Escuela
Popular de Arte de Achupallas
Materializando sueños
Numerosos niños y jóvenes de escasos
recursos, cuyo íntimo deseo era convertirse
en músicos, pudieron ver concretado este anhelo
con la edición del disco “Quintaesencia”,
placa que plasmó el trabajo que se lleva a
cabo en la corporación CreArte.
Por Cristián
Rojas Molina
En abril de 1998, el
populoso sector de Achupallas, en Viña del
Mar, veía nacer una loable iniciativa destinada
a satisfacer las inquietudes musicales de niños
y jóvenes: la Escuela Popular de Música.
Allí comenzaba a escribirse una historia llena
de esfuerzo y legítimas aspiraciones de cientos
de pequeños que, pese a interesarse y poseer
el talento, veían cómo su afán
de convertirse en músicos era una utopía,
al no contar con los recursos necesarios para adquirir
los instrumentos, perfeccionarse en un centro especializado
y costear las salas de ensayo.
La asistente social Michaela
Weyand, junto a su esposo, el músico Eduardo
Cisternas y a cuatro músicos y profesores de
música, echaron a andar este proyecto, motivados
tanto por la búsqueda de alternativas pedagógicas
en el ámbito de la práctica musical,
como también por su voluntad de crear un organismo
estable, donde el proceso de enseñanza y aprendizaje
fuera constante, profesional y capaz de satisfacer
las necesidades e intereses de tantos niños
y jóvenes carentes de oportunidades para el
desarrollo artístico y personal.
Se trata de una organización
sin fines de lucro, cuyo programa está dirigido
a personas de entre cuatro y 29 años, con especial
énfasis en el segmento etáreo de cuatro
a 18 años. Su directora, Michaela Weyand, explica
que este es “un proyecto de carácter
cultural. Nos interesa trabajar todo lo que tiene
que ver con la promoción social, a través
de la música y las artes. Nuestra metodología
siempre ha buscado ser innovadora, sobre todo práctica
y buscando la creación musical”.
En un comienzo se impartían cinco cátedras
individuales de instrumentos, además de clases
grupales de música. Actualmente el espectro
se amplió considerablemente, pues se dictan
15 cátedras: guitarra acústica (clásica
y popular), guitarra eléctrica, bajo, contrabajo,
batería, percusión latina, piano (clásico
y popular), teclado, canto (lírico y popular),
flauta traversa, saxofón, quena, zampoña
y violín. “Los niños y los jóvenes
tienen enseñanza en su instrumento, más
una clase grupal. Ya cuando llevan cierto tiempo y
adquieren cierto nivel con su instrumento, tienen
la posibilidad de integrar distintos grupos musicales,
de diversos estilos. Así han nacido conjuntos
de rock, de música latinoamericana, ensambles
de música clásica o reggae”, indica
Weyand.
Hoy existen cerca de
15 grupos trabajando en la escuela, con integrantes
provenientes no sólo de Achupallas, sino además
de los sectores periféricos de Valparaíso
y Quilpué. Para Carolina Pereira, cantante
de Kayser y del Taller Instrumental de Niños,
la escuela “es una oportunidad para desarrollarme
en lo que a mí me gusta y forma parte de mí
también, de lo que soy”, mientras Sebastián
Lavín, de 14 años, bajista de Kayser,
asegura que su paso por la escuela le ha aportado
una perspectiva de mayor profundidad en cuanto a la
apreciación musical: “ya no tenemos un
concepto como teníamos antes, de la música,
nuestro concepto ahora es más complejo de lo
que abarca todo eso”.
Logros y desafíos.
Gracias a aportes locales
y extranjeros es que la escuela ha podido realizar
su labor. Es así como han obtenido diversos
fondos municipales y gubernamentales, entre ellos
dos FONDART regionales (1998 y 2003). Asimismo, cuentan
con la valiosa cooperación de organismos internacionales
de apoyo a proyectos sociales, como Kindernothilfe
de Alemania y Chiles Kinder a.s.b.l. de Luxemburgo.
No obstante, siempre existe la incertidumbre de sostenerse
en el tiempo, puesto que los fondos concursables nacionales
son por un plazo definido. Pese a ello, han logrado
sortear con éxito el desafío, ampliándose
a la pintura, danza y teatro, por lo que ahora pasaron
a ser la Escuela Popular de Artes de Achupallas (Corporación
CreArte), que cuenta con más de 170 alumnos
guiados por un equipo multidisciplinario integrado
por profesores de música, teatro, pintura y
danza, asistentes sociales y psicóloga, entre
otros, ya que se complementa la labor de pedagogía
artística con otras importantes áreas,
como la promoción social y la extensión
hacia la comunidad.
Un logro del que se sienten
particularmente orgullosos es la implementación
de un estudio de grabación propio, a cargo
de dos docentes especializados en el área de
sonido, donde colabora como asistente técnico
un ex alumno de la escuela, hoy capacitado profesionalmente.
Así, la Escuela
Popular de Artes se ha transformado en un farol que
ilumina el futuro de numerosos niños y jóvenes
de sectores periféricos, que ven en ella una
posibilidad concreta de cumplir sus anhelos y enriquecerse
como personas. Si no, que lo diga el pequeño
pianista Javier Valenzuela, quien en 2001, cuando
tenía nueve años, obtuvo el tercer lugar
de su categoría en el concurso nacional Claudio
Arrau, además de un reconocimiento como el
participante más esforzado, debido a sus condiciones
de estudio y situación socioeconómica.