Carlos Hermosilla
Álvarez. 1905-1991
Grabado en la Memoria
Adelantado, maestro, precursor, formador, pionero.
Adjetivos que se repiten a la hora de hablar de Carlos
Hermosilla, eminente grabador porteño que siempre
plasmó sus convicciones sociales en su obra.
A cien años de su nacimiento, este es un homenaje
al “artista del pueblo”, cuyas limitaciones
físicas no mermaron en absoluto su capacidad
creativa y formadora de generaciones de artistas.

por Cristián
Rojas Molina
En 1950,
en la revista Zig Zag, el crítico de arte A.
Goldschmidt, escribía, a propósito del
grabado en Chile: “En los últimos años,
como se desprende de los torneos colectivos, salones
oficiales, etc., el movimiento en estas ramas ha retrocedido
como parece. En cambio, desde que Carlos Hermosilla
Álvarez, en un medio de pocos recursos, como
es la Escuela de Bellas Artes de Viña del Mar,
se hizo cargo de estas ramas del arte gráfico,
especialmente del grabado, se ha creado allí
un movimiento serio, un verdadero ambiente artístico
de autenticidad nacional y de sólida orientación
pedagógica en este género plástico.
Es indudable que el ejemplo del profesor ha sido decisivo
en este caso, pues Hermosilla es un artista que se
distingue por su infatigable espíritu de trabajo
en el oficio y de investigación frente a la
materia y que no realiza obras con el sólo
fin de exponerlas, como la gran mayoría de
nuestros dirigentes pedagógicos”
Afortunadamente
este gran artista, que nació en Valparaíso
el 18 de octubre de 1905, fue reconocido en vida.
Sus primeros ocho años los vivió en
el cerro Toro, en Valparaíso. Luego su familia
debe trasladarse a Concepción. De su padre,
maestro litógrafo, hereda el gusto por el grabado,
pero pronto su inspirador contrajo una enfermedad
que lo obligó a dejar su trabajo, por lo que
el pequeño Carlos debe suspender sus estudios
primarios y abocarse tempranamente a la vida laboral,
como niño de mandados y mensajero de telégrafos.
Posteriormente
la familia se trasladaría hasta Santiago, consiguiendo
su padre una buena ocupación. Sin embargo,
los difíciles años vividos en Concepción,
marcados por la pobreza, dejarían una irreversible
huella en el futuro artista: una seria descalcificación,
producto de una tuberculosis ósea, le costó
su mano izquierda y su pierna derecha. Tal impacto
no mermó el temple del maestro ni fue impedimento
para forjar su labor artística, que comenzó
de manera autodidacta, precisamente en los momentos
en que debía guardar reposo debido a la convalecencia
de sus tres operaciones. Es en estos fructíferos
momentos cuando se inicia su pasión por el
dibujo, la pintura y fundamentalmente el grabado.
Promediando la década del 20, la familia regresa
al puerto que lo vio nacer, donde realiza sus primeras
pinturas y grabados en madera, trabajos que rápidamente
serían reconocidos, ya que en 1925 recibe el
primer premio en el concurso del Ateneo Artístico
Obrero Porteño, con unas acuarelas, galardón
que dio inicio a una larga lista de premios y distinciones,
tanto en Chile, como en el extranjero.
Pese
a repetir el primer premio en el mismo concurso al
año siguiente, cuando intenta ingresar a la
Escuela de Bellas Artes de Santiago en 1928, es rechazado.
Sin embargo, “Carlos Hermosilla, alejado del
mundillo santiaguino que tantos falsos prestigios
acuna y que tantas discutibles maestrías fabrica
al socaire de una artificiosa máquina, ha logrado
–desde Valparaíso- imponer su calidad”,
como hiciera notar en 1970 el crítico de arte
Antonio Romera.
No obstante,
en 1929 se corrige el error y es aceptado en la Escuela
de Bellas Artes de la Universidad de Chile, de la
que debió retirarse a los dos años y
medio, debido a una recaída en su descalcificación,
que esta vez le afectó su pierna izquierda.
Ya en
los primeros años de la década del 30
decide dedicarse profesionalmente al grabado, disciplina
en la que domina las diversas técnicas con
gran destreza, como aguafuertes, aguatintas o puntasecas,
alcanzando sus mayores cumbres en las impresiones
de relieve, principalmente litografías, xilografías
y zincografías.
En 1939
recibe la Primera Medalla en el Salón Oficial
y en 1940 el Primer Premio en el Salón de Viña
del Mar, galardones que lo llevaron al cargo de Profesor
de Dibujo y Grabado en la Escuela de Bellas Artes
de Viña del Mar, donde fundó el taller
de grabado, el Grupo de Grabadores de Viña
del Mar y se desempeñó durante 34 años.
Hermosilla
inmortalizó a anónimos personajes de
forma magistral: pescadores, mineros, obreros de la
construcción, lavanderas, artesanas y campesinos
fueron plasmados notablemente en sus obras. Su profunda
sensibilidad social lo llevó a comprometerse
con la izquierda, retratando a grandes líderes
e ideólogos, como Recabarren, Allende y Marx.
De forma anónima se alineó al lado de
los que más lo necesitan y así, por
ejemplo, en 1956 realiza una exposición en
el Instituto Francés de Cultura de Valparaíso,
cuya recaudación iría en beneficio del
Taller Ortopédico del doctor Leonel Cooper,
de la Sociedad Pediátrica de Valparaíso.
Los
niños con poliomelitis fueron también
una preocupación constante y en el mismo año
la Municipalidad de Valparaíso le rinde un
homenaje por su labor artística y por sus numerosos
aportes a los pequeños con aquella enfermedad.
Diez años más tarde el municipio lo
nombraría Ciudadano Honorario de Valparaíso.
Dado que los más modestos fueron el objeto
de sus amores, en 1971 recibe el premio “Artista
del Pueblo”.
Fue
maestro de maestros, como Ciro Silva, Medardo Espinoza,
Edgardo Catalán y Roberlindo Villegas, entre
otros. Hermosilla ejerció una gran influencia
en sus alumnos de grabado, técnica en la cual
logró su mayor reconocimiento, siendo un pionero
en nuestro país.
Para
Edgardo Catalán, quien fue alumno de Hermosilla
durante cuatro años, siendo parte del Grupo
de Grabadores de Viña del Mar, el mayor legado
de su formador fue “el hecho de que siempre
enseñaba con un tremendo entusiasmo. Hasta
las cosas más modestas que uno hacía
él las apoyaba con mucho entusiasmo y eso le
daba a uno energías e interés en seguir
trabajando.” Prueba de ello son la más
de 200 exposiciones de él y de sus alumnos,
tanto en Chile, como en otros países de América
y en Europa.
“También
estaba el contacto con él, -agrega Catalán-
que a pesar de haber tenido una formación prácticamente
autodidacta, tenía una cultura bastante amplia,
entonces siempre había un aspecto de su enseñanza
que iba más allá del grabado. Tenía
un gran interés por la literatura, escribió
mucha poesía. Las conversaciones con él
iban transmitiendo esos conocimientos y ese interés.
Además estaba el aspecto político, siempre
apoyaba las cosas que tenían un trasfondo social.
“De
él como persona, lo que recuerdo con más
admiración era el tremendo desinterés
personal, vivió una vida muy precaria, estuve
varias veces en su casa en Forestal (Viña del
Mar).
“No
se debe separar la obra de él, porque van muy
unidas, hay que apreciarlo en su totalidad. Ahora
que murió Gladys Marín, se habla mucho
de la consecuencia, en hacer lo que se cree y creer
lo que se hace. Él era eso. Yo lo fui a visitar
a su casa el año 74 y tenía todos sus
trabajos apilados, los retratos de Lenin, de Mao,
y él me dijo “yo no quemo nada, si quieren
quemarlo que lo hagan ellos”
Para
el académico de la Facultad de Arte de la Universidad
de Playa Ancha, Alberto Madrid, quien es coautor del
libro “Carlos Hermosilla: Artista Ciudadano
Adelantado del Arte de Grabar” (2003), “la
obra de Hermosilla siempre estuvo determinada por
cómo se escribe la historia del arte chileno
y en este caso tiene que ver con una historia de clase,
donde siempre se coloca como una instancia fundacional
el Taller 99 –de Nemesio Antúnez-, que
es del año 66, en tanto, Hermosilla venía
realizando una enseñanza artística del
grabado desde el año 39. Entonces merecía
ser resituado en el justo lugar que le corresponde.
“La
producción de Hermosilla responde a un código
de época específico, es de carácter
ilustrativa, partidaria, pero no se puede desconocer
el valor simbólico que ella representa, y sobre
todo, ponerlo en conocimiento con actores que muchas
veces en la historia quedaron omitidos, y desde ese
punto de vista, ahí hay un juego que uno puede
hacer con la obra de Hermosilla, como un grabar para
la historia”.
Para
graficar la pasión de Carlos Hermosilla por
la enseñanza y el aliento a sus alumnos al
que hacía alusión Edgardo Catalán,
qué mejor que finalizar con palabras del propio
maestro, en un artículo publicado en la revista
argentina Gacetika, en 1964: “La posibilidad
de enseñar requiere profesores que posean gran
seguridad emocional, fe y amor en su tarea y generosidad
como para postergar su individualidad en beneficio
del enriquecimiento de la naciente personalidad de
sus alumnos. Su calidad humana, su sensibilidad, imaginación,
más aún que sus méritos puramente
artísticos, le ayudarán en la tarea
de promover el crecimiento integral de sus alumnos”.
Nota: la cita de A. Goldschmidt, de la revista Zigzag,
fue tomada del ensayo “La Línea de la
Memoria”, de Alberto Madrid (1995), mientras
que la cita de Antonio Romera, y las palabras de Hermosilla
a la revista Gacetika fueron extraídas de la
monografía “Hermosilla: Proyección
de un Maestro del Grabado”, de Carlos Lastarria
(1993) 