mermedo salió a metros del cuarto para obtener una mejor visión a la distancia y decidió ir a echarles una mano. No alcanzó a recorrer la mitad de la distancia que los separaba cuando vio un gran destello que ilumino desde fuera de la puerta en forma de una gran esfera ígnea, sus años de experiencia reconocieron la combustión de líquidos. Volteó hacia la garita con los brazos en alto comunicándole a los del interior la emergencia, corrió con todo lo que daban sus piernas. Al llegar divisó el cuerpo de Moisés a unos seis metros de él, a pocos centímetros de la orilla donde terminaba el paño de concreto que sostenía la estructura, un poco más allá, éste caía en ángulo recto al furioso oleaje. A los pocos segundos los otros se agolpaban en la pequeña puerta. Atónitos, rodearon el lugar donde permanecía el uniforme de Jaime chamuscado, Vilches se acercó a ellos con cansados pasos, el ambiente olía a azufre.

- ¡Por la cresta!, ¿quien irá a ser el próximo?.