Punta
Galápagos
Por Manuel
Cancino
Mientras
el bus mantenía el motor andando, Mafalda paseaba
la mirada por la basura que adornaba el terminal;
esa era la ley que regía a las tribus urbanas,
desechar lo que ya no les sirve, la ley de la selva,
de esta selva de cemento; recordó amargamente
su reciente ruptura con Gustavo, era la guinda que
adornaba el fin de un año bastante gris, que
tuvo que congelar a la mitad para trabajar. El ronroneo
del motor cesó y dio lugar a una marcha prolongada,
la máquina se movía rumbo a la costa.
Allá la esperaban Paola y Andrea en casa de
tía Carmen. Atrás quedaban laberintos
de murallas con afiches y algunos problemas en la
papelera de reciclaje; a vuelta de vacaciones quizás
rescataba alguno para solucionarlo.
Hasta la mitad del viaje leyó y escuchó
walkman, la pantalla de su celular se ilumino.
- Aló, Mamá.
- Fea me dejaste solita, ¿qué voy a
hacer ahora sin mi guagua?.
- ¡Para el año nuevo tu y mi Papá
se fueron a Valparaíso y yo ni alegué!.
- Ah bueno, porque usted lo quiso po´ mijita,
su tía la invitó también, acuérdese
que se quedó con su pololito y me imagino que
la pasaron lo más bi...
- Ya esta bien, esta bien, no hablemos de eso porfa,...
¿pa que me llamaste?.
- Pa´ saber de ti po´.
- ¡Mamá salí hace dos horas de
la casa!, no gastes minutos, guárdalos para
cuando los necesites.
- ¡Para esto son, para usarlos, no!, ¿en
qué otro momento quieres que los use?, ¿en
una emergencia?, ¿en un accidente?... ¡tienes
que cuidarte cabrita, eres lo único que tengo!
- Mamá... Mamá... ¡Mamá!
– alzo la voz llamando la atención de
los ocupantes del asiento contiguo, les devolvió
una sonrisa – disculpa, no quise decir eso,
es que no me gusta que gastes tus minutitos.
- Bueno ya, te voy a hacer caso, mira que la Loly
me va a presentar un grupo de amigas y necesito estar
super on lain este verano como dicen los lolos, chao
un besote.
- Chao, te quiero.
- Oye.
- Qué.
- No queremos sorpresitas, tu Papá te manda
un beso.
Cortó y se arrebujó en la butaca, miró
hacia la costa y vio las típicas nubes de mediados
de febrero, los vidrios estaban helados. Dentro, el
aire acondicionado y la comodidad del asiento eran
los seductores promotores de una siesta.
El murmullo
de los pasajeros bajando de la máquina la despertó,
a través de la ventana veía un gran
lienzo en la fachada del terminal, se leía:
Bienvenidos al 32 ° Aniversario de Punta Galápagos.
Adornado con tortugas mal dibujadas, informaba al
visitante que habría batucadas, el mariscal
más grande, el completo más largo, se
anunciaba un pisco sour de 1.000 litros y un sinfín
de actividades enmarcadas en un gran carnaval, destinado
a lanzar por los aires la localidad, en una explosión
de cultura y divertimento. Bajó para retirar
su mochila del portamaletas y olió en el aire
la atmósfera electrizante.
La casa de tía Carmen estaba a minutos en micro
desde el terminal, en uno de los cerros que rodeaban
la bahía, en un tranquilo barrio de casas coloniales.
La esperaban con menú especial y a cambio tuvo
que contar todo lo que hizo el año pasado,
sus conquistas y derrotas, en lo referente a Gustavo
habló entre dientes y explicó que se
referiría al tema cuando el sol de Punta Galápagos
hubiere entibiado un poquito esa zona – todas
rieron -. Paola y Andrea se mostraron muy animadas
por su llegada, sus bronceados eran los de una diosa
griega.
- Te echamos caleta de menos Mafa, qué rico
que llegaste.
- ¡Hay cualquier mino hueona!, la hemos pasado
la raja.
- Se ven súper bien, yo vengo con todas las
ganas de h... pasarlo bien – cambio de palabra
lanzando una mirada a la tía -.
- Entonces no perdamos más tiempo, sube a cambiarte
y nos vamos a la playa – Andrea retiró
la mesa -.
El día
estaba nublado y la playa poco frecuentada; juegos
de pelota por aquí y por allá, algunos
surfistas solitarios y parejas sacadas de postal.
La tarde se les pasó entre cigarros y pelambres.
Hacia el final, las nubes se esparcieron mostrando
un gran sol hundiéndose allá al fondo.
Decidieron irse a casa caminando, recorrieron la playa,
pasaron por el centro con la idea de contactar algo
interesante. Los luminosos de los locales comerciales
condimentaban el panorama, Punta Galápagos
estaba realmente hermosa y amenazaba a las demás
localidades con convertirse en icono turístico
de la zona. Los visitantes llenaban cada lugar, en
pequeñas mesas afuera de los restaurantes,
en los segundos pisos de las galerías; habían
skaters y surfers, numetal, rastas y rockeros, la
música envolvía el lugar subrayando
las tendencias. Al cruzar la calle un jeep las encandiló
y comenzó a tocar la bocina, la luz sólo
dejaba ver las siluetas de sus ocupantes, todas eran
mujeres, mantenían las manos en alto y gritaban
al estilo de las porristas algo relacionado con la
luna.
- Son las chiquillas – Paola cubriéndose
los ojos -.
- Verdad, son ellas – corroboró Andrea
-.
- ¿Qué andan haciendo las pastelitas?
– la voz provenía desde el asiento de
al lado del chofer -.
- Venimos de la playa, llegó una amiga así
es que quisimos aprovechar el día – Paola
aclaró desde la vereda apuntando a Mafalda
-.
- Pegándose una bronceadita pa encontrar al
príncipe azul ¿no?.
- Algo por el estilo – sonrió Andrea,
intentando ver a su interlocutora por sobre los focos
-.
- Las espero en mi casa a la noche, hay fiesta; haremos
La Electro Galápagos Night.
- Ya po´, allá nos vemos.
El vehículo aceleró perdiéndose
entre el tráfico. Mafalda preguntó quiénes
eran, le respondieron que unas amigas, las conocieron
el segundo o tercer día de llegadas, habían
compartido un par de fiestas y se pasaba bien con
ellas. Mafalda comentó la forma extraña
de conocerlas pero, tenían pinta de buena onda.
En casa se bañaron, tomaron once sobre la cama
de Paola, menos Andrea que estaba a dieta, luego cada
una eligió su atuendo para esa noche, porque
era “una noche de cacería” –
término que les causaba mucha risa -. Compraron
algunos licores y abordaron la locomoción.
A una cuadra se sentía la música, había
gente en el antejardín, vehículos estacionados
fuera e invitados por todas partes. En la entrada,
en un cartel adornado con conchas de mar y letras
de gel con brillo, decía: Electro Galápagos
Night. Entraron intentando parecer naturales. Después
de una hora charlaban con otro grupo, Mafalda conversaba
con Andrés acerca de sus bandas favoritas y
tendencias musicales, ambos gustaban de Los Cure.
La conversación navegó de trago en trago,
relajada, la risa afloró fácil en los
labios, las palabras eran blandas y las ideas perdían
sus límites volviéndose imprecisas,
Mafalda quiso ir al baño y al incorporarse
del sillón donde estaba la habitación
pareció girar levemente, camino y sintió
el piso cóncavo, haciendo que en cada paso
flectara la rodilla más de lo debido, al verla
los demás supusieron que efectuaba algún
tipo de marcha. Llegó hasta el baño
dignamente, se sentó a orinar, lo que no sucedió
por varios minutos, en cambio, comenzó a sentir
como pajaritos que revoloteaban en su estómago,
las sienes le sudaban frío y la boca se le
llenó de saliva; rápidamente buscó
un lugar apropiado para vomitar; en el lavamanos no,
porque se podía tapar y menos en la taza del
baño, jamas acercaría su cara a ese
lugar y menos en estas condiciones que le inducirían
a votar hasta los intestinos. La rápida elección
por descarte dejó como único lugar la
tina, se arrodilló, sintió pasos que
se acercaban, dedujo que se llevarían una mala
impresión al verla en esa actitud y más
aun en su condición de visita; en segundos
creó una solución: entró a gatas
a la tina, corrió la cortina y se quedo agazapada.
Entró la dueña de casa, Elena, la que
las hablo desde el jeep, y otra joven.
- A este asunto no le doy más allá del
próximo Viernes, ¡a todo reventar el
Sábado! – Habló la acompañante
de Elena mientras se retocaba el pelo frente al espejo
-.
- ¡Está bien, ya me lo dijiste!, pero
piensa, Kena, todo lo que debemos organizar : la fiesta,
esperar a que estén los minos acá; recuerda
que estos hueones llegan el miércoles.
- Mira, Elena, estoy segura que el padre del Pablo
es Fernando, aun así...
- La otra vez me dijiste que estabas segura que era
Mario...
- ¡No importa, el que sea!, la cuestión
es que ninguno de los dos maricones intentó
comunicarse conmigo; y si les pasa algo en este accidente
tampoco me importa, ya tuvieron sus quince minutos
de fama.
- Tú tampoco hiciste nada pa´ aclarar
las cosas.
- ¡Oye Elena, es el hombre el que tiene que
arreglar estas cositas, ¡si te gustó
el hueveo, apechuga!.
- Ya, ya, calma mujer; lo que me preocupa es que se
nos pase la mano...
- ¡Y que!, ellos no fueron capaces de tenderme
una mano siquiera, recuerda; somos las Damaluna, nosotras...
La frase
se disolvió en el aire y Mafalda concilió
el sueño en una incómoda posición,
transcurrió un lapso indescifrable hasta que
el frío de su improvisado lecho la despertó;
salió a buscar a sus amigas con un dolor de
cuello terrible; todos bailaban, Andrés estaba
con ellas, más allá bailaba Elena y
Kena, se acercó a sus amigas frotándose
bajo la oreja, Andrés le preguntó dónde
andaba, le dijo que andaba filosofando por ahí,
ella les pregunto si ya era hora de irse, Paola y
Andrea le respondieron que un ratito más, encendió
un cigarro y comenzó a bailar con Andrés.
A la mañana siguiente se lavaba los dientes
e intentaba rescatar parte del diálogo que
escuchó dormitando en el baño; ¿De
que accidente hablaba la misteriosa Kena?, los accidentes
ocurren fortuitamente, ¿Cómo sabían
ellas que ocurriría alguno?, ¿tenían
una bola que predijera el futuro?. Una leve jaqueca
la hacía apartar sus dudas, sin embargo rondaban
su mente. No había venido a Punta Galápagos
a hacerlas de detective, pero la duda innata la llamaba
a indagar; cautelosa y despreocupada consultó
a sus amigas durante el desayuno.
- ¿Qué onda la Elena? – untaba
mermelada en su tostada -
- ¿Cómo te cayó?, simpática
la mina - Andrea somnolienta demoró en contestar
-.
- Si, me cayó bien, pero me refiero a qué
hace, dónde vive, ¡no sé!, ¿a
ustedes no le interesa saber qué hace la gente
que conocen?, como pa cacharlas mejor.
- ¿Y tú qué onda que con el Andrés?
– Paola le cerro un ojo a Andrea -.
- ¿Cómo qué onda?, ¡ninguna
po!.
- ¡Ya, no seai cuática!, estuviste todo
el rato con él y nos vas a decir que no paso
nada.
- No, no paso nada, pero puede pasar – dio un
sorbo a su taza, movió la cejas a sus amigas
y rieron -.
- ¿Sabi que Mafa?, a mi también me llaman
la atención estas minas, son la raja, pero
son como misteriosas – Andrea bajó el
pan y su taza, pensativa -.
- ¡Ustedes son las pasa rollo!, ¿qué
es lo extraño que pueden tener?. Son minas
diferentes a nosotras, con otra onda, la Elena suponte;
estudió fotografía, tiene un local de
arte alternativo en Valparaíso y pasa viajando,
sus viejos viven fuera, los va a ver de vez en cuando
y aprovecha de traer cosas para la tienda –
aclaró Paola -.
- ¡Ah, tu ya has hablado con ella! – Mafalda
se mantenía natural -.
- Un par de veces.
- Pero igual son extrañas – Andrea insistió
con tono infantil -.
- ¡Con un poco más de plata quizás!,
pero nosotras somos más regias, esperen no
más cuando hallamos recorrido los Pub´s
de Punta Galápagos, van a andar todos preguntando
por nosotras – Paola caminó a la cocina
llevando la taza en una mano y la otra en la cadera
bailando una canción que provenía de
la antigua radio de tía Carmen, desde la cocina
gritó que el próximo Miércoles
estaban invitadas a otro carrete en casa de Elena,
era la bienvenida a unos tipos.
Andrea y Mafalda terminaron de desayunar, tomaron
sus bolsos y fueron a la playa, en la tarde volvieron
a almorzar y reposaron el tiempo que tía Carmen
estimó conveniente para que no les pasara algo
y dejar que el sol bajara un poco, para evitar así
afecciones a la piel – Son muy jóvenes
y bonitas pa andar con la piel manchá; sentenciaba
la tía – de vuelta en la tarde caminaban
hasta casa procurando hacer un poco de ejercicio e
ir familiarizándose con la comunidad local,
a veces las acompañaba Andrés; por las
noches iban a fiestas o caminaban a orilla de las
olas. El resto de la semana contempló un ritmo
similar.
Era miércoles, llegaron los amigos de Elena
y de la mano el carrete; de noche habría una
fiesta de bienvenida en casa de Elena denominada:
Electro Galápagos Night 2. En la playa se encontraron
con Andrés y quedaron de acuerdo en juntarse
allá; Mafalda insto a sus amigas a llegar más
temprano, diciéndoles que así disfrutarían
más de la fiesta. Quería entablar una
conversación con la resentida Kena y de pasadita
intentar informarse qué era todo eso del accidente.
La fiesta estaba más animada que la anterior,
debido al bullicioso grupo de Fernando y sus amigos
que no les quitaron ojo de encima al entrar, actitud
percibida por Elena y sus amigas, Mafalda temió
que esto obstaculizara sus detectivescos planes, debía
hallar una rápida solución, sacó
a bailar a Andrés. Momentos después
la pista estaba llena, samples electrónicos
refrescaban viejas canciones y la concurrencia danzaba
en un juego de insinuantes miradas, los machos recién
llegados celebraban cada paso de Mafalda y sus amigas,
los ojos de Kena llameaban. Mafalda no quería
sembrar la discordia y menos estropear su objetivo,
así que aprovechando una cadenciosa canción
dejó su trago sobre una mesita arrinconada
y apagó la lampara que había sobre ella,
el ambiente se torno sensual y oportuno para dejarse
besar por Andrés, de todas maneras le atraía.
Eran casi las cuatro de la madrugada cuando, ofuscada
y muy bebida Kena salió a la terraza, desde
donde se obtenía una hermosa vista de la bahía,
Mafalda esperó unos minutos, tomó su
trago y salió a acompañarla.
- Qué linda esta la noche – simulando
estar muy bebida -.
- Para tí será linda.
- Tienes razón, para mí está
linda, parece que encontré mi media naranja
– tambaleante elevó su trago -.
- Ten cuidado porque al principio la naranja es dulce,
después aparecen las pepas y se pone amarga...
¿tení un cigarro?.
- Tengo Derby Ligth, son un poco fuertes – buscándolos
en su pequeño morral -.
- Curá no se sienten.
- Curá no se siente ná – Mafalda
siguió la broma y rieron -.
- Tení fuego – Kena estiro el brazo y
puso el cigarro frente a al rostro de Mafalda -.
- En mis ojos galla – continuaron riendo a carcajadas
-.
En su estado cualquier cigarro hubiese sido fuerte
para Kena, ya que tras segundos de encenderlo lanzó
un explosivo vomito desde la terraza hasta el jardín.
Mafalda la tomó por los hombros y la condujo
por un corredor exterior que recorría desde
la terraza hasta la cocina, entraron y cruzaron raudas
al baño, le enjuagó la boca y la sentó,
echó cerrojo, encendió un cigarro y
orientó la conversación al plano que
le interesaba. Una abatida y deslenguada Kena comenzó
a lanzar dardos contra los hombres, ni Andrés
se salvó. Sentada en el suelo, Mafalda creía
haber presionado el botón preciso, un botón
PLAY digital, que dejaba escuchar el CD con toda la
información necesaria. De no ser por alguien
que forcejaba la manilla de la puerta, hubiese estado
toda la noche conociendo los detalles del supuesto
accidente, abrió la puerta; era una amiga de
Kena, juntas la acostaron y Mafalda se retiró
de la fiesta, Paola y Andrea se quedaron, Andrés
la encaminó a casa.
Fumando a oscuras sobre la cama, repasaba lo que Kena
contó; el verano pasado ella, Fernando y Mario,
fueron los protagonistas de un audaz y polémico
triangulo amoroso, de esta locura veraniega nació
Pablo, el hijo de Kena, que por estos día ya
cumplía un año. Durante todo el año
pasado, ninguno de los hombres involucrados atendió
su supuesta paternidad; no hicieron el menor esfuerzo
por saber de ella. Fue un periodo de cambios para
Kena, cambios radicales que levantaron oscuras nubes
sobre su mente, la que ahora no dudaba en concebir
un accidente para Fernando y su grupo de machos en
celo, a manera de suave venganza. Todo estaba preparado
para que el próximo Sábado, cuando se
llevara a cabo la Electro Galápagos Final;
Elena, Kena y sus amigas, algo livianas de ropa, invitarían
a un sensual chapuzón a sus amigos en la piscina,
ellas saldrían en el momento indicado y simularían
un accidente doméstico, algo así como
una radio encendida que cae dentro de la piscina,
típico caso de Teletón.
Mafalda recordó a Gustavo; sentía algo
por él que no sabía explicar en palabras,
tenía ganas de colgarse de su pelo y a la vez
besarlo por mucho tiempo, pero estaba lejos de querer
electrocutarlo. El caso de Kena era diferente, existía
un niño, su hijo Pablo, esto lo hacía
mucho más fuerte. Pablo era la principal causa
para que su madre no anduviera por ahí elaborando
atentados caseros, además ¿quién
era ella para empuñar la espada la espada de
la justicia? – pensaba Mafalda; apagó
el cigarro y durmió -.
Cerca de medio día sonó su celular,
era su madre, llamaba para contarle que se llevaba
super bien con el grupo de amigas que le presento
la Loly, habían echo “n” actividades.
Ella le habló de Punta Galápagos, y
de su bronceado, que por lo menos le duraría
hasta Marzo o Abril, que quería ver la cara
de Gustavo cuando se encontraran. Después de
terminar la llamada fue al baño y bajó
a tomar desayuno, lo hizo sola, sus amigas aún
no despertaban y tía Carmen andaba de compras.
Sentada a la mesa se fijó en la tapa del tarro
de café, reflejaba la luz que entraba por la
ventana, convirtiéndose en un disco plateado,
que destellaba sobre la superficie oscura de la mesa,
¿qué significaba esa palabra?, ¿Damaluna?,
¿se relacionaba todo esto con lo que gritaban
el día que las conoció?. Entró
Andrea y la sobresaltó al poner la tetera sobre
el fuego.
En la playa miraba a sus amigas intentando descubrir
si sabían algo al respecto; pero nada, sus
caras reflejaban el sol de Punta Galápagos,
Andrea lo hacía con toda su inocencia y Paola
estaba más preocupada en seducir que dañar
a la gente. Sus amigas ignoraban lo que ocurría,
eran extrañas al grupo y por ende, podían
salir heridas, incluyéndose. Quería
hacer algo y no sabía que, aunque los días
transcurrieron lentos y tensos, cuando llegó
aquél sábado no tenía nada preparado.
Llegó la noche de la Electro Galápagos
Night Final, una vez más en casa de Elena.
Mafalda percibía el ambiente denso, hostil,
hubiese preferido que todo fuese obra de su imaginación,
pero Elena y sus amigas poseían una inquietante
mirada. La fiesta siguió su curso, el grupo
de Fernando lucía sus mejores pasos, bebiendo
como si el mundo se acabara mañana –
quizás así sería para ellos,
pensó Mafalda -; cruzó por su mente
tomar el auricular y marcar el 133, ¿qué
diría?: Caballero, buenas noches estoy en una
fiesta donde quieren matar a unos tipos simulando
un accidente, ¡que imbécil!. Comenzó
bailar con Andrés, al fin y al cabo tenía
sus propios problemas, quizás, hasta lo merecían,
había venido a pasarla bien y disfrutar sus
vacaciones, esto estaba fuera de su alcance, además
cualquier error podría involucrar a sus amigas.
La conversación con Andrés era divertida,
bailaba bien y besaba mejor, los mechones de pelo
que, desordenados, caían sobre su rostro completaban
un todo misterioso y embriagador; elementos que Mafalda
percibió como el llamado al placentero juego
de la seducción. Existía verdadera química
entre ellos, Andrés la cortejo preparándole
un trago y ella correspondió dándole
una papa frita en la boca; recordó las palabras
de su madre, pero era su última noche en Punta
Galápagos, quería pasarla bien. Horas
después todos estaban en el jardín posterior,
había carne sobre la parrilla y la noche permitía
darse una zambullida. De pronto Elena, a orillas de
la piscina se sacó los pantalones, los hizo
girar en el aire, aulló y se sumergió
grácilmente, los presentes no esperaron una
segunda señal y se lanzaron al agua; todo era
gritos y diversión. Mafalda veía la
escena desde el asiento trasero del jeep de Elena
a través del vidrio empañado. Buscando
un lugar más íntimo donde estar, dieron
con el vehículo, estacionado en una entrada
lateral de la casa que descendía comunicándose
con el jardín posterior. Las manos de Andrés
parecían tener vida propia y su boca la buscaba
febril; a ratos hacían una pausa para conversar
y beber, la situación era tibia, cómoda,
lanzándola hacia vértigos y espasmos,
entre ardorosos besos vio a sus amigas en calzones
chapotear como niñas, sus vasos ya no contenían
licor, estaban llenos de agua. Como por un rayo su
cuerpo fue golpeado por la palabras, El Accidente;
no había tiempo de explicarlo, en cualquier
momento sucedería y sus amigas estaban ahí,
debía pensar y actuar rápido, pero el
licor lo impedía. Comenzó a escabullirse
por el espacio que había entre los dos asientos
delanteros, con Andrés encima parecía
una contorsionista. Sus manos buscaban algo sólido
al que asirse, dando con una maraña de cables
y correas, en un momento su mano encontró unas
palancas o tubos, y al parecer firmes, se apoyo en
ellas para salir de la incómoda situación
y un sonido mecánico dio inicio al movimiento
del vehículo, giró bruscamente la vista
hacia delante, para ver como el jeep ganaba velocidad
debido a la pendiente, iban directo a la piscina,
alcanzó a ver como la gente se apartaba, antes
de caer en un gran estrépito de sillas y mesas,
segundos después todo flotaba en un mar de
carne, vasos plásticos y botellas.
Desayunando en su casa horas más tarde, se
acariciaba el mentón recordando el golpe que
le propinara Elena; cómo habían huido
con Andrés a casa de tía Carmen para
recoger su mochila y después al terminal a
esperar el primer bus rumbo a la ciudad. Su madre,
sorprendida, la encontró en la cocina, encendió
la radio, se sirvió una taza y se sentó
con ella, preguntándole porque había
llegado tan temprano, le dijo que un grupo de amigos
viajó en auto a esa hora y aprovechó
de venirse con ellos para ahorrarse la plata del pasaje.
Conversaron animadamente, Mafalda le contó
que la paso de maravillas, omitiendo obviamente los
últimos hechos, también la sorprendió
que su madre estuviese vestida tan temprano.
- ¡Y tú pa donde vai tan arragladita!.
- Lo que pasa, es que tenemos un evento con ese grupo
de amigas que te hablé, ¿quieres acompañarme?.
- Noo viejita, vengo un poquito cansada y pretendo
dormir mil horas.
- ¡Ah, bueno, tu te lo pierdes!.
Terminaron
de desayunar y su madre fue al baño antes de
salir. Llamó su atención un extraño
llavero sobre la mesa, era una suerte de placa metálica,
una cara mostraba la figura femenina encerrada en
un ciclo lunar y en la otra se leía en caracteres
góticos: Damas de Plateado, lo estudió
detalladamente, hasta que su madre estuvo de vuelta,
le preguntó qué significaba, ella le
explico que era un llavero, se lo había regalado
su nuevo grupo de amigas; Mafalda insistió
en el nombre y la imagen que aparecía en él,
su madre le explicó que era un grupo “super
entrete”, que sus ideales y actividades estaban
influenciados por la luna. Su madre tomo el llavero
de sus manos tomó su cartera la besó
y se fue, miró unos segundos el líquido
de su taza y corrió a la puerta para gritarle
que la esperara, su madre se devolvió a esperarla,
Mafalda demoró unos instantes en estar lista.
Viajaban en el auto y su madre le comentó acerca
de un accidente que escucho en la radio mientras la
esperaba, se preocupó porque había ocurrido
en Punta Galápagos, gracias a Dios sólo
habrían heridos leves. 