Punta Galápagos

 

Por Manuel Cancino


 

Mientras el bus mantenía el motor andando, Mafalda paseaba la mirada por la basura que adornaba el terminal; esa era la ley que regía a las tribus urbanas, desechar lo que ya no les sirve, la ley de la selva, de esta selva de cemento; recordó amargamente su reciente ruptura con Gustavo, era la guinda que adornaba el fin de un año bastante gris, que tuvo que congelar a la mitad para trabajar. El ronroneo del motor cesó y dio lugar a una marcha prolongada, la máquina se movía rumbo a la costa. Allá la esperaban Paola y Andrea en casa de tía Carmen. Atrás quedaban laberintos de murallas con afiches y algunos problemas en la papelera de reciclaje; a vuelta de vacaciones quizás rescataba alguno para solucionarlo.

Hasta la mitad del viaje leyó y escuchó walkman, la pantalla de su celular se ilumino.

- Aló, Mamá.
- Fea me dejaste solita, ¿qué voy a hacer ahora sin mi guagua?.
- ¡Para el año nuevo tu y mi Papá se fueron a Valparaíso y yo ni alegué!.
- Ah bueno, porque usted lo quiso po´ mijita, su tía la invitó también, acuérdese que se quedó con su pololito y me imagino que la pasaron lo más bi...
- Ya esta bien, esta bien, no hablemos de eso porfa,... ¿pa que me llamaste?.
- Pa´ saber de ti po´.
- ¡Mamá salí hace dos horas de la casa!, no gastes minutos, guárdalos para cuando los necesites.
- ¡Para esto son, para usarlos, no!, ¿en qué otro momento quieres que los use?, ¿en una emergencia?, ¿en un accidente?... ¡tienes que cuidarte cabrita, eres lo único que tengo!
- Mamá... Mamá... ¡Mamá! – alzo la voz llamando la atención de los ocupantes del asiento contiguo, les devolvió una sonrisa – disculpa, no quise decir eso, es que no me gusta que gastes tus minutitos.
- Bueno ya, te voy a hacer caso, mira que la Loly me va a presentar un grupo de amigas y necesito estar super on lain este verano como dicen los lolos, chao un besote.
- Chao, te quiero.
- Oye.
- Qué.
- No queremos sorpresitas, tu Papá te manda un beso.

Cortó y se arrebujó en la butaca, miró hacia la costa y vio las típicas nubes de mediados de febrero, los vidrios estaban helados. Dentro, el aire acondicionado y la comodidad del asiento eran los seductores promotores de una siesta.

El murmullo de los pasajeros bajando de la máquina la despertó, a través de la ventana veía un gran lienzo en la fachada del terminal, se leía: Bienvenidos al 32 ° Aniversario de Punta Galápagos. Adornado con tortugas mal dibujadas, informaba al visitante que habría batucadas, el mariscal más grande, el completo más largo, se anunciaba un pisco sour de 1.000 litros y un sinfín de actividades enmarcadas en un gran carnaval, destinado a lanzar por los aires la localidad, en una explosión de cultura y divertimento. Bajó para retirar su mochila del portamaletas y olió en el aire la atmósfera electrizante.

La casa de tía Carmen estaba a minutos en micro desde el terminal, en uno de los cerros que rodeaban la bahía, en un tranquilo barrio de casas coloniales. La esperaban con menú especial y a cambio tuvo que contar todo lo que hizo el año pasado, sus conquistas y derrotas, en lo referente a Gustavo habló entre dientes y explicó que se referiría al tema cuando el sol de Punta Galápagos hubiere entibiado un poquito esa zona – todas rieron -. Paola y Andrea se mostraron muy animadas por su llegada, sus bronceados eran los de una diosa griega.

- Te echamos caleta de menos Mafa, qué rico que llegaste.
- ¡Hay cualquier mino hueona!, la hemos pasado la raja.
- Se ven súper bien, yo vengo con todas las ganas de h... pasarlo bien – cambio de palabra lanzando una mirada a la tía -.
- Entonces no perdamos más tiempo, sube a cambiarte y nos vamos a la playa – Andrea retiró la mesa -.

El día estaba nublado y la playa poco frecuentada; juegos de pelota por aquí y por allá, algunos surfistas solitarios y parejas sacadas de postal. La tarde se les pasó entre cigarros y pelambres. Hacia el final, las nubes se esparcieron mostrando un gran sol hundiéndose allá al fondo. Decidieron irse a casa caminando, recorrieron la playa, pasaron por el centro con la idea de contactar algo interesante. Los luminosos de los locales comerciales condimentaban el panorama, Punta Galápagos estaba realmente hermosa y amenazaba a las demás localidades con convertirse en icono turístico de la zona. Los visitantes llenaban cada lugar, en pequeñas mesas afuera de los restaurantes, en los segundos pisos de las galerías; habían skaters y surfers, numetal, rastas y rockeros, la música envolvía el lugar subrayando las tendencias. Al cruzar la calle un jeep las encandiló y comenzó a tocar la bocina, la luz sólo dejaba ver las siluetas de sus ocupantes, todas eran mujeres, mantenían las manos en alto y gritaban al estilo de las porristas algo relacionado con la luna.

- Son las chiquillas – Paola cubriéndose los ojos -.
- Verdad, son ellas – corroboró Andrea -.
- ¿Qué andan haciendo las pastelitas? – la voz provenía desde el asiento de al lado del chofer -.
- Venimos de la playa, llegó una amiga así es que quisimos aprovechar el día – Paola aclaró desde la vereda apuntando a Mafalda -.
- Pegándose una bronceadita pa encontrar al príncipe azul ¿no?.
- Algo por el estilo – sonrió Andrea, intentando ver a su interlocutora por sobre los focos -.
- Las espero en mi casa a la noche, hay fiesta; haremos La Electro Galápagos Night.
- Ya po´, allá nos vemos.

El vehículo aceleró perdiéndose entre el tráfico. Mafalda preguntó quiénes eran, le respondieron que unas amigas, las conocieron el segundo o tercer día de llegadas, habían compartido un par de fiestas y se pasaba bien con ellas. Mafalda comentó la forma extraña de conocerlas pero, tenían pinta de buena onda. En casa se bañaron, tomaron once sobre la cama de Paola, menos Andrea que estaba a dieta, luego cada una eligió su atuendo para esa noche, porque era “una noche de cacería” – término que les causaba mucha risa -. Compraron algunos licores y abordaron la locomoción.

A una cuadra se sentía la música, había gente en el antejardín, vehículos estacionados fuera e invitados por todas partes. En la entrada, en un cartel adornado con conchas de mar y letras de gel con brillo, decía: Electro Galápagos Night. Entraron intentando parecer naturales. Después de una hora charlaban con otro grupo, Mafalda conversaba con Andrés acerca de sus bandas favoritas y tendencias musicales, ambos gustaban de Los Cure. La conversación navegó de trago en trago, relajada, la risa afloró fácil en los labios, las palabras eran blandas y las ideas perdían sus límites volviéndose imprecisas, Mafalda quiso ir al baño y al incorporarse del sillón donde estaba la habitación pareció girar levemente, camino y sintió el piso cóncavo, haciendo que en cada paso flectara la rodilla más de lo debido, al verla los demás supusieron que efectuaba algún tipo de marcha. Llegó hasta el baño dignamente, se sentó a orinar, lo que no sucedió por varios minutos, en cambio, comenzó a sentir como pajaritos que revoloteaban en su estómago, las sienes le sudaban frío y la boca se le llenó de saliva; rápidamente buscó un lugar apropiado para vomitar; en el lavamanos no, porque se podía tapar y menos en la taza del baño, jamas acercaría su cara a ese lugar y menos en estas condiciones que le inducirían a votar hasta los intestinos. La rápida elección por descarte dejó como único lugar la tina, se arrodilló, sintió pasos que se acercaban, dedujo que se llevarían una mala impresión al verla en esa actitud y más aun en su condición de visita; en segundos creó una solución: entró a gatas a la tina, corrió la cortina y se quedo agazapada. Entró la dueña de casa, Elena, la que las hablo desde el jeep, y otra joven.

- A este asunto no le doy más allá del próximo Viernes, ¡a todo reventar el Sábado! – Habló la acompañante de Elena mientras se retocaba el pelo frente al espejo -.
- ¡Está bien, ya me lo dijiste!, pero piensa, Kena, todo lo que debemos organizar : la fiesta, esperar a que estén los minos acá; recuerda que estos hueones llegan el miércoles.
- Mira, Elena, estoy segura que el padre del Pablo es Fernando, aun así...
- La otra vez me dijiste que estabas segura que era Mario...
- ¡No importa, el que sea!, la cuestión es que ninguno de los dos maricones intentó comunicarse conmigo; y si les pasa algo en este accidente tampoco me importa, ya tuvieron sus quince minutos de fama.
- Tú tampoco hiciste nada pa´ aclarar las cosas.
- ¡Oye Elena, es el hombre el que tiene que arreglar estas cositas, ¡si te gustó el hueveo, apechuga!.
- Ya, ya, calma mujer; lo que me preocupa es que se nos pase la mano...
- ¡Y que!, ellos no fueron capaces de tenderme una mano siquiera, recuerda; somos las Damaluna, nosotras...

La frase se disolvió en el aire y Mafalda concilió el sueño en una incómoda posición, transcurrió un lapso indescifrable hasta que el frío de su improvisado lecho la despertó; salió a buscar a sus amigas con un dolor de cuello terrible; todos bailaban, Andrés estaba con ellas, más allá bailaba Elena y Kena, se acercó a sus amigas frotándose bajo la oreja, Andrés le preguntó dónde andaba, le dijo que andaba filosofando por ahí, ella les pregunto si ya era hora de irse, Paola y Andrea le respondieron que un ratito más, encendió un cigarro y comenzó a bailar con Andrés.

A la mañana siguiente se lavaba los dientes e intentaba rescatar parte del diálogo que escuchó dormitando en el baño; ¿De que accidente hablaba la misteriosa Kena?, los accidentes ocurren fortuitamente, ¿Cómo sabían ellas que ocurriría alguno?, ¿tenían una bola que predijera el futuro?. Una leve jaqueca la hacía apartar sus dudas, sin embargo rondaban su mente. No había venido a Punta Galápagos a hacerlas de detective, pero la duda innata la llamaba a indagar; cautelosa y despreocupada consultó a sus amigas durante el desayuno.

- ¿Qué onda la Elena? – untaba mermelada en su tostada -
- ¿Cómo te cayó?, simpática la mina - Andrea somnolienta demoró en contestar -.
- Si, me cayó bien, pero me refiero a qué hace, dónde vive, ¡no sé!, ¿a ustedes no le interesa saber qué hace la gente que conocen?, como pa cacharlas mejor.
- ¿Y tú qué onda que con el Andrés? – Paola le cerro un ojo a Andrea -.
- ¿Cómo qué onda?, ¡ninguna po!.
- ¡Ya, no seai cuática!, estuviste todo el rato con él y nos vas a decir que no paso nada.
- No, no paso nada, pero puede pasar – dio un sorbo a su taza, movió la cejas a sus amigas y rieron -.
- ¿Sabi que Mafa?, a mi también me llaman la atención estas minas, son la raja, pero son como misteriosas – Andrea bajó el pan y su taza, pensativa -.
- ¡Ustedes son las pasa rollo!, ¿qué es lo extraño que pueden tener?. Son minas diferentes a nosotras, con otra onda, la Elena suponte; estudió fotografía, tiene un local de arte alternativo en Valparaíso y pasa viajando, sus viejos viven fuera, los va a ver de vez en cuando y aprovecha de traer cosas para la tienda – aclaró Paola -.
- ¡Ah, tu ya has hablado con ella! – Mafalda se mantenía natural -.
- Un par de veces.
- Pero igual son extrañas – Andrea insistió con tono infantil -.
- ¡Con un poco más de plata quizás!, pero nosotras somos más regias, esperen no más cuando hallamos recorrido los Pub´s de Punta Galápagos, van a andar todos preguntando por nosotras – Paola caminó a la cocina llevando la taza en una mano y la otra en la cadera bailando una canción que provenía de la antigua radio de tía Carmen, desde la cocina gritó que el próximo Miércoles estaban invitadas a otro carrete en casa de Elena, era la bienvenida a unos tipos.

Andrea y Mafalda terminaron de desayunar, tomaron sus bolsos y fueron a la playa, en la tarde volvieron a almorzar y reposaron el tiempo que tía Carmen estimó conveniente para que no les pasara algo y dejar que el sol bajara un poco, para evitar así afecciones a la piel – Son muy jóvenes y bonitas pa andar con la piel manchá; sentenciaba la tía – de vuelta en la tarde caminaban hasta casa procurando hacer un poco de ejercicio e ir familiarizándose con la comunidad local, a veces las acompañaba Andrés; por las noches iban a fiestas o caminaban a orilla de las olas. El resto de la semana contempló un ritmo similar.

Era miércoles, llegaron los amigos de Elena y de la mano el carrete; de noche habría una fiesta de bienvenida en casa de Elena denominada: Electro Galápagos Night 2. En la playa se encontraron con Andrés y quedaron de acuerdo en juntarse allá; Mafalda insto a sus amigas a llegar más temprano, diciéndoles que así disfrutarían más de la fiesta. Quería entablar una conversación con la resentida Kena y de pasadita intentar informarse qué era todo eso del accidente.

La fiesta estaba más animada que la anterior, debido al bullicioso grupo de Fernando y sus amigos que no les quitaron ojo de encima al entrar, actitud percibida por Elena y sus amigas, Mafalda temió que esto obstaculizara sus detectivescos planes, debía hallar una rápida solución, sacó a bailar a Andrés. Momentos después la pista estaba llena, samples electrónicos refrescaban viejas canciones y la concurrencia danzaba en un juego de insinuantes miradas, los machos recién llegados celebraban cada paso de Mafalda y sus amigas, los ojos de Kena llameaban. Mafalda no quería sembrar la discordia y menos estropear su objetivo, así que aprovechando una cadenciosa canción dejó su trago sobre una mesita arrinconada y apagó la lampara que había sobre ella, el ambiente se torno sensual y oportuno para dejarse besar por Andrés, de todas maneras le atraía.

Eran casi las cuatro de la madrugada cuando, ofuscada y muy bebida Kena salió a la terraza, desde donde se obtenía una hermosa vista de la bahía, Mafalda esperó unos minutos, tomó su trago y salió a acompañarla.

- Qué linda esta la noche – simulando estar muy bebida -.
- Para tí será linda.
- Tienes razón, para mí está linda, parece que encontré mi media naranja – tambaleante elevó su trago -.
- Ten cuidado porque al principio la naranja es dulce, después aparecen las pepas y se pone amarga... ¿tení un cigarro?.
- Tengo Derby Ligth, son un poco fuertes – buscándolos en su pequeño morral -.
- Curá no se sienten.
- Curá no se siente ná – Mafalda siguió la broma y rieron -.
- Tení fuego – Kena estiro el brazo y puso el cigarro frente a al rostro de Mafalda -.
- En mis ojos galla – continuaron riendo a carcajadas -.

En su estado cualquier cigarro hubiese sido fuerte para Kena, ya que tras segundos de encenderlo lanzó un explosivo vomito desde la terraza hasta el jardín. Mafalda la tomó por los hombros y la condujo por un corredor exterior que recorría desde la terraza hasta la cocina, entraron y cruzaron raudas al baño, le enjuagó la boca y la sentó, echó cerrojo, encendió un cigarro y orientó la conversación al plano que le interesaba. Una abatida y deslenguada Kena comenzó a lanzar dardos contra los hombres, ni Andrés se salvó. Sentada en el suelo, Mafalda creía haber presionado el botón preciso, un botón PLAY digital, que dejaba escuchar el CD con toda la información necesaria. De no ser por alguien que forcejaba la manilla de la puerta, hubiese estado toda la noche conociendo los detalles del supuesto accidente, abrió la puerta; era una amiga de Kena, juntas la acostaron y Mafalda se retiró de la fiesta, Paola y Andrea se quedaron, Andrés la encaminó a casa.

Fumando a oscuras sobre la cama, repasaba lo que Kena contó; el verano pasado ella, Fernando y Mario, fueron los protagonistas de un audaz y polémico triangulo amoroso, de esta locura veraniega nació Pablo, el hijo de Kena, que por estos día ya cumplía un año. Durante todo el año pasado, ninguno de los hombres involucrados atendió su supuesta paternidad; no hicieron el menor esfuerzo por saber de ella. Fue un periodo de cambios para Kena, cambios radicales que levantaron oscuras nubes sobre su mente, la que ahora no dudaba en concebir un accidente para Fernando y su grupo de machos en celo, a manera de suave venganza. Todo estaba preparado para que el próximo Sábado, cuando se llevara a cabo la Electro Galápagos Final; Elena, Kena y sus amigas, algo livianas de ropa, invitarían a un sensual chapuzón a sus amigos en la piscina, ellas saldrían en el momento indicado y simularían un accidente doméstico, algo así como una radio encendida que cae dentro de la piscina, típico caso de Teletón.

Mafalda recordó a Gustavo; sentía algo por él que no sabía explicar en palabras, tenía ganas de colgarse de su pelo y a la vez besarlo por mucho tiempo, pero estaba lejos de querer electrocutarlo. El caso de Kena era diferente, existía un niño, su hijo Pablo, esto lo hacía mucho más fuerte. Pablo era la principal causa para que su madre no anduviera por ahí elaborando atentados caseros, además ¿quién era ella para empuñar la espada la espada de la justicia? – pensaba Mafalda; apagó el cigarro y durmió -.

Cerca de medio día sonó su celular, era su madre, llamaba para contarle que se llevaba super bien con el grupo de amigas que le presento la Loly, habían echo “n” actividades. Ella le habló de Punta Galápagos, y de su bronceado, que por lo menos le duraría hasta Marzo o Abril, que quería ver la cara de Gustavo cuando se encontraran. Después de terminar la llamada fue al baño y bajó a tomar desayuno, lo hizo sola, sus amigas aún no despertaban y tía Carmen andaba de compras. Sentada a la mesa se fijó en la tapa del tarro de café, reflejaba la luz que entraba por la ventana, convirtiéndose en un disco plateado, que destellaba sobre la superficie oscura de la mesa, ¿qué significaba esa palabra?, ¿Damaluna?, ¿se relacionaba todo esto con lo que gritaban el día que las conoció?. Entró Andrea y la sobresaltó al poner la tetera sobre el fuego.

En la playa miraba a sus amigas intentando descubrir si sabían algo al respecto; pero nada, sus caras reflejaban el sol de Punta Galápagos, Andrea lo hacía con toda su inocencia y Paola estaba más preocupada en seducir que dañar a la gente. Sus amigas ignoraban lo que ocurría, eran extrañas al grupo y por ende, podían salir heridas, incluyéndose. Quería hacer algo y no sabía que, aunque los días transcurrieron lentos y tensos, cuando llegó aquél sábado no tenía nada preparado.

Llegó la noche de la Electro Galápagos Night Final, una vez más en casa de Elena. Mafalda percibía el ambiente denso, hostil, hubiese preferido que todo fuese obra de su imaginación, pero Elena y sus amigas poseían una inquietante mirada. La fiesta siguió su curso, el grupo de Fernando lucía sus mejores pasos, bebiendo como si el mundo se acabara mañana – quizás así sería para ellos, pensó Mafalda -; cruzó por su mente tomar el auricular y marcar el 133, ¿qué diría?: Caballero, buenas noches estoy en una fiesta donde quieren matar a unos tipos simulando un accidente, ¡que imbécil!. Comenzó bailar con Andrés, al fin y al cabo tenía sus propios problemas, quizás, hasta lo merecían, había venido a pasarla bien y disfrutar sus vacaciones, esto estaba fuera de su alcance, además cualquier error podría involucrar a sus amigas.

La conversación con Andrés era divertida, bailaba bien y besaba mejor, los mechones de pelo que, desordenados, caían sobre su rostro completaban un todo misterioso y embriagador; elementos que Mafalda percibió como el llamado al placentero juego de la seducción. Existía verdadera química entre ellos, Andrés la cortejo preparándole un trago y ella correspondió dándole una papa frita en la boca; recordó las palabras de su madre, pero era su última noche en Punta Galápagos, quería pasarla bien. Horas después todos estaban en el jardín posterior, había carne sobre la parrilla y la noche permitía darse una zambullida. De pronto Elena, a orillas de la piscina se sacó los pantalones, los hizo girar en el aire, aulló y se sumergió grácilmente, los presentes no esperaron una segunda señal y se lanzaron al agua; todo era gritos y diversión. Mafalda veía la escena desde el asiento trasero del jeep de Elena a través del vidrio empañado. Buscando un lugar más íntimo donde estar, dieron con el vehículo, estacionado en una entrada lateral de la casa que descendía comunicándose con el jardín posterior. Las manos de Andrés parecían tener vida propia y su boca la buscaba febril; a ratos hacían una pausa para conversar y beber, la situación era tibia, cómoda, lanzándola hacia vértigos y espasmos, entre ardorosos besos vio a sus amigas en calzones chapotear como niñas, sus vasos ya no contenían licor, estaban llenos de agua. Como por un rayo su cuerpo fue golpeado por la palabras, El Accidente; no había tiempo de explicarlo, en cualquier momento sucedería y sus amigas estaban ahí, debía pensar y actuar rápido, pero el licor lo impedía. Comenzó a escabullirse por el espacio que había entre los dos asientos delanteros, con Andrés encima parecía una contorsionista. Sus manos buscaban algo sólido al que asirse, dando con una maraña de cables y correas, en un momento su mano encontró unas palancas o tubos, y al parecer firmes, se apoyo en ellas para salir de la incómoda situación y un sonido mecánico dio inicio al movimiento del vehículo, giró bruscamente la vista hacia delante, para ver como el jeep ganaba velocidad debido a la pendiente, iban directo a la piscina, alcanzó a ver como la gente se apartaba, antes de caer en un gran estrépito de sillas y mesas, segundos después todo flotaba en un mar de carne, vasos plásticos y botellas.

Desayunando en su casa horas más tarde, se acariciaba el mentón recordando el golpe que le propinara Elena; cómo habían huido con Andrés a casa de tía Carmen para recoger su mochila y después al terminal a esperar el primer bus rumbo a la ciudad. Su madre, sorprendida, la encontró en la cocina, encendió la radio, se sirvió una taza y se sentó con ella, preguntándole porque había llegado tan temprano, le dijo que un grupo de amigos viajó en auto a esa hora y aprovechó de venirse con ellos para ahorrarse la plata del pasaje. Conversaron animadamente, Mafalda le contó que la paso de maravillas, omitiendo obviamente los últimos hechos, también la sorprendió que su madre estuviese vestida tan temprano.

- ¡Y tú pa donde vai tan arragladita!.
- Lo que pasa, es que tenemos un evento con ese grupo de amigas que te hablé, ¿quieres acompañarme?.
- Noo viejita, vengo un poquito cansada y pretendo dormir mil horas.
- ¡Ah, bueno, tu te lo pierdes!.

Terminaron de desayunar y su madre fue al baño antes de salir. Llamó su atención un extraño llavero sobre la mesa, era una suerte de placa metálica, una cara mostraba la figura femenina encerrada en un ciclo lunar y en la otra se leía en caracteres góticos: Damas de Plateado, lo estudió detalladamente, hasta que su madre estuvo de vuelta, le preguntó qué significaba, ella le explico que era un llavero, se lo había regalado su nuevo grupo de amigas; Mafalda insistió en el nombre y la imagen que aparecía en él, su madre le explicó que era un grupo “super entrete”, que sus ideales y actividades estaban influenciados por la luna. Su madre tomo el llavero de sus manos tomó su cartera la besó y se fue, miró unos segundos el líquido de su taza y corrió a la puerta para gritarle que la esperara, su madre se devolvió a esperarla, Mafalda demoró unos instantes en estar lista.

Viajaban en el auto y su madre le comentó acerca de un accidente que escucho en la radio mientras la esperaba, se preocupó porque había ocurrido en Punta Galápagos, gracias a Dios sólo habrían heridos leves.