La
dura sobrevivencia de los oficios tradicionales:
Un
pregón que se extingue
Más
que ser característicos de Valparaíso,
los pregoneros son parte del imaginario colectivo
nacional, personajes folclóricos urbanos de
Chile. En la ciudad puerto pulularon con singular
éxito durante el siglo XX, dejando una huella
indeleble, su sello distintivo que alertaba al vecindario
de su presencia, ya sea con el silbato inconfundible
del afilador de cuchillos, el cuerno que soplaba el
heladero, las melodías con que el organillero
inundaba el barrio o los particulares pregones del
motemei o el escobero.
Lamentablemente algunos ya se han ido para no regresar
jamás, como el turronero de la plaza Anibal
Pinto; otros han dejado de practicar su oficio, pues
ya no les era rentable, como el motemei, y otros,
son los últimos exponentes de una labor que
se irá con ellos, como el escobero. Afortunadamente,
algunos, como los organilleros, tienen un futuro más
alentador.

Por
Cristián Rojas Molina
El
Motemei
Carlos
Martínez, habitante del cerro Mariposa, pertenece
a la quinta y quizás última generación
de vendedores de mote de maiz, o motemei. En agosto,
luego de 45 años de recorrer los cerros porteños
ataviado con la indumentaria típica de los
antiguos moteros, pregonando su "criaturero"
producto, bajó la cortina de su negocio itinerante,
con lo que se acabó también este rubro
en la ciudad, ya que era el último de su estirpe.
Aburrido
de la indiferencia de la gente, optó por presentarse
sólo en actos culturales, recitando los poemas
de su autoría, que hablan de su tradicional
oficio. "En Chile estamos tratando de rescatar
las tradiciones típicas, nuestras raíces,
pero a la vez nos estamos internacionalizando. Llevo
45 años tratando de rescatar estas tradiciones,
como el motemei, el organillero, el afilador de cuchillos,
el pequinero, el tornillero, el churrero, el volantinero,
el zapatero remendón, el hojalatero y tantos
otros que han muerto, han desaparecido porque el actual
sistema de vida ha hecho desaparecer estas costumbres
ancestrales".
Pese
a no haber estudiado teatro, se las arregló
para participar en algunas películas chilenas,
como "Valparaíso Mi Amor"y "La
Luna en el Espejo" y en algunas telenovelas,
como Cerro Alegre. También ha aparecido en
documentales, como "Valparaíso Abierto"y
en programas de televisión, como "Frutos
del País" y algunos matinales. Le ofrecieron
ir a enseñar su oficio al reality "La
Granja", pero gratis, así que, dignamente,
no aceptó.
Lo
peor para los moteros vino de la mano de la modernidad,
que causó mella en su quehacer, ya que los
gustos culinarios han cambiado y los antiguos caseros
se han ido muriendo, sin que se haya renovado la clientela.
"El mote vale 300 pesos la tacita, -cuenta Carlos-
más barato que un Viagra. Estas son comidas
criatureras, buenas, sanas. Nosotros somos 18 hermanos
y nos alimentábamos de porotos, mote, ulpo,
sanco, tantas comidas antiguas. Ahora dale una taza
de ulpo a los cabros, te lo tiran por la cabeza, en
cambio un combo del McDonald`s lo hacen chupete, pero
andan enfermos".
Hace
unos 20 o 25 años el producto se vendía
tanto como para brindarle una buena calidad de vida,
inclusive en los años 30 a 50 los moteros tenían
propiedades y animales gracias a las ventas. "Ahora
está muriendo y estoy pasando a la historia.
Yo estoy muy encariñado con este oficio, porque
me trae recuerdos de los viejos, de mis ancestros
y por eso he tratado de mantenerlo en el tiempo, pregonando
por los cerros de Valparaíso".
Pero
no sólo su especialidad es la que anhela preservar,
sino todos los oficios tradicionales. "Todos
los años, en mi casa del cerro Mariposa, junto
mis pesitos a como dé lugar; nos juntamos con
varios amigos y hacemos una cazuelita, nos tomamos
unos vinitos; personajes típicos a los que
trato de inculcarles que mantengamos nuestras tradiciones,
que se vea que hay por lo menos uno que no las ha
olvidado. Se habla de Valparaíso, Patrimonio
de la Humanidad, Capital Cultural y nosotros, los
personajes, también somos parte del patrimonio,
no solamente el catastro que existe en Valparaíso,
sino que los pregoneros que recorren el cerro, el
heladero, el escobero, el pescador el vendedor de
pan amasado y tantos personajes que a duras penas
existen.
"Yo
me acuerdo que antiguamente había un señor,
que me da mucha pena y siempre le hago un homenaje
cuando me encuentro con mis amigos, los personajes
típicos: al turronero, el viejito chico, coloradito,
que se vestía de blanco y se instalaba en la
plaza Anibal Pinto. Ese caballero murió enfermo
de las rodillas. Yo siempre que lo veía le
compraba turrón, para cooperarle, los vendía
a 50 pesos en ese tiempo. Todos decían pucha,
el viejito se perdió y todos lo echaban de
menos, pero nadie, ni siquiera las autoridades, cooperaron
con ese pobre viejo tan lindo y característico
del plan de Valparaíso. Entonces eso duele."
También
le duele el escaso interés de las autoridades
en preservar de alguna forma estos últimos
exponentes. "Por qué, ahora que se dice
que hay plata para la cultura, no se invierte y nos
contratan a mí y a algún otro personaje,
como el organillero, me visto a la antigua usanza
y me pongo a pregonar en los cerros Alegre, Concepción,
donde hay tanto turista extranjero y aparte de sacarse
sus fotitos con nosotros, les regalo un cucurucho
de motemei calentito. Recorreríamos el plan
y otros sectores turísticos y si nos hicieran
un pequeño sueldo yo mantendría esta
tradición encantado de la vida."
Sus
antiguos clientes, la mayoría de la tercera
edad, no se resignan a ver desaparecer al último
representante de aquellos moteros que los vienen acompañando
desde su infancia, cuando éste era un alimento
más en la dieta de los niños de aquellos
años. "El otro día salió
en un diario de Valparaíso que yo cerraba las
cortinas del motemei. Entonces una viejita clienta
mía, como de 70 años, me preguntó
si era cierto y se puso a llorar. Pero qué
puedo hacer, si la ultima vez salí a recorrer
y vendí mil pesos, que me los gasto en locomoción
y llego pato a la casa. El mote hay que pelarlo todo
el día, hay que conseguirse las cenizas, ir
a buscar la leña para el horno de barro, que
en Valparaíso está escasa. Más
encima si prendo fuego, la gente que vive arriba me
reclama, que tiene ropa tendida y se le pasa a humo
y en realidad tienen razón. Entonces a uno
lo atacan de una u otra forma: no te compran, los
vecinos reclaman por el humo, hasta reclaman porque
uno pasa pregonando por la calle. La otra vez también
me tocó un caso así: un día andaba
pregonando y un caballero me dice si es que lo puedo
hacer más bajito. Yo lo quedé mirando
y me dio una cosa en el alma, en el corazón,
dije por la flauta, no me compran y más encima
me hacen callar en la calle".
Eeescoooobaaaaa
Celso San Martín lleva 27 años fabricando
artesanalmente escobas de curagüilla en su taller
del cerro Jiménez, las que sale a vender recorriendo
la geografía de Valparaíso. Aprendió
el oficio de su hermano mayor, quien también
tenía su propio taller, y continuó el
legado familiar que se irá con él, ya
que sus hijos "no van a cambiarse del rubro que
ellos tienen a lo que a mí me enseñaron.
Y tampoco es para ellos, esto es para personas como
nosotros, que tenemos nuestros años ya".
Su
clásico pregón ya forma parte de la
banda sonora de los habitantes de los cerros porteños.
Al igual que el motemei, se vio perjudicado por la
modernidad. Los escobillones de plástico lentamente
comenzaron a desplazar a estas escobas, que aun hoy
siguen siendo las mejores para barrer las calles y
los patios, dada la firmeza de su material. "En
Valparaíso el único que queda soy yo.
Antes había varias fábricas, pero quebraron.
Yo me mantengo, porque a la edad de uno ya no le dan
pega en otro lado. Pero me sirvió para criar
a mis hijos, que ya están todos grandes."
Armadora,
costurero, guillotina, para despuntar, tambor, para
remojar la rama, son los elementos esenciales en su
taller, donde remoja y azufra, para darle color y
resistencia. Luego se selecciona y después
se hace la escoba, en un proceso de 24 horas. "Nosotros
somos tres hermanos: uno sale a vender al cerro La
Cruz y otros sectores, el otro va para Laguna Verde,
y yo soy el que las fabrico y vendo en otros cerros.
Antes nos paraban los carabineros, pero después
nos hicimos conocidos y ya no tenemos problemas, porque
este es un producto de limpieza, así que no
hay problemas de sanidad".
Lamentablemente,
don Checho sabe que con él "se muere la
tradición en Valparaíso; después
van a quedar los puros escobillones de plástico,
y estas escobas, que son tan necesarias para barrer
el patio, van a tener que traerlas de afuera. Cuando
empezamos a vender, vendíamos una o dos docenas
diarias cada uno, porque no había escobillones.
No es como ahora: esta semana vendí ocho escobas,
muy poco, y cuando llueve no se puede salir tampoco.
Antes vendía en los colegios pero ahora les
piden a los mismos niños que lleven un escobillón
por curso", concluye desesperanzado.
Una
melodía que alegra el barrio
Quizás los únicos que avizoran un panorama
no tan funesto son los organilleros, que, al menos
por ahora, se mantienen firmes en su quehacer, deleitándonos
con sus tradicionales melodías que emanan de
sus añosos instrumentos, llegados al puerto
entre fines del siglo XIX y principios del XX. Claudio
Cortés es uno de los cinco que van quedando
en la ciudad. Al igual que ha ocurrido con los demás,
el paso del tiempo debilitó la actividad hasta
casi extinguirla por completo en las décadas
de los 60 y 70. Así, pasaron de ser muy cotizados,
tanto en fiestas particulares o de empresas, a ser
desplazados por los equipos de música que irrumpieron
en aquellos años. A algunos no les quedó
más que dedicarse a otra cosa, mientras los
menos aguantaron estoicamente las vicisitudes de la
implacable modernidad y mantuvieron el rubro dignamente
en pie.
Si
antes los niños salían corriendo a escuchar
sus melodías y comprarle juguetes, hoy prefieren
quedarse encerrados jugando algún videojuego.
"La generación actual ya no toma mucho
en cuenta esta actividad. Antiguamente me movía
por muchos cerros de Valparaíso, donde era
muy bien recibido, pero como está la cesantía
en la región y el dinero se hace poco, entonces
ya a uno no le es conveniente ir a sectores así.
Por eso estoy yendo a los sectores con muchos turistas
extranjeros, como el cerro Alegre y Concepción,
ya que en Europa o Japón, por ejemplo, no se
ven organilleros en las calles, sólo en museos
o casas de antigüedades hay organillos, entonces
esto les sorprende".
Él
mismo fabrica los molinos y el "sapito",
clásico juguete que pende de un hilo y al girarlo
emite un característico chicharreo. "En
los sectores turísticos aportan con monedas
para que uno toque, les gusta mucho la música.
Los fines de semana voy a ciudades del interior, como
Quilpué, Villa Alemana y en las poblaciones
me va bien con la venta de estos juguetes, ya que
hay muchos niños".
¿Cómo lo hace con la mantención?
"Esto
es como un vehículo, hay panas chicas que uno
le puede sacar, si se enchueca una nota o le entra
alguna mugre a un pito; pero cuando hay que afinar
o hacer alguna pieza y cambiarla, tenemos un maestro
en Santiago".
¿Y qué pasa si ese caballero se muere,
hay otra persona que sepa el oficio?
"¡¡Noo po!!! Estuvimos como cuatro
años sin maestro, porque el anterior, que era
un excelente maestro, que incluso innovaba temas,
falleció y nadie le siguió, entonces
quedamos en el aire. Ahí se deterioraron muchos
organillos y se perdieron. Aquí llegaron más
de cien y ahora quedan sólo cinco. El actual
maestro, Manuel Lizana ya está bien capacitado
incluso para armar un organillo".
Tiene
que enseñarle a alguien, eso sí, para
que no les pase lo mismo.
"Sí, tiene dos hijos que están
trabajando codo a codo con él y ya tienen bastante
conocimiento. En el caso de que llegara a fallarnos,
están los hijos"
Y en el caso de ustedes, ¿también van
legando la tradición o son los últimos?
"Noo, igual se traspasa, aunque ya no es tanto
como antes, en que a uno lo acompañaban en
las salidas, ahora están los estudios, pero
a veces igual ellos lo toman el fin de semana y salen
a trabajar", señala.
Pese a que ya no son tan valorados como antaño,
su futuro se ve más alentador que en los otros
casos, ya que se organizaron como Corporación
de Organilleros de Chile, que cuenta con el reconocimiento
de la UNESCO y el respaldo del Ministerio de Cultura
y la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos.
Al alero de esta corporación han realizado
exposiciones y presentado proyectos FONDART. "Eso
nos da fuerzas para preservar este oficio lo más
que se pueda, pese a que no es como en la época
de oro. La generación actual no aprecia esto
ni lo toma en cuenta como debiera, quizás por
la Internet, los juegos electrónicos. No es
como cuando salía antes, que los niños
se asomaban a las ventanas y salían a la calle
a mirar lo que uno hacía", rememora.
Todo
tiempo pasado fue mejor, reza una antigua frase. Si
bien es cierto no siempre es así y muchas veces
se crea esa sensación nada más que por
nostalgias ilusorias, en el caso de estos tres exponentes
el dicho sí que los identifica y no es sólo
una añoranza barata de una frase cliché:
es una cruda realidad que sólo nosotros, los
porteños, podemos cambiar con gestos tan simples
como comprar una escoba cuando oigamos a don Checho
en nuestro barrio o cooperarle a los organilleros
comprándole un remolino. Es el único
modo de preservar estas ancestrales tradiciones y
torcerle la mano a este cruel destino.
Teléfonos
de contacto:
Escobas,
Celso San Martín: 591325.
Organillero, Claudio Cortés: 232715
Motemei, Carlos Martínez: 213769 elmotemei@yahoo.es